Dicen que los meteorólogos, comenzaron a utilizar los nombres de mujer a la hora de bautizar tormentas famosas, por el carácter imprevisible y violento de las mismas. De las mujeres, no de las tormentas. Bueno, de las tormentas también.
- ¿Cómo se va de nuevo?- se indignó Gabriel.- ¿A dónde?
- A Chile.
- ¿Hay que llevarla al aeropuerto?
- ¿Sos boludo? Ni en pedo, Gaby.- apreté el tubo.- Que se curta.
- El Huracán Pecas- murmuró Gabriel.
Lo bueno de la tecnología es que siempre posibilita que haya un amigo cerca. Es bueno estar rodeado de personas, así... a la furiosa distancia de un click de MSN o de una tecla de discado rápido de celular.
- Pero que loca de mierda... es un huracán la mina. Viene hace kilombo y se va. ¿Y ahora que le picó?
- ¿Viste que ella es abogada? Parece que la mandaron a un Congreso de abogacía, todo pago... onda master en algún tipo de legislatura zarpada.
- Dale, boludo, esas cosas no existen.
- Yo pienso lo mismo, pero la mina se va.
- Chamuyo, Pablo, chamuyo.
- Y si... que se yo.
- Ah, pero... ¿vuelve? Por ahí se pone de novia con un chileno y te avisa a los 3 meses...
- ¡Pero que hijo de puta que sos, boludo!- pero me reí, y eso estuvo bueno.- No, porque la envían a ella para instalarse y de paso, tomar clientes de allá. Parece que este Congreso es importante y el buffete donde labura la quiere allá.
- No tiene sentido, Pablo.
- ¿Vos sabés como laburan las grandes empresas?
- Es un Buffete de abogados, no es una gran empresa.
- Es un Buffete de abogados, que labura para una gran empresa. La empresa les paga un viaje de Master para que se queden allá los que quieran y consigan clientes.
- ¿Ella quiere?
- ...- silencio incomodo.- Obvio que quiere. ¿Vos no te irías a laburar a España si te llaman de El País?
- ...- silencio incomodo, touché.- Viéndolo así. Y... ¿cuándo se va?
- Dentro de dos días- suspiré.
Fue la última semana de enero del 2003 cuando un terrible huracán azotó los cimientos de mi vida sentimental nuevamente. El elevado número de destrozos fue favorecido por la fragilidad de las construcciones sentimentales -el corazón- y la falta de aviso previo. Cuando ocurren estos desastres naturales sólo hay una solución: es tratar de salvar lo que se pueda y -sobre todo- al único sobreviviente.
Y eso fue exactamente lo que hice, como pude.
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lunes, 26 de octubre de 2009
martes, 20 de octubre de 2009
Canción del dos por tres
Luego de terminar mi relación con Elizabeth Veterana medité. No me refiero a meditar a un nivel trascendental; sino a la clase de meditación que nace cuando te das cuenta que estas solo y que no queres estar solo.
En aquella época, solamente Diego y Richard estaban sin pareja... y la verdad, algunas salidas estaban buenas, pero la combinación Diego/Richard/Pablo era una mala triangulación sin un Patricio/Martín/Gabriel/Alejandro en el medio, a lo sumo un Agustín para incordiar. Digamos, la pasábamos bien, pero Richard es poco divertido, Diego es muy divertido y yo... yo soy el tipo de Tequila Sunrise tarareando al canción y bailando solo. Bailando solo, sin querer estar solo. Y pensando, ojalá esa mina me hable.
Esa es la realidad, solamente funciono si me encaran o si siento que no tengo nada que perder. Y eso es por una sencilla razón: Sandra MuchoTiempo. Ella me quito el amor, desde siempre. Se que suena muy oscura la frase, pero en esa época yo sentía que me había enamorado una sola vez en mi vida (iluso), y que no quería volver a arriesgar. Y les aseguro que ya había pasado mucho tiempo de lo Sandra.
La mayoría de las mujeres que vinieron después cayeron por el encare torpe y chistoso, porque estaba borracho, porque no tenía que perder, o porque supe generar un buen clima para robar un beso. Siempre intente estudiar a las mujeres, un poco por precaución, otro poco para no sufrir. No les voy a mentir, lo de Sandra me hizo mierda. Me costó demasiado remontar mi vida, fue una lucha constante entre “no tener ganas de hacer nada” a “dedicarme a estudiar a full”. Logre salir gracias a mis amigos, a Pilar y a que yo siempre fui un tipo super feliz (el boludo feliz). Así que era solo cuestión de tiempo, agarrar esas sogas que me tiraban y volver a salir a la superficie.
A partir de entonces, nunca fui de hacerme demasiado lío por nada. Y acá es cuando llegamos a Jorgelina Pecas. Luego de una primera ronda donde -gracias a mi poco compromiso- ella decidió que era mejor no vernos más; y nos volvimos a encontrar para en el partido de vuelta. En el Clausura, Jorgelina fue local, tuvo el total manejo de la relación y yo estaba feliz de eso sucediera. Era una mina de mi edad, con mis mismas motivaciones. Progreso profesional antes que sentimental, pero sin dejar de lado los abrazos. Y gracias a eso, estuvimos casi 6 meses de novios. Al séptimo mes, Pecas decidió irse a Italia por una beca de estudios. Meses más tarde, se puso de novia y ese fue mi punto final. Las relaciones a distancia no funcionan nunca.
En octubre del 2002, llegué a mi casa -extrañando las revolcadas espectaculares con Elizabeth Veterana- meditando boludeces y sin otro proyecto que mirar algún capítulo viejo de los X Files, fumar medio paquete de cigarrillos y devorar un kilo de helado tirado el sillón. Era un buen plan, por lo menos no me gustaba tejer como a mi tía solterona. Eso hubiera sido peor.
Baje del ascensor y encontré una bolsa de papel madera sobre la alfombra de mi departamento. Y una tarjeta.
“Vos sos una persona muy especial para mi. Nunca te voy a olvidar. Y nunca te olvide.
J.
PD: Era eso lo que te quería decir, pero no volviste a llamar.”
En la bolsa había un vino blanco de arándanos, cosecha italiana. Jorgelina Pecas había vuelto a la ciudad.
En aquella época, solamente Diego y Richard estaban sin pareja... y la verdad, algunas salidas estaban buenas, pero la combinación Diego/Richard/Pablo era una mala triangulación sin un Patricio/Martín/Gabriel/Alejandro en el medio, a lo sumo un Agustín para incordiar. Digamos, la pasábamos bien, pero Richard es poco divertido, Diego es muy divertido y yo... yo soy el tipo de Tequila Sunrise tarareando al canción y bailando solo. Bailando solo, sin querer estar solo. Y pensando, ojalá esa mina me hable.
Esa es la realidad, solamente funciono si me encaran o si siento que no tengo nada que perder. Y eso es por una sencilla razón: Sandra MuchoTiempo. Ella me quito el amor, desde siempre. Se que suena muy oscura la frase, pero en esa época yo sentía que me había enamorado una sola vez en mi vida (iluso), y que no quería volver a arriesgar. Y les aseguro que ya había pasado mucho tiempo de lo Sandra.
La mayoría de las mujeres que vinieron después cayeron por el encare torpe y chistoso, porque estaba borracho, porque no tenía que perder, o porque supe generar un buen clima para robar un beso. Siempre intente estudiar a las mujeres, un poco por precaución, otro poco para no sufrir. No les voy a mentir, lo de Sandra me hizo mierda. Me costó demasiado remontar mi vida, fue una lucha constante entre “no tener ganas de hacer nada” a “dedicarme a estudiar a full”. Logre salir gracias a mis amigos, a Pilar y a que yo siempre fui un tipo super feliz (el boludo feliz). Así que era solo cuestión de tiempo, agarrar esas sogas que me tiraban y volver a salir a la superficie.
A partir de entonces, nunca fui de hacerme demasiado lío por nada. Y acá es cuando llegamos a Jorgelina Pecas. Luego de una primera ronda donde -gracias a mi poco compromiso- ella decidió que era mejor no vernos más; y nos volvimos a encontrar para en el partido de vuelta. En el Clausura, Jorgelina fue local, tuvo el total manejo de la relación y yo estaba feliz de eso sucediera. Era una mina de mi edad, con mis mismas motivaciones. Progreso profesional antes que sentimental, pero sin dejar de lado los abrazos. Y gracias a eso, estuvimos casi 6 meses de novios. Al séptimo mes, Pecas decidió irse a Italia por una beca de estudios. Meses más tarde, se puso de novia y ese fue mi punto final. Las relaciones a distancia no funcionan nunca.
En octubre del 2002, llegué a mi casa -extrañando las revolcadas espectaculares con Elizabeth Veterana- meditando boludeces y sin otro proyecto que mirar algún capítulo viejo de los X Files, fumar medio paquete de cigarrillos y devorar un kilo de helado tirado el sillón. Era un buen plan, por lo menos no me gustaba tejer como a mi tía solterona. Eso hubiera sido peor.
Baje del ascensor y encontré una bolsa de papel madera sobre la alfombra de mi departamento. Y una tarjeta.
“Vos sos una persona muy especial para mi. Nunca te voy a olvidar. Y nunca te olvide.
J.
PD: Era eso lo que te quería decir, pero no volviste a llamar.”
En la bolsa había un vino blanco de arándanos, cosecha italiana. Jorgelina Pecas había vuelto a la ciudad.
domingo, 18 de octubre de 2009
Llegando los monos
Esta es una historia triste. Bienvenidos a la play Disney’s Jungle Book. Localidades agotadas. Yo quería ser Bagheera (la pantera). ¡Tenía el color para hacerlo! Pero no, además Bagheera era mujer. Agustín, como Shere Khan (el tigre), estaba perfecto. Habría logrado perfección una mirada desafiante y movimientos soberbios e impetuosos. Con el correr de los años, nos dimos cuenta que Agustín –efectivamente- era así en realidad. Todos estaban perfectos.
- No esta tan mal, Pablo- dijo Patricio, apoyando su mano de Baloo (el oso) en mi hombro.- Quedo buenísimo el disfraz... ¿Vino tu viejo?
- No... no vino; mi vieja y Pilar vinieron nada más- respondí.
- ¡Pablo! ¿Qué haces acá? Anda a practicar el texto con los demás monitos- Ms Boomer corría agitada por el backstage. No le hice caso, la vimos perderse entre bambalinas.
- Che, ¿se dieron cuenta que no hay un “león” en la película?- Martín, un poco triste.
- Tampoco hay más monos- le dije.- Y podrías estar en el mismo grupo con el Colorado. ¿Ves que lo mío es peor?
Los tres miramos hacia un costado donde estaban el Colorado Mattiuzi y sus amigos idiotas (el grupo de adelante), pegándose y gritando como si fueran monos de verdad, saltando por todos lados. El casting mental de Ms Boomer había funcionado a la perfección.
La gente se reía de las gracias de todos. En determinado momento de la play, la mayoría de los “animales” se corrían a un costado y dejaban paso a la entrada de los “monitos”. Teníamos una única escena: los “monitos” entraban, decían un verso, levantan un brazo en alto, giraban y se iban saltando. Esta escena tenía ser graciosa. Ms Boomer lo había dejado bien en claro.
Mi viejo había hecho un trabajo perfecto. El color marrón habano predominaba. La parte de las piernas (y hasta la cintura): medias can-can (creo que se llaman así), son esas que cubren hasta las pies. De la cintura hacia arriba, la clásica mini-musculosa apretada de lycra, debajo había otra tela pero no recuerdo bien. Esta tela, cubría los brazos dejando libre el pulgar de cada mano en forma de guante; y pegada en la palma de cada manopla... una banana de plástico. Sin duda era un disfraz bien logrado.
Y ahí entramos, tiramos nuestro verso en el centro del escenario, dimos media vuelta... y se fueron. El Colorado Matiuzzi y sus amigos se fueron, yo me quedé tirado en el piso.
Cuando intenté girar escuche un “ziiip” y mi pie derecho se enganchó con la cabeza de un clavo mal colocado sobre las tablas. Y me caí. Si. Me caí cuando gire. Me fui de boca al piso, pero mal. Asi “pluuuummm”. La banana de plástico se despegó y vaiveneó hasta los pies de Patricio que la piso haciéndola desaparecer.
Ms Boomer se tapó los ojos mientras murmuraba (me dijo Martín después) “esto no esta pasando”. Pero era evidente que si. Risas por doquier. Ms Boomer no se podía quejar, la gente se estaba riendo pero no de la escena. Pero entre todas las risas, había una que me llamaba la atención. Me di vuelta y encare para aquel inconfundible sonido.
- ¡Vos no re rías, mamá! Vos no te tenes que reír...- y salí corriendo de ahí, el coro de risas fue más grande todavía.
Una historia triste, les dije.
- No esta tan mal, Pablo- dijo Patricio, apoyando su mano de Baloo (el oso) en mi hombro.- Quedo buenísimo el disfraz... ¿Vino tu viejo?
- No... no vino; mi vieja y Pilar vinieron nada más- respondí.
- ¡Pablo! ¿Qué haces acá? Anda a practicar el texto con los demás monitos- Ms Boomer corría agitada por el backstage. No le hice caso, la vimos perderse entre bambalinas.
- Che, ¿se dieron cuenta que no hay un “león” en la película?- Martín, un poco triste.
- Tampoco hay más monos- le dije.- Y podrías estar en el mismo grupo con el Colorado. ¿Ves que lo mío es peor?
Los tres miramos hacia un costado donde estaban el Colorado Mattiuzi y sus amigos idiotas (el grupo de adelante), pegándose y gritando como si fueran monos de verdad, saltando por todos lados. El casting mental de Ms Boomer había funcionado a la perfección.
La gente se reía de las gracias de todos. En determinado momento de la play, la mayoría de los “animales” se corrían a un costado y dejaban paso a la entrada de los “monitos”. Teníamos una única escena: los “monitos” entraban, decían un verso, levantan un brazo en alto, giraban y se iban saltando. Esta escena tenía ser graciosa. Ms Boomer lo había dejado bien en claro.
Mi viejo había hecho un trabajo perfecto. El color marrón habano predominaba. La parte de las piernas (y hasta la cintura): medias can-can (creo que se llaman así), son esas que cubren hasta las pies. De la cintura hacia arriba, la clásica mini-musculosa apretada de lycra, debajo había otra tela pero no recuerdo bien. Esta tela, cubría los brazos dejando libre el pulgar de cada mano en forma de guante; y pegada en la palma de cada manopla... una banana de plástico. Sin duda era un disfraz bien logrado.
Y ahí entramos, tiramos nuestro verso en el centro del escenario, dimos media vuelta... y se fueron. El Colorado Matiuzzi y sus amigos se fueron, yo me quedé tirado en el piso.
Cuando intenté girar escuche un “ziiip” y mi pie derecho se enganchó con la cabeza de un clavo mal colocado sobre las tablas. Y me caí. Si. Me caí cuando gire. Me fui de boca al piso, pero mal. Asi “pluuuummm”. La banana de plástico se despegó y vaiveneó hasta los pies de Patricio que la piso haciéndola desaparecer.
Ms Boomer se tapó los ojos mientras murmuraba (me dijo Martín después) “esto no esta pasando”. Pero era evidente que si. Risas por doquier. Ms Boomer no se podía quejar, la gente se estaba riendo pero no de la escena. Pero entre todas las risas, había una que me llamaba la atención. Me di vuelta y encare para aquel inconfundible sonido.
- ¡Vos no re rías, mamá! Vos no te tenes que reír...- y salí corriendo de ahí, el coro de risas fue más grande todavía.
Una historia triste, les dije.
martes, 13 de octubre de 2009
Divididos por la felicidad
De los tres momentos donde pedí al mundo ser tragado por un agujero en la tierra, ustedes ya conocen dos. Los dos me valieron un apodo que nace a partir del suceso terrorífico. Así que fui “Nenita” después de cantar Tomorrow (de Annie) para la play de Cats. Y fui “Naranjito” cuando termine con toda la remera llena de la Fanta de Sandra MuchoTiempo al caer sobre ella en Starlight.
Sin embargo, el primer incidente que marcaría mi camino hacia los papelones monumentales fue el que llamaré (en otro alarde de originalidad) “El disfraz de monito”. Estamos en 6to grado.
- ¡La puta madre, boludo! Me toco un “elefante”- dijo Diego.
- A mí el León- sonrió Martín, y no sé por qué, eso no sorprendió a ninguno.
- ¡El Oso!- gritó Patricio.
- ¡Soy el Tigre! Era el más malo de todos el Tigre- reía Agustín con una carcajada de loco, que luego fue perfeccionando durante los años.- ¿Y a vos, Pablo? ¿Qué te toco?
- Un mono, me tocó… ¡Un mono!- suspiré.
- ¿Pero Baloo o “un” mono del montón?- preguntó Diego.
- Baloo era el oso, Diego- respondí.- El mono “copado” era Bandar Nomeacuerdo… a mi me toco “un” mono cualquiera.
Todos se quedaron mirándome. Agustín empezó la risa general (para variar) que segundos más tarde fue silenciada por la voz de Mrs Boomer -nuestra profesora de música- que nos observaba desde su escritorio.
- Silence, please… Levanten las manos los “monitos”- dijo Mrs Boomer y el mundo se detuvo.
Levanté la mano, alcance a ver otras cuatro manos levantas. Todas de los bancos de adelante.
- Sonaste, Pablo- murmuró Patricio.
El grupo de los “monitos” estaba formado por el Colorado Mattiuzi y sus amigos.
- Para todos, la semana que viene empiezan los ensayos. En Prácticas, van a realizar los trabajos pertinentes a la confección del disfraz (los que quieran); los que no, pueden alquilarlo. Recomiendo la confección, siempre es más barato- Mrs Boomer ultimaba los detalles porque la clase ya estaba llegando a su fin.
Faltaban dos meses para la play Disney’s Jungle Book. Y si bien yo pensaba que los ensayos con el Colorado Mattiuzi y su grupo iban a ser un infierno… todavía faltaba lo peor. Lo único bueno fue compartir el “rehearsal time” con mis amigos. Las miradas cómplices ayudaron mucho.
Les decía, el primer incidente que marcaría mi camino hacia los papelones monumentales fue “El disfraz de monito”. Ocurrió en 6to grado. Teníamos 11 años.
Lo curioso es que este episodio no me valió ningún apodo ipso facto; de hecho... el apodo llegó 26 años después.
Sin embargo, el primer incidente que marcaría mi camino hacia los papelones monumentales fue el que llamaré (en otro alarde de originalidad) “El disfraz de monito”. Estamos en 6to grado.
- ¡La puta madre, boludo! Me toco un “elefante”- dijo Diego.
- A mí el León- sonrió Martín, y no sé por qué, eso no sorprendió a ninguno.
- ¡El Oso!- gritó Patricio.
- ¡Soy el Tigre! Era el más malo de todos el Tigre- reía Agustín con una carcajada de loco, que luego fue perfeccionando durante los años.- ¿Y a vos, Pablo? ¿Qué te toco?
- Un mono, me tocó… ¡Un mono!- suspiré.
- ¿Pero Baloo o “un” mono del montón?- preguntó Diego.
- Baloo era el oso, Diego- respondí.- El mono “copado” era Bandar Nomeacuerdo… a mi me toco “un” mono cualquiera.
Todos se quedaron mirándome. Agustín empezó la risa general (para variar) que segundos más tarde fue silenciada por la voz de Mrs Boomer -nuestra profesora de música- que nos observaba desde su escritorio.
- Silence, please… Levanten las manos los “monitos”- dijo Mrs Boomer y el mundo se detuvo.
Levanté la mano, alcance a ver otras cuatro manos levantas. Todas de los bancos de adelante.
- Sonaste, Pablo- murmuró Patricio.
El grupo de los “monitos” estaba formado por el Colorado Mattiuzi y sus amigos.
- Para todos, la semana que viene empiezan los ensayos. En Prácticas, van a realizar los trabajos pertinentes a la confección del disfraz (los que quieran); los que no, pueden alquilarlo. Recomiendo la confección, siempre es más barato- Mrs Boomer ultimaba los detalles porque la clase ya estaba llegando a su fin.
Faltaban dos meses para la play Disney’s Jungle Book. Y si bien yo pensaba que los ensayos con el Colorado Mattiuzi y su grupo iban a ser un infierno… todavía faltaba lo peor. Lo único bueno fue compartir el “rehearsal time” con mis amigos. Las miradas cómplices ayudaron mucho.
Les decía, el primer incidente que marcaría mi camino hacia los papelones monumentales fue “El disfraz de monito”. Ocurrió en 6to grado. Teníamos 11 años.
Lo curioso es que este episodio no me valió ningún apodo ipso facto; de hecho... el apodo llegó 26 años después.
viernes, 18 de septiembre de 2009
La tranformación de “ya saben quien”
Silvina tenía razón. Paula Miano fue invisible para nosotros durante todo el secundario, solamente era el blanco de todas nuestras burlas. Cada año era lo mismo, cada año inventábamos algo nuevo con tal de hacer basura su autoestima cuando pasaban lista, o en cualquier oportunidad. Ella nunca dijo nada. A veces, sonreía tímidamente. Otra veces, arrojaba cachetazos al aire. Manotazos de naufraga. Y aquella noche –la de nuestra fiesta de egresados- Paula se fue, escapó.
Unas semanas más tarde en la inscripción al CBC en Drago intenté unir algunas piezas de lo que estaba pasando.
- ¡Pablo!- una voz gritó mi nombre mientras subía la escalera. Era un chico de 5to B, Paula Miano se había ido en su micro la noche de la fiesta. Ni sabía su nombre.- ¿Te hago una pregunta?
- ¿Si?
- ¿Conoces a esta chica?- sacó una foto de una carpeta de tres ganchos. Observé la foto detenidamente, eran los chicos y chicas de 5to B en el micro, volviendo, sonriendo, borrachos... y... la chica, había una chica que reía felizmente. Era Paula Miano.- ¿Tenes idea donde vive? ¿O el teléfono? La verdad que me pareció relinda, charlamos en todo el viaje y me hizo reír un montón...
- No te sabría decir- lo cual era totalmente cierto.
- Te digo que dejo loquitos a un par...- sonrió cómplice.- ¿Tiene novio?
- No, la verdad que no se...
- ¿Pero no iba a tu división?
- Si, pero no se... no éramos muy amigos- intenté excusarme.
- Ah, claro... una mina así... no nos da bola a pibes como nosotros.
- Errr...- aquella fue la línea clave de toda la charla.
- Bueno, que pena, me gustaría volver a cruzarla. ¿Viste el culo que tiene?
- No... no vi- verdad. El chico de 5to B se fue mirándome como si fuera el más idiota del secundario, probablemente ese fue el sabor que le dejaron mis respuestas.
Mi conclusión, días y años después es que, el día de la fiesta de 5to año, Paula Miano se convirtió en mariposa. Como si fuera un rito de pasaje a largo plazo, descubrió el mundo de los jeans ajustados y los vestidos escotados. En el cuarto de las chicas, sobre la cama, encontramos el sweater -la seda- de su capullo. Pero nadie entendió nada, nadie estuvo ahí para ver la transformación.
Es lo que tiene la invisibilidad.
Cuando salí del CBC de Drago, me pregunté si me encontraría con Paula Miano en esta nueva etapa, tan incierta. Esa fue la última vez que pensé en ella... hasta que 20 años más tarde, mientras estaba terminando de corregir una nota, sonó el teléfono del estudio. Era Martín.
- ¿A que no sabes quién me agregó al Facebook?- me dijo.
Pero esa historia ya la conocen. Y lo peor de todo, es que recién empieza esto.
Unas semanas más tarde en la inscripción al CBC en Drago intenté unir algunas piezas de lo que estaba pasando.
- ¡Pablo!- una voz gritó mi nombre mientras subía la escalera. Era un chico de 5to B, Paula Miano se había ido en su micro la noche de la fiesta. Ni sabía su nombre.- ¿Te hago una pregunta?
- ¿Si?
- ¿Conoces a esta chica?- sacó una foto de una carpeta de tres ganchos. Observé la foto detenidamente, eran los chicos y chicas de 5to B en el micro, volviendo, sonriendo, borrachos... y... la chica, había una chica que reía felizmente. Era Paula Miano.- ¿Tenes idea donde vive? ¿O el teléfono? La verdad que me pareció relinda, charlamos en todo el viaje y me hizo reír un montón...
- No te sabría decir- lo cual era totalmente cierto.
- Te digo que dejo loquitos a un par...- sonrió cómplice.- ¿Tiene novio?
- No, la verdad que no se...
- ¿Pero no iba a tu división?
- Si, pero no se... no éramos muy amigos- intenté excusarme.
- Ah, claro... una mina así... no nos da bola a pibes como nosotros.
- Errr...- aquella fue la línea clave de toda la charla.
- Bueno, que pena, me gustaría volver a cruzarla. ¿Viste el culo que tiene?
- No... no vi- verdad. El chico de 5to B se fue mirándome como si fuera el más idiota del secundario, probablemente ese fue el sabor que le dejaron mis respuestas.
Mi conclusión, días y años después es que, el día de la fiesta de 5to año, Paula Miano se convirtió en mariposa. Como si fuera un rito de pasaje a largo plazo, descubrió el mundo de los jeans ajustados y los vestidos escotados. En el cuarto de las chicas, sobre la cama, encontramos el sweater -la seda- de su capullo. Pero nadie entendió nada, nadie estuvo ahí para ver la transformación.
Es lo que tiene la invisibilidad.
Cuando salí del CBC de Drago, me pregunté si me encontraría con Paula Miano en esta nueva etapa, tan incierta. Esa fue la última vez que pensé en ella... hasta que 20 años más tarde, mientras estaba terminando de corregir una nota, sonó el teléfono del estudio. Era Martín.
- ¿A que no sabes quién me agregó al Facebook?- me dijo.
Pero esa historia ya la conocen. Y lo peor de todo, es que recién empieza esto.
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Héroes, asesinos y semidioses
Corrimos desesperadamente a la entrada del country. Perdimos algunos soldados en el camino, producto de la resaca y el sueño. En la casilla de seguridad. Mariana Pizza hizo un identikit verbal de Paula, muy preciso.
- Si, se fue hace dos horas en la combi con la gente de 4to año y 5to año B- dijo el guardia mirando la lista de nombres.
- Pero no se puede ir en esa combi, no estaba autorizada- dijo Mariana.
- Llamo al padre desde la casilla, el padre me corroboró los datos y preceptora de esa combi dio el “ok”- bostezo el guardia.
Volvimos en silencio hacia el sector de piletas mirando nuestros zapatos embarrados.
- Esta bien... se fue, cero onda... nunca fue una de nosotras- dijo Silvina Veneno.- Curtite, Miano.
- Dejate de joder, Silvina, sos una estupida- criticó Mariana.
- Mariana, incluso vos con es tic que tenes por sobresalir en clase, sos una de “nosotras”- sonrió Silvina.- Y te voy a decir... Valeria Alfajor también es una de “nosotras”.
- ¿Qué decis?- pregunto Mariana, incrédula.
Creo que algún día tendría que dedicarme tanto a Silvina como lo hice con Paula. A ser tan minucioso a la hora de recordar ciertas cosas. Silvina Veneno era la femme fatal del colegio, de nuestro curso. Sus ojos escupían superioridad, y amasaba los corazones de todos los que suspiraban por ella, para luego dejarlos cocinar a fuego lento. Una chica oscura, si. Pero -como siempre sucede- Silvina Veneno había visto algo que la mayoría de nosotros pasó por alto.
- ¿Hace cuanto que nos conocemos, Mariana? No digas nada... Vos entraste al colegio en 2do grado, y desde el primer día te sentaste adelante. El primer álbum de figuritas que llenaste fue el del Cuerpo Humano, te costó conseguir la más difícil: la antorcha olímpica de la página central. Fuiste abanderada 2 veces en la primaria y 3 en la secundaria. Nunca tuviste una nota menos de 7- Silvina respiro, hizo una pausa y sonrió felinamente.- Ah... y vas a estudiar locución. Te estas preparando para entrar al ISER- Mariana abrió los ojos, sorprendida. Silvina entrecerró sus ojos felinos.- Por eso, Mariana... vos “si” sos una de “nosotros”- enfatizó Silvina.- Y Valeria también, ella entro en 3er grado. Y es gorda... ¿cuál es el problema? Por lo menos tiene buen gusto para vestirse... Valeria también es una de “nosotros”- repitió Silvina mirando a todos.- En cambio, Paula Miano... nunca lo fue. Fue invisible.
Dicho esto, Silvina Veneno arrojó el sweater agujereado de Paula Miano sobre una reposera. Nadie dijo nada. No había mucho que decir porque sabíamos que eso era culpa de nosotros, la invisibilidad de Miano. En ese silencio, todos nos hicimos cargo de eso.
- Si, se fue hace dos horas en la combi con la gente de 4to año y 5to año B- dijo el guardia mirando la lista de nombres.
- Pero no se puede ir en esa combi, no estaba autorizada- dijo Mariana.
- Llamo al padre desde la casilla, el padre me corroboró los datos y preceptora de esa combi dio el “ok”- bostezo el guardia.
Volvimos en silencio hacia el sector de piletas mirando nuestros zapatos embarrados.
- Esta bien... se fue, cero onda... nunca fue una de nosotras- dijo Silvina Veneno.- Curtite, Miano.
- Dejate de joder, Silvina, sos una estupida- criticó Mariana.
- Mariana, incluso vos con es tic que tenes por sobresalir en clase, sos una de “nosotras”- sonrió Silvina.- Y te voy a decir... Valeria Alfajor también es una de “nosotras”.
- ¿Qué decis?- pregunto Mariana, incrédula.
Creo que algún día tendría que dedicarme tanto a Silvina como lo hice con Paula. A ser tan minucioso a la hora de recordar ciertas cosas. Silvina Veneno era la femme fatal del colegio, de nuestro curso. Sus ojos escupían superioridad, y amasaba los corazones de todos los que suspiraban por ella, para luego dejarlos cocinar a fuego lento. Una chica oscura, si. Pero -como siempre sucede- Silvina Veneno había visto algo que la mayoría de nosotros pasó por alto.
- ¿Hace cuanto que nos conocemos, Mariana? No digas nada... Vos entraste al colegio en 2do grado, y desde el primer día te sentaste adelante. El primer álbum de figuritas que llenaste fue el del Cuerpo Humano, te costó conseguir la más difícil: la antorcha olímpica de la página central. Fuiste abanderada 2 veces en la primaria y 3 en la secundaria. Nunca tuviste una nota menos de 7- Silvina respiro, hizo una pausa y sonrió felinamente.- Ah... y vas a estudiar locución. Te estas preparando para entrar al ISER- Mariana abrió los ojos, sorprendida. Silvina entrecerró sus ojos felinos.- Por eso, Mariana... vos “si” sos una de “nosotros”- enfatizó Silvina.- Y Valeria también, ella entro en 3er grado. Y es gorda... ¿cuál es el problema? Por lo menos tiene buen gusto para vestirse... Valeria también es una de “nosotros”- repitió Silvina mirando a todos.- En cambio, Paula Miano... nunca lo fue. Fue invisible.
Dicho esto, Silvina Veneno arrojó el sweater agujereado de Paula Miano sobre una reposera. Nadie dijo nada. No había mucho que decir porque sabíamos que eso era culpa de nosotros, la invisibilidad de Miano. En ese silencio, todos nos hicimos cargo de eso.
lunes, 14 de septiembre de 2009
El circo se va
Para nuestra fiesta de egresados, el colegio alquiló un salón de usos múltiples en un country de Pilar. Festejamos, recibimos nuestras medallas y diplomas, y cuando el alcohol (y algún que otro yuyo) hizo su trabajo... el amanecer nos encontró tirados en una pileta llena de globos de colores. En las reposeras, algunos dormían su borrachera y otro miraban salir el sol entre los árboles. Fue en ese silencio, metódico y resacoso, cuando Martín nos obligó a hacer una promesa. La “promesa”.
- Yo se que probablemente ahora vamos a seguir un camino distinto en la vida, que ya no nos vamos a ver como antes- empezó Martín.
- ¿Pintó un pedo melancólico?- preguntó Diego a todos, pero nadie le respondió.
- ¿Qué les parece encontrarnos de acá a 5 años? El día del amigo, el 20 de junio, dentro de 5 años en...- Martín meditó unos segundos.- Triunvirato y Monroe.
- Es una idea genial. ¡En la esquina de Panchovica!- dijo Gabriel.
- ¿Qué decís, Martín? Pablo, Patricio y Diego se conocen de Salita Azul... ¿No te parece un poco pesimista pensar que no se van a ver mas?- discutió Mariana.
En realidad, nosotros sabíamos que esa promesa no nos involucraba. Nosotros -los del fondo- teníamos un vínculo que iba más allá de eso. Nos esperaba un mundo de posibilidades, de salidas, de una amistad a prueba de todo. ¿Pero que pasaba con los demás? ¿Con Silvina Veneno? ¿El Colorado Mattiuzi? ¿Paula Miano? A esas personas se las iba a tragar un huracán de momentos y vivencias imposibles de descifrar, quedarían en la nebulosa de los recuerdos. Nosotros sabíamos que eso no iba a ocurrir con nosotros, nosotros estaríamos juntos para siempre. La promesa era para todos... para todos los que no éramos nosotros.
Y todos juraron cumplirla. Bueno, todos no.
- ¿Y Paula?- preguntó Mariana buscándola en el torbellino de cuerpos alrededor de la pileta. Paula no estaba.
La buscamos por todo el country y no la encontramos. A Silvina Veneno se le ocurrió buscar en el cuarto que habían usado las chicas para vestirse y arreglarse para la fiesta. Lo único que encontramos sobre la cama fue un sweater agujerado con su nombre escrito con hilo de coser en la etiqueta del cuello. El viejo sweater de colegio, agigantado de tanto estirarlo con los puños.
- ¿Dónde carajo esta Paula?- preguntó Mariana.
- Yo se que probablemente ahora vamos a seguir un camino distinto en la vida, que ya no nos vamos a ver como antes- empezó Martín.
- ¿Pintó un pedo melancólico?- preguntó Diego a todos, pero nadie le respondió.
- ¿Qué les parece encontrarnos de acá a 5 años? El día del amigo, el 20 de junio, dentro de 5 años en...- Martín meditó unos segundos.- Triunvirato y Monroe.
- Es una idea genial. ¡En la esquina de Panchovica!- dijo Gabriel.
- ¿Qué decís, Martín? Pablo, Patricio y Diego se conocen de Salita Azul... ¿No te parece un poco pesimista pensar que no se van a ver mas?- discutió Mariana.
En realidad, nosotros sabíamos que esa promesa no nos involucraba. Nosotros -los del fondo- teníamos un vínculo que iba más allá de eso. Nos esperaba un mundo de posibilidades, de salidas, de una amistad a prueba de todo. ¿Pero que pasaba con los demás? ¿Con Silvina Veneno? ¿El Colorado Mattiuzi? ¿Paula Miano? A esas personas se las iba a tragar un huracán de momentos y vivencias imposibles de descifrar, quedarían en la nebulosa de los recuerdos. Nosotros sabíamos que eso no iba a ocurrir con nosotros, nosotros estaríamos juntos para siempre. La promesa era para todos... para todos los que no éramos nosotros.
Y todos juraron cumplirla. Bueno, todos no.
- ¿Y Paula?- preguntó Mariana buscándola en el torbellino de cuerpos alrededor de la pileta. Paula no estaba.
La buscamos por todo el country y no la encontramos. A Silvina Veneno se le ocurrió buscar en el cuarto que habían usado las chicas para vestirse y arreglarse para la fiesta. Lo único que encontramos sobre la cama fue un sweater agujerado con su nombre escrito con hilo de coser en la etiqueta del cuello. El viejo sweater de colegio, agigantado de tanto estirarlo con los puños.
- ¿Dónde carajo esta Paula?- preguntó Mariana.
lunes, 31 de agosto de 2009
Los de arriba, los de abajo y Paula Miano
Durante nuestro 5to año, nadie le dio demasiada importancia a Paula Miano. Los chistes con su apellido seguían sucediendo en cualquier oportunidad; aunque dejaron de ser graciosos en un punto. Todavía no puede ver con claridad el momento exacto en que me deje de reír. Paula Miano no la tuvo fácil en al secundario, y había llegado a 5to año. Calladita se aguanto desde el primero hasta el último chiste con su apellido; el secundario es una época siniestra.
Siempre me pregunte por qué los pendejos en el secundario sienten esa fascinación por involucrarse en las cruzadas mas aterradores con tal de asesinar socialmente a otros. En mi clase éramos entre 18 y 25 alumnos. Había grupos, siempre hay grupos, y uno tiene que elegir o ser elegido (en realidad) para pertenecer. Uno podía definir el “jefe” de cada grupo en un abrir y cerrar de ojos. Es genial, ahora lo veo todo con tanta claridad. Los grupos... Dios, éramos tan patéticos. Pendejos chetos de Villa Urquiza, Belgrano, Coghlan y quien sabe que más, tratando de vivir nuestras vidas como en una película de John Hughes.
La persona que nos “definió” como grupo fue Martín. Hasta ese entonces, éramos simplemente Patricio, Alejandro y yo. Conocimos a Martín en 5to grado, pero fue realmente a partir de 1er año cuando demostró todo su potencial. Cuando asignaron el aula de 1er año, todos corrimos a sentarnos al fondo. Martín había acomodado las sillas estratégicamente, haciendo imposible el acceso por uno de los pasillos del aula. Por el pasillo libre, fuimos pasando de a uno, y después se sumaron Diego, Richard y Gabriel. Así -los siete- dejamos la individualidad para convertimos en un ser grupal. Aquel día, el primero de 1er año, nacieron “los del fondo”.
El Colorado Mattiuzi tenía su grupo de 3 o 4, la mayoría salidos de rugby o fútbol. Eran “los de gimnasia”.
Y después, estaban las chicas. El sector femenino estaba divido en 3 grupos: las lindas, las inteligentes y las no tan lindas. Silvina Veneno y Cecilia Miel eran las dueñas del grupo de las lindas, con dos o tres chicas más. Mariana Pizza era la voz de las chicas inteligentes. Y... Valeria Alfajor era la titiritera del grupo de las feas... Perdón, de las “no tan lindas”.
Paula Miano no perteneció a ninguno de estos grupos. Siempre estuvo sola.
Siempre me pregunte por qué los pendejos en el secundario sienten esa fascinación por involucrarse en las cruzadas mas aterradores con tal de asesinar socialmente a otros. En mi clase éramos entre 18 y 25 alumnos. Había grupos, siempre hay grupos, y uno tiene que elegir o ser elegido (en realidad) para pertenecer. Uno podía definir el “jefe” de cada grupo en un abrir y cerrar de ojos. Es genial, ahora lo veo todo con tanta claridad. Los grupos... Dios, éramos tan patéticos. Pendejos chetos de Villa Urquiza, Belgrano, Coghlan y quien sabe que más, tratando de vivir nuestras vidas como en una película de John Hughes.
La persona que nos “definió” como grupo fue Martín. Hasta ese entonces, éramos simplemente Patricio, Alejandro y yo. Conocimos a Martín en 5to grado, pero fue realmente a partir de 1er año cuando demostró todo su potencial. Cuando asignaron el aula de 1er año, todos corrimos a sentarnos al fondo. Martín había acomodado las sillas estratégicamente, haciendo imposible el acceso por uno de los pasillos del aula. Por el pasillo libre, fuimos pasando de a uno, y después se sumaron Diego, Richard y Gabriel. Así -los siete- dejamos la individualidad para convertimos en un ser grupal. Aquel día, el primero de 1er año, nacieron “los del fondo”.
El Colorado Mattiuzi tenía su grupo de 3 o 4, la mayoría salidos de rugby o fútbol. Eran “los de gimnasia”.
Y después, estaban las chicas. El sector femenino estaba divido en 3 grupos: las lindas, las inteligentes y las no tan lindas. Silvina Veneno y Cecilia Miel eran las dueñas del grupo de las lindas, con dos o tres chicas más. Mariana Pizza era la voz de las chicas inteligentes. Y... Valeria Alfajor era la titiritera del grupo de las feas... Perdón, de las “no tan lindas”.
Paula Miano no perteneció a ninguno de estos grupos. Siempre estuvo sola.
viernes, 28 de agosto de 2009
Por probar el vino y el agua salada
- No debería haber probado esos brownies- dijo Richard, abrazando una muñeca.- Me dejaron pelotudo... ¿viste que linda?
- No pienso tocar esa muñeca- le dije.- Me dan miedo.
- Mi vieja tenía una igual a esta en su pieza... y...
- Ricardo... creeme, me encantaría escuchar la historia de tu vieja y la muñeca, pero tenemos que encontrar a Diego.
- Yo no puedo salir así como estoy... Tengo el brownie “en sangre”. Estoy pasara flashear de lo lindo- Richard abrazó la muñeca y se durmió en un sillón viejo.
El héroe de la noche fue Patricio que -en su locura browniesca y todo- pudo meternos a todos en la casa de la vieja, antes que llegara la policía y el furioso dueño de la casa de muñecas antiguas. La sacamos barata... en cierta forma.
- Tenemos que encontrar a Diego- dijo Gabriel.
- ¿Probaron llamarlo al celular?- Jorgelina, siempre tan astuta.
- ¿Vos lo llamaste?- me preguntó Gabril.
- No... ¿Vos?
- Tampoco...
- Che... ¿¡Alguien llamó a Diego!?- grité, y todos nos miramos en silencio. Martín fue el primero en buscar su celu para llamarlo. Nos sorprendió que el sonido llego del otro lado de la puerta de entrada.
Jorgelina abrió la puerta. Ahí estaba Diego, con un ojo negro, y la camisa rota.
- Por que no me avisaron que ese no era mi coche?- gritó Diego, sirviéndose una vaso de cerveza.
- Era obvio que no era... Si un tipo te va a robar un coche, lo último que se le puede ocurrir es pasar por la puerta de donde lo robo y tocar bocina, Diego- Gabriel, comiendo las sobras de una picada.
- Bueno... por si alguno pregunta: el coche estaba a la vuelta. También me podrían haber avisado que no lo estacioné en la puerta de la casa cuando llegamos... ¿no?- tragó la cerveza en un fondo blanco impecable.
- Por probar los brownies...- murmuré.
- Pero estaban ricos- dijo Pecas acurrucándose sobre mi pecho.
- Muy ricos- le di un beso y sorpresivamente me di cuenta que esa noche era nuestra última noche juntos.
- Vamos a intentarlo, Pablo- fue lo último que dijo Pecas, antes de quedarse dormida.- Te quiero demasiado como para perderte así...
Jorgelina viajó al día siguiente a esa extraña y -sobre todo- divertida noche. El avión se la llevo, después de un abrazo interminable. Supe que iba a volver; de hecho, volvió... pero para eso faltaba mucho tiempo. Ahora -y todavía, y en ese entonces- nos quedaba el “intento”. Algo tan difícil como inexplicable, perdurar una relación en la distancia...
Cuando salí de Ezeiza, me subí al auto de Diego, donde me esperaba Patricio en el asiento del acompañante. Me senté atrás, dejándome caer en el tapizado, tenía ganas de desaparecer en un terrible silencio. No tuve suerte, se escuchó un ruido seco, algo se rompió cuando me senté. Agarre lo que -sin darme cuenta- rompí y se lo mostré a Diego y Pato por el espejo retrovisor.
- Richard... y la puta que te pario- dijo Diego.
Era una muñeca antigua... ahora, rota.
- No pienso tocar esa muñeca- le dije.- Me dan miedo.
- Mi vieja tenía una igual a esta en su pieza... y...
- Ricardo... creeme, me encantaría escuchar la historia de tu vieja y la muñeca, pero tenemos que encontrar a Diego.
- Yo no puedo salir así como estoy... Tengo el brownie “en sangre”. Estoy pasara flashear de lo lindo- Richard abrazó la muñeca y se durmió en un sillón viejo.
El héroe de la noche fue Patricio que -en su locura browniesca y todo- pudo meternos a todos en la casa de la vieja, antes que llegara la policía y el furioso dueño de la casa de muñecas antiguas. La sacamos barata... en cierta forma.
- Tenemos que encontrar a Diego- dijo Gabriel.
- ¿Probaron llamarlo al celular?- Jorgelina, siempre tan astuta.
- ¿Vos lo llamaste?- me preguntó Gabril.
- No... ¿Vos?
- Tampoco...
- Che... ¿¡Alguien llamó a Diego!?- grité, y todos nos miramos en silencio. Martín fue el primero en buscar su celu para llamarlo. Nos sorprendió que el sonido llego del otro lado de la puerta de entrada.
Jorgelina abrió la puerta. Ahí estaba Diego, con un ojo negro, y la camisa rota.
- Por que no me avisaron que ese no era mi coche?- gritó Diego, sirviéndose una vaso de cerveza.
- Era obvio que no era... Si un tipo te va a robar un coche, lo último que se le puede ocurrir es pasar por la puerta de donde lo robo y tocar bocina, Diego- Gabriel, comiendo las sobras de una picada.
- Bueno... por si alguno pregunta: el coche estaba a la vuelta. También me podrían haber avisado que no lo estacioné en la puerta de la casa cuando llegamos... ¿no?- tragó la cerveza en un fondo blanco impecable.
- Por probar los brownies...- murmuré.
- Pero estaban ricos- dijo Pecas acurrucándose sobre mi pecho.
- Muy ricos- le di un beso y sorpresivamente me di cuenta que esa noche era nuestra última noche juntos.
- Vamos a intentarlo, Pablo- fue lo último que dijo Pecas, antes de quedarse dormida.- Te quiero demasiado como para perderte así...
Jorgelina viajó al día siguiente a esa extraña y -sobre todo- divertida noche. El avión se la llevo, después de un abrazo interminable. Supe que iba a volver; de hecho, volvió... pero para eso faltaba mucho tiempo. Ahora -y todavía, y en ese entonces- nos quedaba el “intento”. Algo tan difícil como inexplicable, perdurar una relación en la distancia...
Cuando salí de Ezeiza, me subí al auto de Diego, donde me esperaba Patricio en el asiento del acompañante. Me senté atrás, dejándome caer en el tapizado, tenía ganas de desaparecer en un terrible silencio. No tuve suerte, se escuchó un ruido seco, algo se rompió cuando me senté. Agarre lo que -sin darme cuenta- rompí y se lo mostré a Diego y Pato por el espejo retrovisor.
- Richard... y la puta que te pario- dijo Diego.
Era una muñeca antigua... ahora, rota.
miércoles, 26 de agosto de 2009
No te dejes desanimar
No hay muchos consejos para fumarse un porro, pero digamos que hay algo que aprendí en toda mi poco experiencia con las drogas. Anoten: “que nadie de corte el mambo”. Traducido al castellano más simple esto vendría a ser como: te drogas, flashea, escucha música, reite de las cosas mas tontas, tirate en el pasto a mirar las estrellas, o mira durante horas una vidriera de muñecas viejas en San Telmo. Y esto es, precisamente estaba haciendo Richard cuando salí a la calle y empece a reirme.
- Sos hermosas... las muñecas, como te miran- murmuro Richard.- Son hermosas.
Larga una carcajada que retumbo en toda la noche, cuando la mano de Diego se cerró sobre mi cuello. Nota al editor: esto es precisamente lo que se llama “cortar el mambo”. Y es, claro, lo que Diego estaba haciendo conmigo.
- ¡Me robaron el auto!- gritaba Diego en la puerta de la casa, mientras me agarraba del cuello del sweater.- ¿De qué carajo te estas riendo?
- No se, estoy re loco- le respondí, mientras la sonrisa se me iba borrando lentamente de la cara.
- ¡Me robaron el auto! ¡Me robaron el auto!- Diego no paraba de repetir y caminar en círculos por la calle.- ¡Me robaron el auto! ¡Me robaron el auto!
- ¿Y por que no vas a la comisaria?- pregunto Gabriel, y solamente con verlo uno podía adivinar que no había comido un solo brownie. De hecho, toda la experiencia de Gabriel con las drogas se puede resumir en “no, gracias”.
- ¿Sos tarado Gabriel?- gritó Diego.- ¿Con la locura que tengo encima? Seguro me dejan adentro... ¡Me cago en esos brownies!
- Estaban riquísimos- murmure.- Que vaya el “conductor designado”.
- ¿Que?- Diego, con los ojos cansadísimos de sueño.
- Que vaya Gabriel... es el único de nosotros que no comió- chasquee los dedos y sonreí.
- Ni loco voy a la comisaria a hacer la denuncia de un auto que no es mío- Gabriel, excusándose.
- Pero Diego es tu amigo... tenes que hacerlo, no podes dejarlo en ese estado-
- ¿Qué estado?- pregunto Gabriel.
- Drogado y llorando como una nena porque le robaron el auto- señale a Diego, que estaba tirado en el umbral de la casa mientras Jorgelina intentaba tranquilizarlo.
- La puta madre... Hago al denuncia, digo que un amigo me prestó el coche y que...- Gabriel, pensando.
- Deci lo que se te ocurra y...- mientras intentaba pelear contra toda la locura de los brownies e hilar dos o tres palabras sensatas, un bocinazo interrumpió mi discurso. Todos miramos en dirección al sonido, que venía de la esquina.
- ¡Mi auto!- grito Diego, mientras corría hacia la esquina.
- ¡Diego! ¡Vení acá!- grite, pero no me hizo caso.
El auto acelero y se fue por una calle de San Telmo. Diego giro en la esquina y desapareció de nuestro campo visual. Nos miramos con Gabriel durante tres segundos. Los rigurosos tres segundos de silencio para evaluar la situación.
- Diego acaba de irse corriendo detrás de su auto...- dije.
- Que probablemente no era su auto... ¿No te diste cuenta que no tenía la antena cruzada sobre el techo?- murmuró Gabriel.
- Diego acaba de irse corriendo detrás de una auto que no es suyo... pensando que era el de él- más problemas, obvio.- La puta madre.
- Y eso no es todo...- Gabriel señalo hacia la vidriera que tenía hipnotizado a Richard.- Mira.
- Son hermosas...- murmur{o Richard. Acto seguido, levantó una piedra y la tiro contra la vidriera llena de muñecas antiguas.
- ¡No, Richard! ¿Qué hacés?- gritamos los dos.
Demasiado tarde.
- Sos hermosas... las muñecas, como te miran- murmuro Richard.- Son hermosas.
Larga una carcajada que retumbo en toda la noche, cuando la mano de Diego se cerró sobre mi cuello. Nota al editor: esto es precisamente lo que se llama “cortar el mambo”. Y es, claro, lo que Diego estaba haciendo conmigo.
- ¡Me robaron el auto!- gritaba Diego en la puerta de la casa, mientras me agarraba del cuello del sweater.- ¿De qué carajo te estas riendo?
- No se, estoy re loco- le respondí, mientras la sonrisa se me iba borrando lentamente de la cara.
- ¡Me robaron el auto! ¡Me robaron el auto!- Diego no paraba de repetir y caminar en círculos por la calle.- ¡Me robaron el auto! ¡Me robaron el auto!
- ¿Y por que no vas a la comisaria?- pregunto Gabriel, y solamente con verlo uno podía adivinar que no había comido un solo brownie. De hecho, toda la experiencia de Gabriel con las drogas se puede resumir en “no, gracias”.
- ¿Sos tarado Gabriel?- gritó Diego.- ¿Con la locura que tengo encima? Seguro me dejan adentro... ¡Me cago en esos brownies!
- Estaban riquísimos- murmure.- Que vaya el “conductor designado”.
- ¿Que?- Diego, con los ojos cansadísimos de sueño.
- Que vaya Gabriel... es el único de nosotros que no comió- chasquee los dedos y sonreí.
- Ni loco voy a la comisaria a hacer la denuncia de un auto que no es mío- Gabriel, excusándose.
- Pero Diego es tu amigo... tenes que hacerlo, no podes dejarlo en ese estado-
- ¿Qué estado?- pregunto Gabriel.
- Drogado y llorando como una nena porque le robaron el auto- señale a Diego, que estaba tirado en el umbral de la casa mientras Jorgelina intentaba tranquilizarlo.
- La puta madre... Hago al denuncia, digo que un amigo me prestó el coche y que...- Gabriel, pensando.
- Deci lo que se te ocurra y...- mientras intentaba pelear contra toda la locura de los brownies e hilar dos o tres palabras sensatas, un bocinazo interrumpió mi discurso. Todos miramos en dirección al sonido, que venía de la esquina.
- ¡Mi auto!- grito Diego, mientras corría hacia la esquina.
- ¡Diego! ¡Vení acá!- grite, pero no me hizo caso.
El auto acelero y se fue por una calle de San Telmo. Diego giro en la esquina y desapareció de nuestro campo visual. Nos miramos con Gabriel durante tres segundos. Los rigurosos tres segundos de silencio para evaluar la situación.
- Diego acaba de irse corriendo detrás de su auto...- dije.
- Que probablemente no era su auto... ¿No te diste cuenta que no tenía la antena cruzada sobre el techo?- murmuró Gabriel.
- Diego acaba de irse corriendo detrás de una auto que no es suyo... pensando que era el de él- más problemas, obvio.- La puta madre.
- Y eso no es todo...- Gabriel señalo hacia la vidriera que tenía hipnotizado a Richard.- Mira.
- Son hermosas...- murmur{o Richard. Acto seguido, levantó una piedra y la tiro contra la vidriera llena de muñecas antiguas.
- ¡No, Richard! ¿Qué hacés?- gritamos los dos.
Demasiado tarde.
lunes, 24 de agosto de 2009
Ah, te vi entre las luces
Todos comieron esos brownies “locos”. Gracias a los sabios consejos de Jorgelina, estaban riquisimos. Por supuesto, todo el mundo pensaba “esto no va a pegar”. Salieron casi 3 bandejas de brownies, cada una con 12 bizcochuelitos. Haciendo oídos sordos a los consejos de Alejandro que repetía una y otra vez “no comas tantos, Pablo, con uno esta bien”, le entre a esos brownies como si fueran la última cena. Y así fue, se multiplicaron los brownies hasta las dos de la mañana. Después de horas de pensar que habíamos hecho algo mal, me quede dormido.
Cuando desperté estaba entrando a la casa de mi vieja pensando “¿qué carajo estoy haciendo acá? Seguro no encontré las llaves de mi departamento”. Entre por la cocina, en un acto reflejo de años anteriores, abrí¬ el microondas para ver si me habían dejado algo de comer. El reloj del micro tiraba la una de la mañana. Camine hasta el living, y pude ver una figura sentada en el sillón que estaba de espaldas al ventanal que da la calle. La luz que entraba por el vidrio tejido, recortaba la sombra, como en las películas. Encendí la luz del living.
- ¿Viejo? ¿Qué carajo estás haciendo acá?- me sorprendió ver a mi viejo a esa hora, sobre todo porque hacía más de 10 años que no vivía ahí.
- No, no soy tu papá- mi viejo se puso de pie y bordeo la mesita ratona. Entonces, entre la luz de la calle y la luz de la pasillo, me dí cuenta que estaba vestido de rojo. Un smoking rojo, oscuro.- Soy el Diablo.
- ¿Qué?
- ¿Qué? No me mires así, no había otro cuerpo disponible.
- ¡Pero mi viejo esta vivo!
- ¿Y qué tiene que ver? Estaba durmiendo, y si esta durmiendo, ¿para que quiere su cuerpo?- abrió los brazos como excusandose.
- Bueno, a ver… sos el Diablo. Sos el Diablo en el cuerpo de mi viejo, que esta durmiento… ¿Qué cagada me mande?
- Nada, vine a decirte que lo estas haciendo muy bien.
- ¿Haciendo bien “qué”? ¿Qué?- pregunté.
- Nada.
- ¿Nada?
- El que “nada”, no se ahoga- respondió el Diablo, que con esta respuesta me terminaba de confirmar dos cosas. Que el Diablo era muy boludo para elegir un cuerpo. O que mi viejo estaba borracho y venía de una fiesta de disfraces.
- ¡Pablo!- gritó Martín.
- ¡Martín!- agarre a Martín de la camisa, despertandome, mientras sacudía las migas de brownies que tenía en mi pantalón.
- ¡Pablo! Vení a la calle… se pudrió todo- dijo Martín, desapareciendo hacia la puerta de calle, desde donde se escuchaba gritar a Diego.
Intente incorporarme dos veces, y volví a caer en el sillón. Diego seguía gritando en la calle, mientras yo hacia mi tercer (y exitoso) intento. Encendí un cigarrillo, el humo me hizo bolsa la garganta.
Cuando estaba llegando a la vereda, la tos -no se cómo- se transformó en risa.
Cuando desperté estaba entrando a la casa de mi vieja pensando “¿qué carajo estoy haciendo acá? Seguro no encontré las llaves de mi departamento”. Entre por la cocina, en un acto reflejo de años anteriores, abrí¬ el microondas para ver si me habían dejado algo de comer. El reloj del micro tiraba la una de la mañana. Camine hasta el living, y pude ver una figura sentada en el sillón que estaba de espaldas al ventanal que da la calle. La luz que entraba por el vidrio tejido, recortaba la sombra, como en las películas. Encendí la luz del living.
- ¿Viejo? ¿Qué carajo estás haciendo acá?- me sorprendió ver a mi viejo a esa hora, sobre todo porque hacía más de 10 años que no vivía ahí.
- No, no soy tu papá- mi viejo se puso de pie y bordeo la mesita ratona. Entonces, entre la luz de la calle y la luz de la pasillo, me dí cuenta que estaba vestido de rojo. Un smoking rojo, oscuro.- Soy el Diablo.
- ¿Qué?
- ¿Qué? No me mires así, no había otro cuerpo disponible.
- ¡Pero mi viejo esta vivo!
- ¿Y qué tiene que ver? Estaba durmiendo, y si esta durmiendo, ¿para que quiere su cuerpo?- abrió los brazos como excusandose.
- Bueno, a ver… sos el Diablo. Sos el Diablo en el cuerpo de mi viejo, que esta durmiento… ¿Qué cagada me mande?
- Nada, vine a decirte que lo estas haciendo muy bien.
- ¿Haciendo bien “qué”? ¿Qué?- pregunté.
- Nada.
- ¿Nada?
- El que “nada”, no se ahoga- respondió el Diablo, que con esta respuesta me terminaba de confirmar dos cosas. Que el Diablo era muy boludo para elegir un cuerpo. O que mi viejo estaba borracho y venía de una fiesta de disfraces.
- ¡Pablo!- gritó Martín.
- ¡Martín!- agarre a Martín de la camisa, despertandome, mientras sacudía las migas de brownies que tenía en mi pantalón.
- ¡Pablo! Vení a la calle… se pudrió todo- dijo Martín, desapareciendo hacia la puerta de calle, desde donde se escuchaba gritar a Diego.
Intente incorporarme dos veces, y volví a caer en el sillón. Diego seguía gritando en la calle, mientras yo hacia mi tercer (y exitoso) intento. Encendí un cigarrillo, el humo me hizo bolsa la garganta.
Cuando estaba llegando a la vereda, la tos -no se cómo- se transformó en risa.
viernes, 21 de agosto de 2009
Brownies de marihuana
Jorgelina Pecas tenía una amiga que vivía en una vieja casa de San Telmo, caserón que era ideal para una super fiesta de despedida. Solamente había un pequeño problema: la abuela. La amiga de Pecas insistió que la noble señora no escucharía nada, tenía una sordera muy importante y a las 6 de la tarde se encerraba en su habitación sin salir de allí hasta la mañana siguiente (cerca del mediodía). Solamente había un detalle que teníamos que tener en cuenta: la anciana cenaba a las 21 horas, clavadas. Ningún problema.
La gente de la fiesta era de lo más variado. Amigos de Pecas, amigos míos, amigos de amigos, amigos de amigos de... Amigos, en fin.
- ¡Pablo! ¡Jorgelina!- grito Alejandro, abriéndose paso entre la gente.- Esta buenísima la casa, es ideal para filmar una video-clip.
- Gracias, Ale- dijo Pecas.
- ¿Te hago una pregunta? ¿Te acordas esos brownies que hiciste para el cumpleaños de Pablo? Estaban riquísimos...
- Si, me acuerdo. Pero no hice nada hoy.
- Claro, me imagino, te quería preguntar si...- Alejandro buscó en su bolsillo y saco una bolsita.- ¿No me ayudas a hacer galletas de marihuana?
- ¡Ale, la puta que te pario!- me quería morir.
- Si, pero mira que esta casa no es mía- se atajo Jorgelina.
- Ya se, es de tu amiga, la de la señora del fondo- señalo Alejandro.- Me dijo tu amiga que esta todo bien, que podemos hacer...- se acercó la amiga de Pecas.
- Le tire un poco de yuyo a mi abuela sobre los fideos- riéndose.
- ¿Estas loca?- Jorgelina empezó a reír.- Pobre vieja.
- Es que no me daba ponerle alguna pastilla para dormir. Eso es más... “sano”- dijo la amiga de Jorgelina dándole un beso a Alejandro.
Mi único acercamiento a las drogas fue en 5to año, una locura. Drogas y pendejos chetos de colegio privado bilingüe, no podía salir nada bueno de esa combinación. Termine la secundaria y nunca mas volví a probar un porro.
El cabeza dura de Alejandro quería que salieran como 2 kilos de galletas tipo escones. Lamentablemente (o mejor) con lo que había en esa casa solamente se podían hacer 3 bandejas de brownies. Jorgelina arrojó unos tips mientras asesoraba el procedimiento. Disolver un poco de yuyo en una bandeja con una hilito de leche, parece que con grasas lácteas pega mejor.
- Tiene sentido- analizaba Richard apoyado en la puerta de la cocina.- Por su morfología...
- Richard, no empeces- gruñó Alejandro.
- La marihuana la terminas absorbiendo vía estomacal porque es super soluble en grasas. Entonces, es mucho mejor de vehiculizar
- Ya no se si quiero comer- dijo Patricio.- Basta, Richard.
- Una vez comí brownies de marihuana- murmuró Richard, y todos lo miramos en silencio.- Quede pelotudo dos días seguidos.
Y eso es precisamente lo genial de los seres humanos. Que siempre podemos esperar, lo inesperado.
La gente de la fiesta era de lo más variado. Amigos de Pecas, amigos míos, amigos de amigos, amigos de amigos de... Amigos, en fin.
- ¡Pablo! ¡Jorgelina!- grito Alejandro, abriéndose paso entre la gente.- Esta buenísima la casa, es ideal para filmar una video-clip.
- Gracias, Ale- dijo Pecas.
- ¿Te hago una pregunta? ¿Te acordas esos brownies que hiciste para el cumpleaños de Pablo? Estaban riquísimos...
- Si, me acuerdo. Pero no hice nada hoy.
- Claro, me imagino, te quería preguntar si...- Alejandro buscó en su bolsillo y saco una bolsita.- ¿No me ayudas a hacer galletas de marihuana?
- ¡Ale, la puta que te pario!- me quería morir.
- Si, pero mira que esta casa no es mía- se atajo Jorgelina.
- Ya se, es de tu amiga, la de la señora del fondo- señalo Alejandro.- Me dijo tu amiga que esta todo bien, que podemos hacer...- se acercó la amiga de Pecas.
- Le tire un poco de yuyo a mi abuela sobre los fideos- riéndose.
- ¿Estas loca?- Jorgelina empezó a reír.- Pobre vieja.
- Es que no me daba ponerle alguna pastilla para dormir. Eso es más... “sano”- dijo la amiga de Jorgelina dándole un beso a Alejandro.
Mi único acercamiento a las drogas fue en 5to año, una locura. Drogas y pendejos chetos de colegio privado bilingüe, no podía salir nada bueno de esa combinación. Termine la secundaria y nunca mas volví a probar un porro.
El cabeza dura de Alejandro quería que salieran como 2 kilos de galletas tipo escones. Lamentablemente (o mejor) con lo que había en esa casa solamente se podían hacer 3 bandejas de brownies. Jorgelina arrojó unos tips mientras asesoraba el procedimiento. Disolver un poco de yuyo en una bandeja con una hilito de leche, parece que con grasas lácteas pega mejor.
- Tiene sentido- analizaba Richard apoyado en la puerta de la cocina.- Por su morfología...
- Richard, no empeces- gruñó Alejandro.
- La marihuana la terminas absorbiendo vía estomacal porque es super soluble en grasas. Entonces, es mucho mejor de vehiculizar
- Ya no se si quiero comer- dijo Patricio.- Basta, Richard.
- Una vez comí brownies de marihuana- murmuró Richard, y todos lo miramos en silencio.- Quede pelotudo dos días seguidos.
Y eso es precisamente lo genial de los seres humanos. Que siempre podemos esperar, lo inesperado.
lunes, 3 de agosto de 2009
La chica disfrazada de Cheetara
- ¡No tengo disfraz para la fiesta de Mariana!- le grité a Richard por teléfono.
- Yo voy a ir de médico.
- Eso es re ladrón. ¡Estudias Medicina, Ricardo! Dejate de joder... cero creatividad- mi conciencia no me permitía dejar pasar ese detalle por alto.
- Tengo un ambo blanco de enfermero de más- dijo Richard.
- ¡Quiero!- mi conciencia es una puta y además, yo no estudiaba Medicina.
- ¿Los dos vestidos de "médico"?- Martín, el señor cowboy, largo una carcajada.
- No, no... Richard es un doctor. Yo soy...- pensando, pensando.- ¡Ginecólogo!
- Que original- ironizó Martín.
Hice oídos sordos a las risas de Martín mezclándome entre las conejitas, las mujeres policía, las diablitas, las angelitas, y los 542 “doctores”. Entonces la ví, tomando cerveza y llevando uno de los mejores disfraces que una mujer podría llegar a usar.
Cheetara de los Thundercats.
- Quiero tener gatitos con vos- le dije.
- Estoy esperando a Leon-O- dijo Cheetara rompiéndome el corazón.
- Pensalo bien, soy un buen candidato. Profesional, simpático. Me gustan los animales.
- No me digas nada... ¿Sos ginecólogo, no?
- No, veterinario.
- Buena respuesta, pero no.
Cheetara estuvo en disputa toda la noche. Rebotó a la mitad de la fiesta. Desde Chaplin hasta Julio Cesar... o un bombero.
Hay algo que tienen que saber sobre los gatos. Les encanta el contacto visual. Y esto no lo digo yo, lo dice mi tía Marta (si, la misma que controlaba mi masculinidad con su gay-dar). Cuando uno llega de visita a la casa de una persona que tiene un gato, nunca -y repito, nunca- hay que acercarse al gato. Lo único que hay que hacer es mirarlo, el contacto visual funciona siempre. El gato viene solo.
- Doctor, doctor...- Cheetara, casi al terminar la noche.- No pude evitar darme cuenta que me estuvo mirando durante toda la fiesta.
- Claro, soy un veterinario de la vieja escuela. Me gusta mirar muy bien a mis pacientes.
- ¿Y estoy bien?
- Si, estas “muy bien”.
Lo malo de los gatos es que no son mascotas muy sociales. Así como vienen, se van.
Lo bueno es que, esa noche en la casa de Mariana, había una habitación libre.
La chica disfrazada de Cheetara fue la número 5 en mi lista.
- Yo voy a ir de médico.
- Eso es re ladrón. ¡Estudias Medicina, Ricardo! Dejate de joder... cero creatividad- mi conciencia no me permitía dejar pasar ese detalle por alto.
- Tengo un ambo blanco de enfermero de más- dijo Richard.
- ¡Quiero!- mi conciencia es una puta y además, yo no estudiaba Medicina.
- ¿Los dos vestidos de "médico"?- Martín, el señor cowboy, largo una carcajada.
- No, no... Richard es un doctor. Yo soy...- pensando, pensando.- ¡Ginecólogo!
- Que original- ironizó Martín.
Hice oídos sordos a las risas de Martín mezclándome entre las conejitas, las mujeres policía, las diablitas, las angelitas, y los 542 “doctores”. Entonces la ví, tomando cerveza y llevando uno de los mejores disfraces que una mujer podría llegar a usar.
Cheetara de los Thundercats.
- Quiero tener gatitos con vos- le dije.
- Estoy esperando a Leon-O- dijo Cheetara rompiéndome el corazón.
- Pensalo bien, soy un buen candidato. Profesional, simpático. Me gustan los animales.
- No me digas nada... ¿Sos ginecólogo, no?
- No, veterinario.
- Buena respuesta, pero no.
Cheetara estuvo en disputa toda la noche. Rebotó a la mitad de la fiesta. Desde Chaplin hasta Julio Cesar... o un bombero.
Hay algo que tienen que saber sobre los gatos. Les encanta el contacto visual. Y esto no lo digo yo, lo dice mi tía Marta (si, la misma que controlaba mi masculinidad con su gay-dar). Cuando uno llega de visita a la casa de una persona que tiene un gato, nunca -y repito, nunca- hay que acercarse al gato. Lo único que hay que hacer es mirarlo, el contacto visual funciona siempre. El gato viene solo.
- Doctor, doctor...- Cheetara, casi al terminar la noche.- No pude evitar darme cuenta que me estuvo mirando durante toda la fiesta.
- Claro, soy un veterinario de la vieja escuela. Me gusta mirar muy bien a mis pacientes.
- ¿Y estoy bien?
- Si, estas “muy bien”.
Lo malo de los gatos es que no son mascotas muy sociales. Así como vienen, se van.
Lo bueno es que, esa noche en la casa de Mariana, había una habitación libre.
La chica disfrazada de Cheetara fue la número 5 en mi lista.
viernes, 31 de julio de 2009
Splash, SAF y ¡kaboom!
Corría nuestro 4to año, y nuestro profesor de gimnasia nos cambió nuestras horas de deportes, por horas de pileta cubierta. Fue casi el paraíso. Agua climatizada, los profesores felices y dejándonos a nuestro libre albedrío por un par de horas. Aquella tarde, Paula Miano se había olvidado su malla enteriza; y decidió quedarse a un costado de la pileta terminando la tarea de música. En 4to año, Paula había quedado seleccionada como Sandy Olsson para nuestra play de Grease. En un rincón, estudiaba metódicamente Summer nights, You're the one that i want, We go together y alguna otra canción de aquel simpático musical.
Ocurrió que el Colorado Mattiuzi se acercó sigilosamente y la levanto entre sus brazos al grito de “¡Feliz cumpleaños, Paulita!” y ahí nomás, delante de unos 30 alumnos -también había chicos de otras divisiones- la arrojó a la pileta. Hojas de música, Paula, ropa mojada y risas. Todo eso en menos de dos minutos. El clásico chiste terremoto, como lo bauticé más tarde.
El “chiste terremoto” es el chiste que empieza cuando Persona 1 le dice a Persona 2 una boludez tan simple como “que lindo culo que tiene tu hermana”, y Persona 2 le responde un rotundo “tarado, esa es mi vieja”. Es el famoso “tragame, tierra”. La salvedad es que -en este caso- a Paula Miano se la estaba tragando el agua. Lo bueno, recién empezaba todo. El chiste terremoto era un 8.5 en la escala Richter. Lo supimos cuando Mariana se abrió paso entre en las risas y la gente y agarro al Colorado por el brazo.
- ¿Sos tarado, Mattiuzi?- salió de la nada Mariana Pizza.
- ¿Que pasa, Mariana? ¿Se mojó tu noviecita?
- ¡Paula tiene SAF, idiota! ¡Tiene SAF!- gritaba Mariana.
SAF. Sin Actividad Física. Cuando un alumno no participa en las clases de Educación Física se coloca en el boletín de asistencias la sigla SAF. Esto ocurre cuando el alumno tiene algún accidente -brazo enyesado-, alguna enfermedad -asma- o bien cuando se ve imposibilitado de realizar determinada actividad por otro motivos, por ejemplo...
- ¡Paula no sabe nadar, estupido!- volvió a gritar Mariana.
El profesor de gimnasia fue el único héroe aquella tarde.
Las risas fueron ahogadas -ironías aparte- por más risas. Esta vez, el blanco era el Colorado Mattiuzi, que había sido el primero en explotar la bomba que coronó nuestro ultimo día de pileta cubierta.
Un 8.5 en la Escala Richter de chistes terremotos. Aquella tarde, creame, la tierra se tragó al Colorado Mattiuzi.
Ocurrió que el Colorado Mattiuzi se acercó sigilosamente y la levanto entre sus brazos al grito de “¡Feliz cumpleaños, Paulita!” y ahí nomás, delante de unos 30 alumnos -también había chicos de otras divisiones- la arrojó a la pileta. Hojas de música, Paula, ropa mojada y risas. Todo eso en menos de dos minutos. El clásico chiste terremoto, como lo bauticé más tarde.
El “chiste terremoto” es el chiste que empieza cuando Persona 1 le dice a Persona 2 una boludez tan simple como “que lindo culo que tiene tu hermana”, y Persona 2 le responde un rotundo “tarado, esa es mi vieja”. Es el famoso “tragame, tierra”. La salvedad es que -en este caso- a Paula Miano se la estaba tragando el agua. Lo bueno, recién empezaba todo. El chiste terremoto era un 8.5 en la escala Richter. Lo supimos cuando Mariana se abrió paso entre en las risas y la gente y agarro al Colorado por el brazo.
- ¿Sos tarado, Mattiuzi?- salió de la nada Mariana Pizza.
- ¿Que pasa, Mariana? ¿Se mojó tu noviecita?
- ¡Paula tiene SAF, idiota! ¡Tiene SAF!- gritaba Mariana.
SAF. Sin Actividad Física. Cuando un alumno no participa en las clases de Educación Física se coloca en el boletín de asistencias la sigla SAF. Esto ocurre cuando el alumno tiene algún accidente -brazo enyesado-, alguna enfermedad -asma- o bien cuando se ve imposibilitado de realizar determinada actividad por otro motivos, por ejemplo...
- ¡Paula no sabe nadar, estupido!- volvió a gritar Mariana.
El profesor de gimnasia fue el único héroe aquella tarde.
Las risas fueron ahogadas -ironías aparte- por más risas. Esta vez, el blanco era el Colorado Mattiuzi, que había sido el primero en explotar la bomba que coronó nuestro ultimo día de pileta cubierta.
Un 8.5 en la Escala Richter de chistes terremotos. Aquella tarde, creame, la tierra se tragó al Colorado Mattiuzi.
miércoles, 29 de julio de 2009
Paula Emmamiano Watson
A Emma Watson le pasó lo mismo. ¿Quién hubiera dicho que de esa joven tirando a fea saliera semejante adolescente riquísima en Harry Potter and the Half-Blood Prince? Cuando estábamos en el cine viendo La piedra filosofal -la primera de la saga- le dije a Martín: “acordate que esta pendeja se va a convertir a una super perra”. Martín estuvo de acuerdo, y podríamos que -entonces sí- vimos venir el cambio. Tirado aquel vaticinio deje que el tiempo siga su curso y el sábado pasado, los años me dieron al razón.
- ¿Pero como nos equivocamos con Paula Miano, no?- dijo Martín mientras esperamos un café cerca del Village Recoleta.
- Ese si que no lo vimos venir- respondí.
Creo que ni la misma Paula supo los cambios por los que pasaría cuando cursábamos 4to Año. En mi opinión, Paula creció como Cindy Lauper, hasta que un día se dio cuenta que se había convertido en Madonna. Pero que nadie estaba ahí para compartir esa revelación. Una mierda.
- El único que se dio cuenta de eso fue el Colorado Mattiuzi- dije mientras saboreaba mi capuccino.
- ¡Es verdad!- Richard empezaba con su teoría.- De otra manera no se hubiera tomado tanto tiempo para llamar su atención... Le toco el culo en 3er año, la molestaba siempre con el apellido...
- Todos la molestábamos, Richard- Martín, metiendo un bocadillo.
- No, Mar... Lo del Colorado fue premeditado. En esa época éramos tan pendejos y tan inocentes que era la única forma de llamar la atención de una chica- explicó Richard.
- Tratándola mal- adivine.
- ¡Claro! Pero el Colorado siempre se fue de mambo... Lo del la pileta fue la guinda. Fue terrible eso- Richard se tomó unos segundos para recordar el suceso de la pileta.
Todos los hicimos.
- ¿Pero como nos equivocamos con Paula Miano, no?- dijo Martín mientras esperamos un café cerca del Village Recoleta.
- Ese si que no lo vimos venir- respondí.
Creo que ni la misma Paula supo los cambios por los que pasaría cuando cursábamos 4to Año. En mi opinión, Paula creció como Cindy Lauper, hasta que un día se dio cuenta que se había convertido en Madonna. Pero que nadie estaba ahí para compartir esa revelación. Una mierda.
- El único que se dio cuenta de eso fue el Colorado Mattiuzi- dije mientras saboreaba mi capuccino.
- ¡Es verdad!- Richard empezaba con su teoría.- De otra manera no se hubiera tomado tanto tiempo para llamar su atención... Le toco el culo en 3er año, la molestaba siempre con el apellido...
- Todos la molestábamos, Richard- Martín, metiendo un bocadillo.
- No, Mar... Lo del Colorado fue premeditado. En esa época éramos tan pendejos y tan inocentes que era la única forma de llamar la atención de una chica- explicó Richard.
- Tratándola mal- adivine.
- ¡Claro! Pero el Colorado siempre se fue de mambo... Lo del la pileta fue la guinda. Fue terrible eso- Richard se tomó unos segundos para recordar el suceso de la pileta.
Todos los hicimos.
viernes, 24 de julio de 2009
La chica que nunca vio Terminator
Para ponerlos un poco en situación. Después de 6 años de novios -siendo Sandra mi primera novia- no tenía ni la menor idea de cómo se levanta una mina. En la edad en qué todos mis amigos aprendieron los pormenores del levante, yo estaba de novio. A los 23 años ya era un poco imposible ponerse a tiro con ellos, no había curso acelerado que valga. Mis amigos eran un desastre en el boliche, levantaban todo. Incluso, Richard. La verdad, voy a poner a Richard de ejemplo en todo, porque el siempre fue muy estructurado, muy racional y -en cierta forma- muy tímido. Pero Richard también ganaba.
Además, sucede que yo nunca fui “el clásico tipo de boliche”, aunque siempre me gustaron esos antros de música fuerte, gente bailando y sudor. Me gusta bailar -bailo mal- y me convertí en el típico flaco que baila siempre con amigas, con la gorda, con la histérica, con la bonita, con la novia del mejor amigo, con las amigas de las amigas. El tipo que baila mal, el tonto divertido. Mientras mis amigos iban afilando colmillos por todos lados, yo me quedaba ahí, bailando con mis amigas y tomando.
Así transcurrieron los primeros meses sin Sandra. Sin tener la más pálida idea de cómo levantarme una mina y viendo como todos mis amigos ganaban.
Hasta que un sábado en The End (Rivadavia y Nazca), Diego se acercó y me sacó el Tequila Sunrise de la mano.
- Acompañame, Pablo, vamos encarar un par de minitas.
Tengo que aclarar que probablemente Diego no encontró a ninguno de los chicos cerca, y tiro el famoso manotazo de ahogado, sabiendo perfectamente que yo frente a las mujeres de boliche, digamos que... no funciono muy bien. El encare en los boliches no era lo mío.
Les decía... ahí estábamos Diego y yo, mirando pasar chicas... hasta que -no podía faltar-por supuesto Diego puso su mano en pinza y deleitó a la audiencia con la famosa movida de “agarrar el pelito cuando la chica pasa por al lado tuyo”. Jugada preparada. En ese momento tuve mi primera lección de levante. “Agarrar el pelo de una chica cuando pasa”. ¿Quién hubiera pensando que eso llamaría la atención de dos chicas? Increíble.
Fiel a su estilo tiburonesco Diego se quedó con “la más linda” y me dejó “la no tan fea” que, gracias a toda la cerveza que tenía en mi cuerpo, inmediatamente pasó a rankear como “la menos linda”. Lo mejor de todo es que ella también tenía mucho alcohol en sangre, lo suficiente como para hacer de todo el preludio de chamuyos una síntesis tan genial que ya estábamos en los reservados a los besos. Así fue como “la menos linda”, se convirtió a mis 23 años, en la número 3 en mi “lista”. Como casi siempre sucede en estos casos, uno intenta hacer lo mejor, y lo mejor -generalmente- es no hablar. Claro, eso lo supe después.
- ¿Qué haces, vos?- dijo “la menos linda”.
- Trabajo en un video club- según tengo entendido, las mujeres no son grandes fanáticas de los tipos mentirosos, así que dije la verdad.
- Uy, a mi hermano le encantan las películas de Robocop.
- ¿Te diste cuenta que es re parecida a Terminator?
- ¿Cúal? Ah, creo que sí, es de un robot, también.
- Ehmmm, si, no... Para, no podes comparar Robocop con Terminator. O sea... “no”. Terminator, la de las máquinas. El tipo grandote musculoso. “¿Sarah Connor?” ¡Pum!
- No, no... entonces no la vi, no la conozco.
- Ufs...- busque a Diego entre la gente y grite- ¡Che, boludo, yo así no puedo! No vió Terminator, yo me voy a la mierda...- y me fui, nomás.
Por eso les decía, nunca fui “el clásico tipo de boliche”.
Además, sucede que yo nunca fui “el clásico tipo de boliche”, aunque siempre me gustaron esos antros de música fuerte, gente bailando y sudor. Me gusta bailar -bailo mal- y me convertí en el típico flaco que baila siempre con amigas, con la gorda, con la histérica, con la bonita, con la novia del mejor amigo, con las amigas de las amigas. El tipo que baila mal, el tonto divertido. Mientras mis amigos iban afilando colmillos por todos lados, yo me quedaba ahí, bailando con mis amigas y tomando.
Así transcurrieron los primeros meses sin Sandra. Sin tener la más pálida idea de cómo levantarme una mina y viendo como todos mis amigos ganaban.
Hasta que un sábado en The End (Rivadavia y Nazca), Diego se acercó y me sacó el Tequila Sunrise de la mano.
- Acompañame, Pablo, vamos encarar un par de minitas.
Tengo que aclarar que probablemente Diego no encontró a ninguno de los chicos cerca, y tiro el famoso manotazo de ahogado, sabiendo perfectamente que yo frente a las mujeres de boliche, digamos que... no funciono muy bien. El encare en los boliches no era lo mío.
Les decía... ahí estábamos Diego y yo, mirando pasar chicas... hasta que -no podía faltar-por supuesto Diego puso su mano en pinza y deleitó a la audiencia con la famosa movida de “agarrar el pelito cuando la chica pasa por al lado tuyo”. Jugada preparada. En ese momento tuve mi primera lección de levante. “Agarrar el pelo de una chica cuando pasa”. ¿Quién hubiera pensando que eso llamaría la atención de dos chicas? Increíble.
Fiel a su estilo tiburonesco Diego se quedó con “la más linda” y me dejó “la no tan fea” que, gracias a toda la cerveza que tenía en mi cuerpo, inmediatamente pasó a rankear como “la menos linda”. Lo mejor de todo es que ella también tenía mucho alcohol en sangre, lo suficiente como para hacer de todo el preludio de chamuyos una síntesis tan genial que ya estábamos en los reservados a los besos. Así fue como “la menos linda”, se convirtió a mis 23 años, en la número 3 en mi “lista”. Como casi siempre sucede en estos casos, uno intenta hacer lo mejor, y lo mejor -generalmente- es no hablar. Claro, eso lo supe después.
- ¿Qué haces, vos?- dijo “la menos linda”.
- Trabajo en un video club- según tengo entendido, las mujeres no son grandes fanáticas de los tipos mentirosos, así que dije la verdad.
- Uy, a mi hermano le encantan las películas de Robocop.
- ¿Te diste cuenta que es re parecida a Terminator?
- ¿Cúal? Ah, creo que sí, es de un robot, también.
- Ehmmm, si, no... Para, no podes comparar Robocop con Terminator. O sea... “no”. Terminator, la de las máquinas. El tipo grandote musculoso. “¿Sarah Connor?” ¡Pum!
- No, no... entonces no la vi, no la conozco.
- Ufs...- busque a Diego entre la gente y grite- ¡Che, boludo, yo así no puedo! No vió Terminator, yo me voy a la mierda...- y me fui, nomás.
Por eso les decía, nunca fui “el clásico tipo de boliche”.
lunes, 20 de julio de 2009
El alpinista
Gabriel es uno de mis mejores amigos. Nos conocimos en séptimo grado. Gracias a su sentido del humor -desde chico- se ganó su lugar en el grupo. Cuando terminamos la secundaria, nos anotamos en Comunicación Social. El se recibió dos años antes que yo. Yo, por mi parte, complete la carrera como pude. Incluso con la locura de anotarme en el TEA porque “Comunicación no me llenaba”. Ese fue mi primer error. Es imposible estudiar dos cosas a la vez, y encima trabajar, es un kilombo.
Con Gabriel tenemos una teoría laboral. En realidad, es una forma elaborada de conseguir trabajo metódicamente. Se llama “el alpinista”.
La teoría del alpinista sería -gráficamente- algo así: los alpinistas siempre van atados unos a otros con una soga riel; cuando llega el primer escalador (llamado, cabeza de soga) a la cima, y empieza a ayudar a los demás (llamados “nudos”) a subir. Cuando el primer escalador nudo llega a la cima, pasa a ser cabeza de soga junto con el otro y así, logran subir a todos los demás. Esto es porque los alpinistas -según Gabriel- además de ser escaladores profesionales, son amigos.
En la práctica, nada mejor que ilustrarlos con un ejemplo que puedan ver. El primer trabajo de Gabriel (relacionado con nuestra profesión) fue a los 20 años. Era notero de una radio de San Martín cubriendo partidos de fútbol. Una tarde el productor del programa le preguntó si no conocía a nadie que quiera atender los teléfonos durante dos programas que la emisora tenía los sábados. Así empezamos, el cubriendo partidos de fútbol y yo atendiendo teléfonos. Seis meses después, el productor del programa deportivo nos regaló dos horas de programación -los sábados a la noche, de 22 a 24- solamente por enero y febrero. Era hora de subir a Mariana Pizza, que cursaba el primer año de Locución en el ISER. Así tuvimos, nuestro primer programa.
Dos años más tarde, Mariana Pizza consiguió entrar en la producción de un programa para una FM de esas que todo el mundo conoce, música de moda, pendejas llamando y dedicando temas, etc. Otra vez los planetas se volvieron a juntar y necesitan un asistente de producción, ahí Mariana me subió. Tiempo después, el área de producción tenía mucho laburo y necesitaban un “runner”. Entro Gabriel. Cuando la radio cambió de nombre, nos pasaron a laburar a la frecuencia AM de la misma emisora. No estuvo tan mal.
Hoy por hoy, pasaron casi 20 años de aquel primer trabajo. Laburamos para Televisa, O Globo, TELEFE. Siempre que entraba uno, el otro entraba semanas después. Empezamos a escribir muchísimo, publicamos un par de libros, estrenamos una obra de teatro; y en octubre, estrenamos dos más. Ahora tenemos dos laburos que nos consumen casi todo el día (además de controlar los ensayos de teatro): tiramos guiones en una productora audiovisual de documentales y eventos, y nos quemamos los ojos en un estudio editorial. El primero en entrar a la productora de eventos fui yo; y Gabriel fue el primero en entrar a la editorial.
La teoría del alpinista, les decía.
Con Gabriel tenemos una teoría laboral. En realidad, es una forma elaborada de conseguir trabajo metódicamente. Se llama “el alpinista”.
La teoría del alpinista sería -gráficamente- algo así: los alpinistas siempre van atados unos a otros con una soga riel; cuando llega el primer escalador (llamado, cabeza de soga) a la cima, y empieza a ayudar a los demás (llamados “nudos”) a subir. Cuando el primer escalador nudo llega a la cima, pasa a ser cabeza de soga junto con el otro y así, logran subir a todos los demás. Esto es porque los alpinistas -según Gabriel- además de ser escaladores profesionales, son amigos.
En la práctica, nada mejor que ilustrarlos con un ejemplo que puedan ver. El primer trabajo de Gabriel (relacionado con nuestra profesión) fue a los 20 años. Era notero de una radio de San Martín cubriendo partidos de fútbol. Una tarde el productor del programa le preguntó si no conocía a nadie que quiera atender los teléfonos durante dos programas que la emisora tenía los sábados. Así empezamos, el cubriendo partidos de fútbol y yo atendiendo teléfonos. Seis meses después, el productor del programa deportivo nos regaló dos horas de programación -los sábados a la noche, de 22 a 24- solamente por enero y febrero. Era hora de subir a Mariana Pizza, que cursaba el primer año de Locución en el ISER. Así tuvimos, nuestro primer programa.
Dos años más tarde, Mariana Pizza consiguió entrar en la producción de un programa para una FM de esas que todo el mundo conoce, música de moda, pendejas llamando y dedicando temas, etc. Otra vez los planetas se volvieron a juntar y necesitan un asistente de producción, ahí Mariana me subió. Tiempo después, el área de producción tenía mucho laburo y necesitaban un “runner”. Entro Gabriel. Cuando la radio cambió de nombre, nos pasaron a laburar a la frecuencia AM de la misma emisora. No estuvo tan mal.
Hoy por hoy, pasaron casi 20 años de aquel primer trabajo. Laburamos para Televisa, O Globo, TELEFE. Siempre que entraba uno, el otro entraba semanas después. Empezamos a escribir muchísimo, publicamos un par de libros, estrenamos una obra de teatro; y en octubre, estrenamos dos más. Ahora tenemos dos laburos que nos consumen casi todo el día (además de controlar los ensayos de teatro): tiramos guiones en una productora audiovisual de documentales y eventos, y nos quemamos los ojos en un estudio editorial. El primero en entrar a la productora de eventos fui yo; y Gabriel fue el primero en entrar a la editorial.
La teoría del alpinista, les decía.
miércoles, 17 de junio de 2009
¿Me trajiste a la nena?
Cuando la puerta del cuarto 7 se abrió, Lili dejó un beso muy ruidoso en la mejilla, y se despidió. Lili tenía 28 años, fue dulce, estuvo muy bien, me preguntaba cosas, hablamos. Pude quedarme a completar la “ficha”, pero estaba tan nervioso que hice lo mío y salí corriendo. Por lo tanto, podemos decir que con Lili Partuza aprendí a “salir corriendo”, conducta que repetiría con cierta continuidad a lo largo de algunas relaciones que vinieron después. No viene al caso. Fue un momento recordable, con los clichés de siempre. Mis amigos me regalaron mi primera vez... eso fue lo realmente memorable.
- Ya vengo- dijo Diego, que había pedido otra “ficha” con la rubia petisita.
Me quedé en el patio interno tomando una cerveza caliente mientras Agustín intentaba convencerme que una de las chicas de ahí se había enamorado de él y no le había cobrado nada. Patricio y Martín estaba desaparecidos, supuse que dentro de alguna habitación. Pero cuando lo vi llegar a Patricio desde la entrada del local, corriendo, me di cuenta que estaba equivocado.
- ¡Pablo! ¡Pilar!- gritó Patricio. -Tu hermana, boludo! Acaba de entrar al boliche.
- ¿Qué carajo hace Pilar acá?- pregunté, escondiéndome detrás de una puerta.
- Tengo que ver eso...- dijo Agustín caminando apurado a la entrada.
- ¿Qué pasa?- preguntó Diego
- Ehmmm... Para... ¿vos no entraste recíen?- le pregunté, asomándome.
- Esa petisa me encanta...- Diego, señalando a la petisa.- ¿Qué haces ahí escondido?
- Pilar esta en la puerta- dijo Patricio.
- ¿Qué Pilar?- preguntó Diego.
- ¡Mi hermana, boludo!- le dije.
- ¡No! A ver...- Diego se fue corriendo.
- ¿Qué carajo hace mi hermana acá?- mire a Patricio haciendo uso de mi momento de “silencio incomodo”.
- ¿Qué paso, chicos?- preguntó Martín, una morocha infartante lo despedía en la puerta de la número 5.
- Pilar esta en la entrada...- dijo Patricio.
- ¿Qué Pilar?
- ¡Mi hermana, Martín!
- ¿Qué carajo hace tu hermana acá?- Martín, pero ya era demasiado tarde para preguntas.
- Vine a ver al grupo de Alejandro...- dijo Pilar entrando al patio, seguida por Agustín y Diego.- Pero parece que me equivoque.
- Y... y...- buscando una excusa.- ¿Cómo viniste acá? ¿Quién te invito?
Pilar levantó un volante de pizzería. Sobre el margen derecho decía “Eslavandera... Adianchi, a la vuelta de la City” y la hora, todo con mi letra, por supuesto.
- Sos un boludo, Pablo- murmuró Patricio.
- Ya vengo- dijo Diego, que había pedido otra “ficha” con la rubia petisita.
Me quedé en el patio interno tomando una cerveza caliente mientras Agustín intentaba convencerme que una de las chicas de ahí se había enamorado de él y no le había cobrado nada. Patricio y Martín estaba desaparecidos, supuse que dentro de alguna habitación. Pero cuando lo vi llegar a Patricio desde la entrada del local, corriendo, me di cuenta que estaba equivocado.
- ¡Pablo! ¡Pilar!- gritó Patricio. -Tu hermana, boludo! Acaba de entrar al boliche.
- ¿Qué carajo hace Pilar acá?- pregunté, escondiéndome detrás de una puerta.
- Tengo que ver eso...- dijo Agustín caminando apurado a la entrada.
- ¿Qué pasa?- preguntó Diego
- Ehmmm... Para... ¿vos no entraste recíen?- le pregunté, asomándome.
- Esa petisa me encanta...- Diego, señalando a la petisa.- ¿Qué haces ahí escondido?
- Pilar esta en la puerta- dijo Patricio.
- ¿Qué Pilar?- preguntó Diego.
- ¡Mi hermana, boludo!- le dije.
- ¡No! A ver...- Diego se fue corriendo.
- ¿Qué carajo hace mi hermana acá?- mire a Patricio haciendo uso de mi momento de “silencio incomodo”.
- ¿Qué paso, chicos?- preguntó Martín, una morocha infartante lo despedía en la puerta de la número 5.
- Pilar esta en la entrada...- dijo Patricio.
- ¿Qué Pilar?
- ¡Mi hermana, Martín!
- ¿Qué carajo hace tu hermana acá?- Martín, pero ya era demasiado tarde para preguntas.
- Vine a ver al grupo de Alejandro...- dijo Pilar entrando al patio, seguida por Agustín y Diego.- Pero parece que me equivoque.
- Y... y...- buscando una excusa.- ¿Cómo viniste acá? ¿Quién te invito?
Pilar levantó un volante de pizzería. Sobre el margen derecho decía “Eslavandera... Adianchi, a la vuelta de la City” y la hora, todo con mi letra, por supuesto.
- Sos un boludo, Pablo- murmuró Patricio.
lunes, 15 de junio de 2009
Eramos tan pobres
Debuté a los 18 años con una puta. Realmente lo hice porque “no entendía nada de nada”. Como siempre sucede en estos casos, tenía toda la teoría, pero no iba a poner las manos en el fuego -ni en otros lugares más húmedos- por mi práctica. Me daba mucho miedo debutar Sandra. No hay mucho más que decir.
La organización del lugar no era del otro mundo. Iba a la barra y pedías una “ficha” (parecida a las de casino) y se la entregabas a la chica que más te gustaba. Ella te llevaba de la mano por un patio interno rodeado de puertas, entrabas a una habitación, chin pum y listo. Lili me llevó de la mano hasta el patio interno. Como era de esperarse, ahí estaban los chicos, aplaudiendo y muriéndose de risa cuando vieron mi cara de sorpresa. Martín se acercó y colocó una “ficha” en mi mano.
- ¿Ya elegiste?- me preguntó Martín. Diego nos saludaba abrazado a una rubia petisita mientras entraba a una pieza.
- No, no elegí.
- Anda con alguna que se parezca a Sandrita- carcajeó sonoramente Agustín.- No te preocupes que de acá no sale. Me encanta saber un secreto como este... Me encanta, Pablo- volvió a reír.
- Espera, Pablo... ¿estas seguro?- Patricio, apoyándome una mano en el hombro.
- Si, ya esta. Hoy la pongo- junte coraje.- Gracias, chicos.
- Dale, dale, dale... Elegí una mina que este es un momento histórico. ¿Alguien trajo una cámara de fotos?- Agustín, el diablo en persona.
- No lo apures...- dijo Patricio.
- Mira que hay chicas adentro de las piezas, tomate tu tiempo. Elegí bien- Martín, tomando cerveza.
- ¿Chicas que salen de estar con otros?
- Son putas, Pablo... ¿Qué queres? ¿Enamorarte?- Agustín, mirando a Martín.- ¿Le pegas vos o le pego yo?
- Pero es un asco... ¡no quiero estar con la misma mina con la que estuvo Alejandro... o Diego!- reconozco que tal vez estaba siendo demasiado... ¿miedoso? Okey, cagón.
- Eh, che... ¿qué tenía de malo la petisa?- la voz de Diego venía de atrás mío.
- ¿Diego?- Martín, mirando el reloj.- ¿Qué haces acá? ¿No entraste recién?
- Ehmm... ya terminé- dijo Diego agachando la cabeza.
- ¡Nooo!- gritó Agustín.- ¡El más rápido de Villa Urquiza! ¿Te alcanzaste a poner el forro, por lo menos?
- Soy de tiro corto... y si te seguís riendo así te juro que hoy llegas a tu casa sin los dientes de arriba- imposible argumentar nada contra semejante amenaza de Diego.
- ¿Y Pablo? ¿La pones o no, putito?- Agustín cambió de objetivo con esa facilidad que tienen los seres siniestros.
- Chicos... las bebidas- Lili Partuza trajo más cervezas.
- Mi amigo cumple años- le dijo Martín, señalándome.- ¿No tenes algún regalito para él?
- Si...- sonrió Lili, y agrego con una voz super suave.- Yo.
Coloqué la “ficha” en la bandeja vacía y entramos al cuarto 7.
La organización del lugar no era del otro mundo. Iba a la barra y pedías una “ficha” (parecida a las de casino) y se la entregabas a la chica que más te gustaba. Ella te llevaba de la mano por un patio interno rodeado de puertas, entrabas a una habitación, chin pum y listo. Lili me llevó de la mano hasta el patio interno. Como era de esperarse, ahí estaban los chicos, aplaudiendo y muriéndose de risa cuando vieron mi cara de sorpresa. Martín se acercó y colocó una “ficha” en mi mano.
- ¿Ya elegiste?- me preguntó Martín. Diego nos saludaba abrazado a una rubia petisita mientras entraba a una pieza.
- No, no elegí.
- Anda con alguna que se parezca a Sandrita- carcajeó sonoramente Agustín.- No te preocupes que de acá no sale. Me encanta saber un secreto como este... Me encanta, Pablo- volvió a reír.
- Espera, Pablo... ¿estas seguro?- Patricio, apoyándome una mano en el hombro.
- Si, ya esta. Hoy la pongo- junte coraje.- Gracias, chicos.
- Dale, dale, dale... Elegí una mina que este es un momento histórico. ¿Alguien trajo una cámara de fotos?- Agustín, el diablo en persona.
- No lo apures...- dijo Patricio.
- Mira que hay chicas adentro de las piezas, tomate tu tiempo. Elegí bien- Martín, tomando cerveza.
- ¿Chicas que salen de estar con otros?
- Son putas, Pablo... ¿Qué queres? ¿Enamorarte?- Agustín, mirando a Martín.- ¿Le pegas vos o le pego yo?
- Pero es un asco... ¡no quiero estar con la misma mina con la que estuvo Alejandro... o Diego!- reconozco que tal vez estaba siendo demasiado... ¿miedoso? Okey, cagón.
- Eh, che... ¿qué tenía de malo la petisa?- la voz de Diego venía de atrás mío.
- ¿Diego?- Martín, mirando el reloj.- ¿Qué haces acá? ¿No entraste recién?
- Ehmm... ya terminé- dijo Diego agachando la cabeza.
- ¡Nooo!- gritó Agustín.- ¡El más rápido de Villa Urquiza! ¿Te alcanzaste a poner el forro, por lo menos?
- Soy de tiro corto... y si te seguís riendo así te juro que hoy llegas a tu casa sin los dientes de arriba- imposible argumentar nada contra semejante amenaza de Diego.
- ¿Y Pablo? ¿La pones o no, putito?- Agustín cambió de objetivo con esa facilidad que tienen los seres siniestros.
- Chicos... las bebidas- Lili Partuza trajo más cervezas.
- Mi amigo cumple años- le dijo Martín, señalándome.- ¿No tenes algún regalito para él?
- Si...- sonrió Lili, y agrego con una voz super suave.- Yo.
Coloqué la “ficha” en la bandeja vacía y entramos al cuarto 7.
viernes, 12 de junio de 2009
¡No toca botón!
Durante la cena con mi familia, los chicos -Martín, Patricio, Agustín y Diego- llamaron cinco veces, Patricio fue el que repitió.
- No sabes la de pendejas que hay acá. Están todas re partibles- dijo Martín.
- Venite de toque que no te podes perder el recital de Ale- Patricio estaba ansioso.
- Me debes dos cervezas hace un mes. Trae plata que hoy quiero cobrarlas- dijo Agustín.
- ¡Pablo! Mas te vale que vengas porque sino voy a tu casa y te traigo a las patadas- casi podía verlo a Diego gritando y gesticulando furia.
- ¡Feliz cumpleaños, putito!- Patricio, a las doce y dos minutos.
A las doce y cuarto, Sandra pasó por casa a saludarme con una bolsa azul. Adentro, los dos primeros números de Batman: Year One, en inglés. Conseguir ediciones originales en aquella época era imposible y, sobre todo, carísimo. Fue un regalo que me sorprendió, no pense que Sandra haría una cosa así. Deje la bolsa con los comics en "el armario intocable", lejos de las manos de las pequeñas Patricia y Paz, me despedí de Sandra en el umbral de la puerta azul, y me fui a lo de Alejandro.
Ahora no voy a ningún lado si no es remis, taxi, bondi, subte, etc. Pero, en esa época íbamos caminando a todos lados. Así que no encontré mejor forma que estrenar mis 18 años que caminar por Alvarez Thomas hasta el bar donde tocaba Alejandro.
Llegué a la una menos diez, pensando que el recital ya debería estar empezando. Pero también con la certeza de los retrasos de siempre, según la historia de recitales de Alejandro, la primer canción sonaba media hora después del horario pautado. Eso me daba cierta tranquilidad. El lugar en cuestión -efectivamente- era un bar. Con los vidrios espejados hacia fuera, sin mesas a la calle ni nada, muy oscuro. Antes de entrar, mire el nombre del lugar. No había cartel, pero la dirección era esa. Me acerqué a la puerta y pude ver un pequeño cartelito -estilo cartel de horarios laborales, de 9 a 14 y de 16 a 20, pero sin horarios- y algo escrito ahí.
“Adianchi” -decía- con letras negras, gastadas por el reflejo del sol, en una mala impresión de resma continua tirado por esas viejas impresoras de punto.
No se escuchaba música del otro lado. Al menos, no la canciones de la bandita de Alejandro. Buena señal. El recital no había comenzado.
Entré. El lugar esta lleno de olor a cigarrillo, música horrible, y algunas mesas pegadas a la pared. No se veía nada, solamente la barra del lugar tenía buena iluminación. Busqué a los chicos, pero no ví nada. Me llamo la atención no escuchar los gritos de Diego.
- ¿Te puedo ayudar en algo?- me dijo una chica muy bonita, de unos 25 años, con musculosa negra y pollera super corta.
- Si, vengo al recital de "Eslavandera".
- ¿Recital?
- ¿No tocan hoy acá?- pregunte.
- Acá tocamos todos los días- me puso una mano en el corazón y la fue deslizando hacia abajo muy suavemente.- Te tocamos lo que vos quieras, bebe.
Y me tocó, nomás.
Con ustedes... Lili Partuza.
- No sabes la de pendejas que hay acá. Están todas re partibles- dijo Martín.
- Venite de toque que no te podes perder el recital de Ale- Patricio estaba ansioso.
- Me debes dos cervezas hace un mes. Trae plata que hoy quiero cobrarlas- dijo Agustín.
- ¡Pablo! Mas te vale que vengas porque sino voy a tu casa y te traigo a las patadas- casi podía verlo a Diego gritando y gesticulando furia.
- ¡Feliz cumpleaños, putito!- Patricio, a las doce y dos minutos.
A las doce y cuarto, Sandra pasó por casa a saludarme con una bolsa azul. Adentro, los dos primeros números de Batman: Year One, en inglés. Conseguir ediciones originales en aquella época era imposible y, sobre todo, carísimo. Fue un regalo que me sorprendió, no pense que Sandra haría una cosa así. Deje la bolsa con los comics en "el armario intocable", lejos de las manos de las pequeñas Patricia y Paz, me despedí de Sandra en el umbral de la puerta azul, y me fui a lo de Alejandro.
Ahora no voy a ningún lado si no es remis, taxi, bondi, subte, etc. Pero, en esa época íbamos caminando a todos lados. Así que no encontré mejor forma que estrenar mis 18 años que caminar por Alvarez Thomas hasta el bar donde tocaba Alejandro.
Llegué a la una menos diez, pensando que el recital ya debería estar empezando. Pero también con la certeza de los retrasos de siempre, según la historia de recitales de Alejandro, la primer canción sonaba media hora después del horario pautado. Eso me daba cierta tranquilidad. El lugar en cuestión -efectivamente- era un bar. Con los vidrios espejados hacia fuera, sin mesas a la calle ni nada, muy oscuro. Antes de entrar, mire el nombre del lugar. No había cartel, pero la dirección era esa. Me acerqué a la puerta y pude ver un pequeño cartelito -estilo cartel de horarios laborales, de 9 a 14 y de 16 a 20, pero sin horarios- y algo escrito ahí.
“Adianchi” -decía- con letras negras, gastadas por el reflejo del sol, en una mala impresión de resma continua tirado por esas viejas impresoras de punto.
No se escuchaba música del otro lado. Al menos, no la canciones de la bandita de Alejandro. Buena señal. El recital no había comenzado.
Entré. El lugar esta lleno de olor a cigarrillo, música horrible, y algunas mesas pegadas a la pared. No se veía nada, solamente la barra del lugar tenía buena iluminación. Busqué a los chicos, pero no ví nada. Me llamo la atención no escuchar los gritos de Diego.
- ¿Te puedo ayudar en algo?- me dijo una chica muy bonita, de unos 25 años, con musculosa negra y pollera super corta.
- Si, vengo al recital de "Eslavandera".
- ¿Recital?
- ¿No tocan hoy acá?- pregunte.
- Acá tocamos todos los días- me puso una mano en el corazón y la fue deslizando hacia abajo muy suavemente.- Te tocamos lo que vos quieras, bebe.
Y me tocó, nomás.
Con ustedes... Lili Partuza.
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