domingo, 14 de febrero de 2010

El jamón crudo, la constante y San Valentín

El viernes pasado, mientras terminábamos de ver “Valentine’s day massacre” (el último episodio de Grey’s Anatomy), Victoria trajo una bandeja y la apoyo sobre la cama. Odio comer en la cama, pero hay cosas que son irresistibles. Jamón crudo y queso -con una fina rodaja de tomate- es una de esas cosas a las que no puedo resistirme, sobre todo cuando vienen en el medio de unas rodajas de pan árabe algo tostado.

- El domingo es San Valentin…- dijo Victoria.- ¿Tenes algo especial preparado para mí?
- Vicko… es el día de “los” enamorados, no de “la” novia, esposa o enamorada. ¿Vos que tenes preparado para mí?
- No te voy a decir- Victoria sonrió.
- Te digo sinceramente, yo prefiero festejar San Patricio… Bares por Reconquista, mucho verde, mucha cerveza- sentí que la combinación “queso, crudo y tomate” era perfecta para mi paladar. Fue el golpe de sabor perfecto. Entonces, mientras me debatía entre hacerme el resentido social de conductas impuestas por el hemisferio norte, saborear ese excelente sanguche o pensar un regalo para el domingo, me acordé de algo.

Tildé, cuando la mezcla de sabores ya era magnifica, recordando un episodio de Lost. Un amor limpio, puro, infinito y eterno. Una realidad experimentada por muy pocos. Sin embargo, en la 4ta temporada de Lost, hay un capítulo que se llama La constante (Lost 4x05, The constant) que te tira más o menos un churrascazo en la cara cuando llegan los últimos minutos. Eso es el amor. Lo que nos interesa puntualmente (a los efectos de mi recuerdo, claro) es Desmond Hume y su historia de amor con Penelope Widmore.

Acá, Desmond tiene uno de sus viajes en el tiempo astrales; es decir, su conciencia presente se traslada a su cuerpo en el pasado. Por motivos puntuales que no voy a profundizar ahora, digamos que Desmond, utilizando su cuerpo en el pasado, tiene que convencer a la Penelope de esa época que atienda el teléfono 8 años después en la víspera de navidad. Mientras esto ocurre, 8 años después (en el presente), Sayid intenta arreglar el sistema de comunicación para que Desmond haga esa llamada. Si Desmond (en el barco) no logra hablar con Penelope, en el próximo viaje al pasado que haga su conciencia es muy probable que no regrese, y quede atrapada para siempre en su cuerpo del pasado. Desmond necesita hablar con Penelope porque ella es “su constante”, su punto de inflexión en el pasado, en el presente y su futuro. Penelope es su amor.

Entonces, “la llamada” es (probablemente) el punto emocional más alto de este episodio. La escena puntal se desarrolla en los últimos 6 minutos en un ida y vuelta de secuencias pasadas y presentes que la convierten en uno de los momentos más intensos de la serie –y de la historia de las series- coronando así, 40 minutos de televisión brillantemente ejecutados.

Con perdón de Six Feet Under –que está lejos y solita en el salón de las series recordables y supremas-, estos últimos minutos de Lost pelean el podio de la magistralidad televisiva.

Si bien la historia de los “amantes separados por intervención externa” es bastante recurrente siempre en todos lados, el eterno amor entre Desmond y Penny fue manejado durante toda la trama con bastante cuidado y nunca se vió ni incómodo ni forzado… como una constante.

Y generalmente es así, uno no sabe lo que es el amor hasta que no lo vive, lo siente, lo sufre. La “constante” es así, es querer estar con la otra persona por el resto de tus días. Esa es la verdadera “constante”, lo que nos ata día a día a una persona, el amor que sentimos, sin condiciones ni culpas, aprendiendo a confiar en el otro. Por eso, Penny atiende el teléfono, porque esta dispuesta a todo por su amor, porque creyó en Desmond cuando este le pidio. Por eso, cuando se agota la batería del sistema, Desmond dice “estoy bien, estoy perfecto”.

Todo el mundo, todo el mundo, pero todo (todo) el mundo, dice (sabe) que puede recitar cualquier parte de cualquier película de Disney.

Ahora van a pasar los años y yo voy a poder recitar esta escena de memoria, porque todavía hoy la sigo viendo. Entonces… cuando venga alguien y pregunte “¿qué es el amor?”.

El amor es cuando, por fin, Desmond y Penny se escuchan por segundos después de ocho años de estar buscándose. El amor es, ese “te amo” dicho a las apuradas y pisándose.

El amor es eso… es “estar”, el abrazo contenedor, dormir abrazados, unos ojos verdes hermosos y -sobre todo- que se acuerde que me encantan los sanguches de jamón crudo, tomate y queso.


Los últimos minutos del Lost 4x05, The constant.

viernes, 5 de febrero de 2010

Comunicado # 4

Termino la Luna de miel y solamente puedo decir dos cosas: primero, me había olvidado lo que es estar de vacaciones; y segundo... quiero tener un hijo ya. Dos nenas, si es posible. Bueno, todo genial.

Llegue a mi departamento de soltero para levantar los mensajes del contestador.

Había algunos... unos cuantos, lo que deja en claro una sola cosa: de vuelta al caos.

En estos días de mimos y abrazos, pense en cosas... en este espacio, la verdad: me hago cargo, me resulta valioso e imprescindible. No quiero perder nada, quiero saber que están ahí, eso me llena el alma y nunca voy a dejar de agradecerlo.

Volví más maricón que nunca.

Pongase el cinturón de seguridad, vamos a barajar y dar de nuevo.

viernes, 29 de enero de 2010

Cruel summer

Por aquella época -la época de nuestro último verano barrial- Martín intentaba forjar esa alianza inalterable que todavía nos une, intentaba vincularnos. Y crear vínculos no es fácil, pero cuando uno es chico, uno encuentra causas comunes a montones. Martín fue el primero en darse cuenta que me gustaba Nuria Vainilla, la hermana mayor de Bruno. Aquel verano, teníamos todo tan controlado que casi controlábamos el viento. Martín –además de ser el más lindo del grupo- tenía ese particular don de darse cuenta de “cosas”.

- Te gusta Nuria, Pablo- me dijo un día mientras acabamos nuestro aburrimiento en los juegos muertos de la Estación Coghlan.
- Vos tendrías que haberla visto entrar a lugar de muertos del Pirovano- confieso que podría haber dicho simplemente “morgue”, pero me sonaba mejor “lugar de muertos”, sumaba a la imaginación de Martín.
- Es linda.
- Si, es linda- suspire, y cambie de tema.- ¿Juntas figuritas del Cuerpo Humano?- El álbum de figuritas del Cuerpo Humano era el tema de conversación, cuando nuestras charlas morían. Sobre todo la figurita más difícil, de eso se trataba.
- Dicen que al Colorado Mattiuzi le tocó la antorcha- murmuro Martín.
- No te creo- dije, mirando el piso, mientras llegaba el tren de Belgrano R.

La antorcha, la figurita más difícil de ese álbum. En las páginas centrales había cuatro siluetas humanas: un esqueleto, un diagrama de músculos, uno de órganos (aparato digestivo y respiratorio) y la del atleta olímpico sosteniendo una antorcha. La antorcha venía troquelada de forma tal que una vez pegada al álbum completo, se podía cortar el brazo del atleta, ir al kiosko más cercano y cambiar esa figurita por un casete con una clase de biología grabada. Divertisimo. Bueno, no nos juzguen, ya estamos cansados de intentar de llenar el de los Dukes de Hazard. Nunca nos tocaba el General Lee metalizado y autoadhesivo. El álbum del Cuerpo Humano, como dije, fue una opción para matar el aburrimiento.

- ¿Que hacen acá?
- ¡Nuria!- saludo Martín.
- Hola- Nuria nos saludo con beso sopapa a los dos.- Vengo de Churba, me fui a comprar una remera... Che, ¿alguien junta de estas figuritas? Me las dieron cuando compre cigarrillos- lo que más nos sorprendió no era que fumase sino el sobre con figuritas del Cuerpo Humano que sostenía frente a nosotros.
- Pablo...- me señalo Martín, y Nuria me dio el sobre.
- ¿Y, no lo vas a abrir?- sonrió, con sus labios color frutilla. Como si lo hubiera ordenado, rompí el papel cuidadosamente y fui pasando las figuritas una a una, hasta completar mi desazón. No estaba “la antorcha”.
- Me tengo que ir- dijo Martín.- Tengo que acompañar a mi vieja al super. Después vuelvo... ¿Van a estar acá?
- Si...- guarde las figuritas repetidas en un bolsillo de mi pantalón.
- Voy para casa... ¿me acompañas? De paso, buscas a Bruno- me propuso Nuria.

No hable ni una palabra durante las primeras tres cuadras. Me ponía nervioso caminar con una chica tan linda. A Nuria parecía no importarle, me hacia sentir muy cómodo. Le agradecí silenciosamente, el intento de generar conversación.

- ¿Así que te vinieron todas repetidas?- preguntó.
- Si.
- ¿Cuál es la más difícil?
- La “antorcha”. Es la única que me falta, pero ya no se si quiero seguir gastando plata en sobres, no sale más- intente parecer lo más maduro posible, por supuesto.

Llegamos a la puerta de su casa, cuando Bruno sacaba su bicicleta. Nurio me dio un beso y nos despedimos.

Dos días después, Bruno se apareció en Coghlan con un sobre de correo.

- De parte de mi hermana- me dijo.- Una amiga la invitó a Mar del Plata y se fue hoy a la mañana, me dejo esto para vos.
- ¡No te puedo creer!- grite cuando abrí el sobre.- ¡La antorcha!- ahí estaba, la figurita más difícil, metalizada y autoadhesiva.

Ese verano, el último verano antes de empezar la secundaria, todavía nos prometía un montón de historias. Algunas chiquitas, otras enormes, algunas sin sentido; pero sin dudarlo, aquel regalo fue lo mejor que paso. Me sentí importante, y sobre todo, sentí que alguien me escuchaba. Una chica, una mujer.

Nuria no regreso hasta que termino el verano.

Eso si que fue realmente una tristeza.

viernes, 22 de enero de 2010

Summer lady

La hermana de Bruno se llamaba Nuria -Nuria Vainilla- y tenía 15 años. Era hermosa; y además, víctima de las tristes vacaciones de nuestro último verano. Ella también padecía el aburrimiento de la siesta como nosotros.

- Listo- dijo Bruno sacando el Nesquik helado del congelador.- Bien frío. Ahora pensemos… ¿Dónde vamos?
- El otro día estaban velando a un viejito del asilo donde labura mi mamá.- la mamá de Diego trabajaba en un asilo de ancianos, cosa que a Diego siempre le había parecido un poco tétrica.- Fui a llevarle a mi mamá las llaves de casa, y no me dejaron pasar… “Sos muy chico”, me dijeron.
- Y claro...- me acordé.- A mi me paso lo mismo con mi abuelo, me mandaron a la quinta con mis primos, y cuando volví ya lo habian enterrado.
- Igual debe ser medio asqueroso ver un muerto… me da cosa, el “fertro”- murmuró Diego.
- ¿El qué? ¿No será el “feretro”?- lo corregí.
- El cajón donde ponen a las muertos- Diego terminó su vaso y estuvo unos segundos en silencio.- ¡Bien! Entonces ya sabemos lo que tenemos que hacer… ¿Nos metemos en la morgue del Pirovano?
- ¡Ni loco!- dijo Patricio.
- ¿Por qué, no?- Bruno sonrió.- Prefiero que nos saquen a las patadas del Pirovano a quedarme sentado toda la tarde en las vías muertas de Coghlan.
- Los acompaño- nos sorprendió una voz detrás nuestro. Parada en la puerta de la cocina estaba Nuria, con sus labios color frutilla, sus mejillas rompiendo en un suave rojo y sus ojos celeste cielo.

Hacía mucho calor, y las ganas de discutir eran pocas. Bruno y Nuria disscutieron durante unos minutos, clásica pelea de hermanos que termino ganando Nuria. “Yo voy con ustedes o le digo a mamá lo que van a hacer. Además, le digo que fue idea tuya”, imposible decir que “no” a semejante argumento.

Salimos de la casa de Bruno rumbo al Pirovano. La idea era un poco horrible. Pero lo mejor de todo es que -no lo voy a negar- si ibamos a ir todos, era una idea terriblemente seductora.

Recuerdos ahumados, el olor a hospital, los pasillos fríos, puertas grandes y –sobre todo- la sensación de ser completamente invisibles. Nadie nos preguntó qué hacíamos ahí dentro. Tal vez, porque nadie se esperaba que hicieramos algo así. Encontramos el lugar luego de recorrer todo el primer subsuelo. Ahí estamos, todos frente a la puerta, en silencio.

- Bueno, ¿Y, entramos?- dijo Nuria. Ahí estamos, todos frente a la puerta, en silencio.- Ufffssss...

Nuria entró sola. Y salió un minuto o dos después, nosotros seguíamos en a misma posición: parados frente a la puerta en silencio.

- ¡Que cagones! Bueno, yo me voy a Coghlan. Entren, y no me mientan después; porque yo sí entré... y me voy a dar cuenta si me estan mintiendo. ¡Chau!- Nuria se fue.

Ahi estabamos todos -mientras ella se iba- todos frente a la puerta, en silencio. Así estuvimos durante un largo rato, hasta que un enfermero llamo a dos tipos de seguridad y -efectivamente como predestinó Bruno- nos sacaron a patadas de ahí. Amenazaron con llamar a nuestros padres, pero nosotros sabíamos que si corríamos lo suficiente eso nunca pasaría.

Encontramos a Nuria comiendo un helado de vainilla, cerca de las vías muertas de Coghlan. Nadie dijo nada. Todos sabíamos que si hablabamos, ella descubriría que estabamos mintiendo.

Esa tarde, cuando Nuría Vainilla entro a ese cuarto del Hospital Pirovano, me enamoré de ella.

viernes, 15 de enero de 2010

Those lazy hazy crazy days of summer

"Estoy aburrido". Esa frase es lo primero que escuchó en mi cabeza cuando me acuerdo de Bruno. Ese es el primer recuerdo que viene demoliendo todo como un péndulo de cemento. Agitando el horizonte, el primer recuerdo fuerte de Bruno.

Contrariamente a lo que diga la mayoría de mis amigos, Bruno existió. Sé que muchos van a negar su existencia, sobre todo Diego, y también Alejandro. Yo también fui (soy, a veces) un Bruno-negador, no les voy a mentir. Cuando “pasó lo que pasó” con Bruno, nos dividimos en 2 (o 3) grupos, los que defendían su existencia (Patricio y Martín), los que la negaban y a los que realmente les importaba muy poco la veracidad de los hechos. En el último grupo estaban Gabriel (le daba lo mismo la existencia de Bruno o no) y Agustín (directamente lo borró de nuestra historia grupal).

Mucho antes que nuestro grupo de amigos este formado -el vínculo, vino después, con Martín- éramos un conglomerado de desastres unidos con un solo fin común: matar el aburrimiento después de las 5 de la tarde. No les voy a negar, siempre tuve cierta envidia por esa gente que supo lo que era “la hora de la siesta”.

Durante el año de clases, la “hora de la siesta” era un espacio indeterminado entre las clases de inglés, Drama Club y música. Con la llegada del verano, cada uno se iba de vacaciones por un mes, dos meses. Con suerte llegaba alguna carta de Punta del Este, Córdoba o Mar del Plata. Para la gente como nosotros -chicos de colegio doble escolaridad- la “hora de la siesta” era un mito.

Sin embargo, todos recordamos el “último verano”. Aquel verano en Capital, nadie se fue de vacaciones. Habíamos terminado 7mo grado y nos quedaban 2 o 3 meses antes de empezar la Secundaria. Ese fue el “último verano”. Fue ese verano cuando descubrimos la “hora de la siesta”.

- Estoy aburrido- dijo Bruno y le tiro a Patricio un venenito de esos que caían de los árboles. Estábamos sentados en los alrededores de la Estación Coghlan.

Fue el “último verano”, el descubrimiento de la “hora de la siesta”. La creación de las verdaderas leyendas... Esas que forjaron personalidades y amistades, que crearon los códigos. El comienzo de todo, creo. No teníamos muchas opciones, éramos chicos “doble-escolaridad”.

- Estoy aburrido- repitió Bruno. Estábamos sentados en las vías muertas de la Estación Coghlan.

No me acuerdo que fue lo que sucedió primero. Eso es lo más raro, me acuerdo de todo, pero no de lo primero. ¿Qué fue lo que hicimos primero?

Pato propuso entra a la casa abandonada de Donado y la vía de Drago. Alejandro quería entrar a la usina eléctrica de Coghlan. Diego quería meterse en la morgue del Pirovano y ver un muerto.

- Estoy aburrido- dijo Bruno, incorporándose mientras esquivaba las vías muertas para salir de ahí.

Lo seguimos, de eso si me acuerdo muy bien.

Hay veranos que nunca se olvidan. Ese fue mi primer verano inolvidable.

jueves, 7 de enero de 2010

Rompan todo

A finales de 1991, cuando Bruno se fue a vivir a París me regaló el casete de Tango 4. Un discazo que -además de tener una estupenda versión en castellano de God only knows- fue el encargado de que nuestra amistad viviera un poco más. Cada vez que escuchaba alguna de las canciones de Tango 4, los recuerdos de Bruno me asaltaban. Esto fue hasta que los compact-discs se hicieron famosos, y escondí los casetes en un muchas cajas dentro del armario intocable. El nuevo soporte tecnologico mató los últimos recuerdos de Bruno… hasta ayer en el aeropuerto de Córdoba.

Tengo muy buena memoria, y esa no es ninguna novedad. Me acuerdo todo, por motivación externa o provocada por la necesidad de recordar algo. El problema no es recordar, son buenos los recuerdos. El verdadero problema es cuando los recuerdos nos asaltan, cuando la máquina de la memoria toma el control y me deja sin control. Este es el problema, y es algo que nunca mencioné en este lugar: el proceso previo a la generación del recuerdo. Ese es el problema.

La gente cree que estoy loco, no es la primera vez que me pasa. Me resulta imposible describir con exactitud lo que me sucede en el instante en que mi cerebro deja de funcionar y deja lugar para que mi memoria juegue. Una vez, Victoria le preguntó a mi vieja si eso era “normal”; por supuesto que mi vieja jamás se dio cuenta lo que me pasaba. Según mi señora madre, yo no tengo ningún problema solamente que “es un poco distraído a veces”. Bueno, “ese” es el problema. Pilar, en cambio, si sabía de lo que hablaba Victoria. Aquella tarde (hace un par de años), mi esposa le paso el detalle perfecto de mi situación a mi hermana. Pilar sonreía. Fue algo más o menos así.
- Baje a comprar una gaseosa al super de al lado, mientras Pablo ponía la mesa. Cuando subí lo encontré parado en la cocina con la mirada pérdida en la ventana, con los cubiertos en sus manos. Me llamo la atención que la canilla estaba abierta, y él no se movía. Me acerque despacio y lo mire, Pablo seguía sin moverse. Fue casi un segundo, pero me asusté… Entonces, parpadeó miró al piso y dijo “Fratelli”- Victoria y Pilar se rieron un buen rato de aquel cuelgue. Además, intentar acordarse cuál era el apellido de los hermanos malos de Los Goonies no es un problema.

El verdadero problema es cuando estos cuelgues me agarran con desconocidos; como por ejemplo, ayer en el aeropuerto de Córdoba, también conocido como Pajas Blancas. Cuando el recuerdo me aslata y me mata.

- ¿Pablo?- escuché la voz de Victoria a lo lejos.
- Son 40 pesos, señor- la voz del mozo venía detrás de una cortina de agua, como si me estuviera ahogando en una pileta.
- ¿Pablo?- Victoria, de nuevo… y a la lejos, la televisión, el murmullo de la gente y la noticia de la muerte de Sandro y…
- “Rompan todo”- murmuré, la noticia de la muerte de Sandro y… el cachetazo de la memoria. Le sonreía a Victoria, entregué 45 pesos al mozo.- Esta bien así…
- Gracias, señor- el mozo se perdió entre la gente, esquivando milagrosamente dos cabezas, con su mirada perdida en la noticia del día.
- No hagas más eso- dijo Victoria, la mira sin saber que decir.- No te hagas el tonto, me da miedo…
- Perdón, perdón… Siempre me pasa lo mismo, disculpame.
- Tarado- sonrió.

El día que Bruno se fue a vivir a París me regalo el casete de Tango 4. El cuarto tema del lado A era un cover de Los Shakers, se llamaba “Rompan todo”... lo cantaba Sandro con algunos gritos rockeros de Pedro Aznar y Charly García. Por algún lado de la canción, Sandro cantaba “no me dejes morir”…

Hace casi 20 años Bruno se fue a Paris, dejando un regalo especial para cada uno de nosotros. Y nosotros, nada. Nosotros dejamos morir el recuerdo de Bruno, lo dejamos morir, lo dejamos ir.

Así es como golpea la memoria, a veces. Así es como murió Bruno, cuando nosotros dejamos de recordarlo.

jueves, 31 de diciembre de 2009

That every kiss was neverending

Los miedos terminan cuando empieza lo inevitable.

El 18 de diciembre pasado, culminamos con Victoria nuestra historia de novios y nos largamos a vivir nuestra historia de casados. Una historia de novios que comenzó hace 5 años; casualmente, en un momento donde no pensaba hacer nada mejor que concentrarme de lleno en mis metas profesionales y seguir haciendo de mi vida amorosa un desastre total.

Recuerdo que (cuando todavía estábamos en el forcejeo interno de dejarnos entrar uno en la vida del otro) nos dimos cuenta -ella primero- que esto iba para largo. Al principio me tragaba los "te quiero", los masticaba y los hacía desaparecer. Hasta que un día sentí que faltaba algo despedirme; por inercia lo pensaba y casi lo decía. Casi, hasta que un día simplemente lo deje escapar. “Te quiero, Vicky”. A partir de ese momento, ella empezó a robarse los "te quiero" de mi boca.

De la manera menos pensada, encontramos a alguien en donde pegotearnos un poco, sostenernos para que las caídas no duelan tanto, y que los chistes sean más graciosos.

Pasaron los meses, y ya era inevitable que (al menos) pensemos un poco en explicar que nos pasaba. Lo bueno de todo, fue no darle forma a nada y seguir así. Como generalmente sucede en estos casos, la explicación que yo buscaba estaba en su mirada y su sonrisa. Mirar sus ojos verdes y escucharla sonreír era (y es) la maravilla de cada día.

Ella no es una pequeña bailarina en una cajita de música, no es un roble fuerte donde cobijarse. Ella es mucho más que todo eso.

Ella es la señora de los bosques, la reina del abrigo, aquella mujer hermosa que me deja dormir abrazado a su cuerpo y sentirme muy chiquito.

No hay coraza posible, inventada por el hombre, que frene una mirada que te llegue hasta el estomago y que atraviese tu corazón, y eso lo sabemos.

Lo mejor de estas historias es vivirlas todos los días, como si fueran el primero y el último.

Esa es la única realidad, que todos nuestros miedos mueran en una búsqueda inevitable por ser feliz.

Este lugar, este blog, fue un poco eso durante este año, la búsqueda de ser feliz, de tener un cable a tierra entre tanto acelere laboral y casamenteril.

Sirvió, y como. Recordar cada momento en forma de torbellino me pareció genial, volverme tan lineal en los últimos meses, no tanto. Creo que falta mucho por contar, historias, miles de historias inconclusas, gente que ni siquiera se asomo, y sobre todo, mis días con Victoria. Resumir la relación en espacios tan acotados le quitó toda la magia que siempre tuvo, las alegrías y las tristezas, y más alegrías, siempre más alegrías.

La idea de contar todo, fue darle forma a mi historia, y eso esta cumplido en un porcentaje muy pequeño. Me gustaría contarles de la internación de Sandra MuchoTiempo a mediados de este año, de la reunión de ex alumnos y de Paula Miano, de la vida actual de Jorgelina Pecas, del momento exacto en qué desapareció Angelo de esta historia, de la muñeca antigua que Richard se robo la noche de los brownies de marihuana, la historia de Dalia, sobre el violento final de mi viejo... muchas cosas, muchas historias, poco tiempo.

Este es el violento final. El violento final feliz. Así termina esto, en su ley, en el relato de la historias que no fueron, la narración de las no-historias, y con mi casamiento, como siempre supe que terminaría.

Las historias de amor -de las verdaderas historias- son las que uno no planea vivir, las que aparecen a la vuelta de la esquina y nos llevan de la mano a un mundo de costumbres totalmente nuevas y desconocidas, a un mundo de recuerdos que termina dando forma a nuestro presente. Esa es la magia del verdadero amor, que nuestra historia pasada sea el nexo con nuestro presente y nuestro futuro, haber amado para poder amar.

Gracias a todos por leer, por acompañarme. Feliz año para todos, de todo corazón. Me llevo la notebook para cerrar el ciclo, para terminar de responder cada uno de los comments como siempre hice, que sepan que estoy acá, con tiempo de vacaciones y luna de miel, Entre desayunos increíbles y soles cordobeses.

Final feliz, sin dudas.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Una luna de miel en la mano

Durante la fiesta hubo miles de anécdotas que jamás podrían ser contadas en una sola entrada. Sin dudas, fue una gran fiesta.

La luna de miel es en enero. Victoria y yo teníamos un montón de obligaciones que acompañaban a la guinda del casamiento; laburos y demás. Enero es una buena fecha, vamos a ir a Córdoba (primero) y después, veremos. No tenemos nada planeado, iremos improvisando sobre la marcha. En ese sentido, somos los dos bastantes tranquilos. La fiesta (por el contrario) tuvo que ser “importante” porque había gente involucrada que esperaba que sea una super fiesta. No en el sentido de una fiesta de revistas, sino una fiesta con muchos invitados, gente con la que uno quiere compartir el momento.

Estuve escribiendo todo diciembre, tengo cubierta la editorial hasta marzo (5 notas y 2 cuentos, y a otra cosa). La productora de eventos esta muerta en enero y febrero, lo único que hay son entrevistas para fiestas con deadline a partir de marzo (Gabriel las toma). El teatro nos pidió re-estrenar la obra en enero (segunda temporada, dicen). La versión oficial manifiesta “creemos que es un éxito pequeño que podemos llegar a convertir en uno mediano, la propuesta es interesante, el teatro apuesta a la obra”. Todo muy lindo, la versión extra-oficial -en cambio- dice “miren, muchachos, en enero no tenemos una puta obra en cartelera porque se van todos a la costa; si ustedes quieren, renovamos”. En fin...

El 2010 viene muy agitado; pero como dice Victoria “tranquilo”.

Si, tranquilo.

Las valijas ya están en el living. Deje algo de ropa afuera para pilotear la indecisión de “¿qué carajo me pongo en año nuevo?”. No me importa, tengo excusa, tengo 3 hermanas, 2 sobrinas... puede ser todo lo superficial con la ropa que quiera. Después del brindis, vamos a pasar por la casa de Gabriel.

No se cuando vamos a volver. Puede ser el 15, puede ser el 20.

Ahora, el consejo gratis: nunca se casen en diciembre. Es un horror, es la peor pesadilla convertida realidad. De nada.

martes, 29 de diciembre de 2009

El año del cometa

Como sabrán, el último año de novios fue un descontrol. Hubo corridas, apurones, insomnio, recuerdos, amores y desamores. Fue un año hermoso, en más de un sentido.

Recuerden este año, porque es probable que la raza humana haya ganado concursos millonarios, las máquinas de boletos en los colectivos, hayan escupido pasajes capicúas uno tras de otro, y la mujer y el hombre de sus sueños se haya entregado a todos sus placeres... fue un año, no solamente para mí, sino para todos creo. Es que solamente hay que recordar un poco lo vivido. Hay oportunidades que aparecen una sola vez en la vida, y no hay que dejarlas escapar. De eso se trate, de ver el cometa y pedir un deseo. Yo vi una estrella fugaz, pero subí la apuesta. Era la hora de pedir mi deseo.

Fue ser feliz.

Y mirando lo hermosa que estaba Victoria, no podía dejar sonreír como un boludo. El cura dejo hablar, en un momento; era la hora de abrir la boca y decir lo mío:

- Si, acepto.

lunes, 28 de diciembre de 2009

El año que vivimos en peligro

Victoria caminaba despacio hacia el altar, con su papá del brazo. Bellísima, sonriente, con sus ojos verdes encandilándome en cada paso. Su sonrisa de ángel, feliz.

La mayoría de las historias de amor son tan simples de contar que uno puede calificar cada momento de rutinario. Dos personas se quieren, punto. No hay mucho más. Pero hay que vivirlas... nadie puede morirse sin haber vivido una verdadera historia de amor. La vivencia de querer es tan frágil que cualquier cosa la puede romper. Y nuestro cuarto año de noviazgo comenzó con un cimbronazo, un temblor seguido de pequeñas secuelas que fueron removiendo los cimientos... No fue fácil. No, no lo fue.

Jorgelina Pecas regreso a pasar la navidad con sus padres y para quedarse en Buenos Aires. El restó había quedado en manos de un primo lejano (ni idea). No lo voy a negar, había recibido llamados de Pecas en fechas claves (cumpleaños, navidad, día del arquero) durante los últimos 3 años. En algún llamado de tantos le dije que estaba de novio. Eso fue todo, ella siguió llamando. No hay muchos más que decir. Me hago cargo del silencio, de las llamadas clandestinas y de haber blanqueado la historia de pecas con Victoria en el último instante posible. Fue cuando nos cruzamos los tres en el hall de mi edificio. Victoria supo al instante que algo pasaba. Le dije la verdad. Que Jorgelina Pecas era “antes”, eso fue todo lo que necesito Victoria. Pero hay una realidad, Jorgelina Pecas no vino a recuperar nada. Esas cosas solamente pasan en las películas. Sin embargo, su regreso me hizo replantear un montón de cosas. Pecas era demasiado inteligente como para intentar nada, sabiendo que ya íbamos por nuestro cuarto año de novios con Victoria.

Los primeros seis meses del 2008 fueron casi caóticos. La adicción al trabajo tuvo su momento de gloria con un proyecto al que no pude negarme, un proyecto por el que había luchado durante mucho tiempo. Era “el sueño”, como lo llamábamos con Gabriel. Era un trabajo progresivo durante casi todo el año, con todo lo que eso implicaba para mí: no dejar ninguno de mis otros laburos satélites (editorial, eventos, correcciones, etc). Era no tener más vida, no ver a Victoria más que una vez por semana, llegar a mi casa sufriendo de soledad. Victoria fue compresiva, sabía lo que me estaba jugando. No dijo nada. Mi relación con Victoria sufrió cada decisión que yo tomaba. A pesar de esto, peleamos mucho. Peleas que eran -en realidad- pedidos de auxilio. No los escuchamos. La compresión, por supuesto, tiene sus límites. Llegamos a pasar 4 días sin hablar, eso era muchísimo. Había algo que estaba mal, que se estaba rompiendo.

El 19 de diciembre del 2008 me di cuenta que me había convertido en el “Jorgelina Pecas” de Victoria. Habíamos cumplido 4 años de novios y yo ni siquiera la había llamado. Poco a poco había hecho a un lado a Victoria por perseguir mis sueños, mis metas laborales y profesionales. Me había convertido en un año en lo que a Jorgelina le tomo varios años y muchas idas y regresos. Había dejado sola a Victoria; sin ella, cualquiera de mis logros era “medio logro”. Era una mierda.

El 20 compré un anillo y le propuse casamiento.