A ver, en principio, me gustaría dejar en claro algunos detalles históricos sobre el matrimonio. Antes que el mundo fuera como todos lo conocemos ahora, el matrimonio era la unión de dos almas que -decían- ni la muerte misma podía separar.
Citaré algunos ejemplos para ilustrar esta cuestión. Dicen que los vikingos quemaban a sus guerreros con sus esposas, que se mostraban muy dispuestas al suicidio asistido. A los guerreros solteros, se les proporcionaba una esclava, aunque no tan dispuesta (creo). Los hindúes, por otro lado, practican el ritual de Sati. En este rito, la mujer que enviuda recientemente debe inmolarse en la pira funeraria de su difunto marido.
Ahora bien, en la realidad, la mayoría de nosotros creció escuchando otra cosa. “Hasta que la muerte los separe”. Esta frase es pintoresca, no deja de tener cierto candor poético.
Llegué al departamento a las diez de la noche. Victoria no respondió ninguna de las dos llamadas que realicé. El celular estaba apagado. Abrí la puerta, y me tranquilizó escuchar algunos ruidos que venían de nuestra habitación.
Victoria estaba en el baño, sobre la cama matrimonial, había dos valijas y algo de ropa. Las puertas del placard estaban abiertas, trabadas con cajones mal cerrados.
“Hasta que la muerte los separe”. Hay detalle teórico que las estas dos concepciones de “muerte y matrimonio” no tuvieron en cuenta. ¿Qué pasa cuando lo que se muere primero es el amor? No había respuesta para esto.
O si, porque la estaba descubriendo en ese mismo instante. Mi corazón se detuvo, lo juro; sentí el freno de mano de mis latidos. Durante esos segundos, no puedo precisar cuántos, estuve muerto.
La puerta del baño se abrió. Ahí estaba Victoria.
martes, 21 de septiembre de 2010
viernes, 17 de septiembre de 2010
martes, 14 de septiembre de 2010
Desarma y sangra
Probablemente, tendría que haber hecho lo que la mayoría de los hombres harían en una situación como esa. En teoría, lo primero que hacen todos los hombres cuando su novia (o esposa) intenta dejarlos es -por supuesto- intentar convencerla verbalmente que se quede. En estas ocasiones, la mayoría de los hombres preparan un largo y emotivo discurso sobre la posibilidad de ser “el hombre adecuado para ella” y sobre por qué ella esta “cometiendo el mayor error de su vida si se va”.
- ¿Y que hiciste?- preguntó Mariana Pizza, mientras colocaba edulcorante en su café con leche.
- Nada.
- ¡Sos un pelotudo!
- Esas cosas no funcionan, Mariana. No voy a salir corriendo a buscarla al laburo y decirle que la quiero, que sarasa... Esto no es el fin del mundo.
- ¿Seguro?
- Seguro- suspiré.- Esto no es el fin del mundo.
Hay muy pocas cosas que hay que tener en cuenta cuando una relación esta tambaleándo hacia el desastre. Lo primero que hay que considerar es que “no es el fin del mundo”. En mi caso, esta premisa funciona como una especie de auto-engaño que da cierta confianza y logra mantenerme calmo. Y en esa calma, poder pensar.
- ¿Y qué vas a hacer?- el que hablaba era Gabriel, ahora.
- Eso, ¿qué vas a hacer?- presionaba Mariana.
- Lo que mejor se hacer...
- ¿“Hacerte el boludo”?- dijo Mariana, y buscó la complicidad de Gabriel.
- Y...
- Creo que esa no es una opción copada, Pablo- aconsejó Gabriel.- Construiste algo re lindo... no podes dejar que las cosas “te pasen”. Tenes que hacer algo.
- No se manejar estas situaciónes, Gabriel- busqué una escusa.
- Organizate, boludo, organizate, por una vez en tu vida. Elegí laburos, prioriza.
- Todo es importante; y eso vos lo sabes.
- Esto es mas importante- Gabriel buscó la hora en su celular.
- Acá esta lo mío. Un café con leche, tres medialunas- Mariana dejo la plata sobre la mesa.
Salimos de La Opera, encendí un cigarrillo. Mariana Pizza se perdió en Callao rumbo a Córdoba. Gabriel se fue por Corrientes hasta el Paseo La Plaza.
Yo encendí un cigarrillo, y camine hacia Rivadavia, por Callao.
Llame a Victoria al celular, y lo tenía apagado.
Eso no era una buena señal.
- ¿Y que hiciste?- preguntó Mariana Pizza, mientras colocaba edulcorante en su café con leche.
- Nada.
- ¡Sos un pelotudo!
- Esas cosas no funcionan, Mariana. No voy a salir corriendo a buscarla al laburo y decirle que la quiero, que sarasa... Esto no es el fin del mundo.
- ¿Seguro?
- Seguro- suspiré.- Esto no es el fin del mundo.
Hay muy pocas cosas que hay que tener en cuenta cuando una relación esta tambaleándo hacia el desastre. Lo primero que hay que considerar es que “no es el fin del mundo”. En mi caso, esta premisa funciona como una especie de auto-engaño que da cierta confianza y logra mantenerme calmo. Y en esa calma, poder pensar.
- ¿Y qué vas a hacer?- el que hablaba era Gabriel, ahora.
- Eso, ¿qué vas a hacer?- presionaba Mariana.
- Lo que mejor se hacer...
- ¿“Hacerte el boludo”?- dijo Mariana, y buscó la complicidad de Gabriel.
- Y...
- Creo que esa no es una opción copada, Pablo- aconsejó Gabriel.- Construiste algo re lindo... no podes dejar que las cosas “te pasen”. Tenes que hacer algo.
- No se manejar estas situaciónes, Gabriel- busqué una escusa.
- Organizate, boludo, organizate, por una vez en tu vida. Elegí laburos, prioriza.
- Todo es importante; y eso vos lo sabes.
- Esto es mas importante- Gabriel buscó la hora en su celular.
- Acá esta lo mío. Un café con leche, tres medialunas- Mariana dejo la plata sobre la mesa.
Salimos de La Opera, encendí un cigarrillo. Mariana Pizza se perdió en Callao rumbo a Córdoba. Gabriel se fue por Corrientes hasta el Paseo La Plaza.
Yo encendí un cigarrillo, y camine hacia Rivadavia, por Callao.
Llame a Victoria al celular, y lo tenía apagado.
Eso no era una buena señal.
viernes, 10 de septiembre de 2010
Blues de la amenaza nocturna
Siempre fui muy analítico con el “amor”, muy de criticar todo. Para mí, el enamoramiento es un estado de ánimo, un desencadenante de lo que llamamos "amor". Esta experiencia, el “amor”, puede ser compartida o no por la otra persona. Si esta persona, responde a nuestro deseo amoroso; en el ida y vuelta, aparece: la magia.
En esta etapa, no parece haber barreras ni límites para los enamorados; es como si nada tuviera más sentido que ellos mismos. Acá encontramos por primera vez, la noción de: espacio relativo. "El mundo deja de ser el mundo y se sucede a -el mundo sin vos-".
Esto quiere decir, y es lo que generalmente sucede, que el enamorado puede sentir sensaciones de frío, calor, tener taquicardia, ponerse a temblar, ponerse colorado ante la presencia de la persona amada o con solo oír su nombre. Se vive con mucha intensidad, pero también con muchísima inseguridad. Uno puede llegar a sentir, desde la alegría más absoluta a la tristeza más profunda, cuando ese “mundo sin vos” está en juego.
El martes pasado llegué a mi casa a las dos de la mañana, cansadísimo, con un asqueando olor a cigarrillo, y el hombro torcido por el peso de la notebook. Victoria no dijo nada, pero su cara aventuraba la posibilidad de una lista enorme de reproches.
- Ya se, ya se…- fue lo único que pude llegar a decir.
- Esto no va más, Pablo. Estoy cansada de no ser ni siquiera una segunda opción. - suspiró Victoria.- Tenes un problema serio con el laburo… tenes que aprender a decir “no” porque ya no aguanto más. Vas a tener que elegir, o el laburo o nosotros.
Ese fue “mi” momento, cuando el “mundo sin vos” se estaba rompiendo. Cuando mi mundo sin Victoria se transformaba en nada. No dije ni una palabra, me acerque y apoye mi cabeza en su hombro, hundiendo un suspiro largo. Sentí un beso suyo en la frente, mientras sus manos me quitaban los lentes. Me quede dormido.
Cuando me desperté, ella ya se había ido.
En esta etapa, no parece haber barreras ni límites para los enamorados; es como si nada tuviera más sentido que ellos mismos. Acá encontramos por primera vez, la noción de: espacio relativo. "El mundo deja de ser el mundo y se sucede a -el mundo sin vos-".
Esto quiere decir, y es lo que generalmente sucede, que el enamorado puede sentir sensaciones de frío, calor, tener taquicardia, ponerse a temblar, ponerse colorado ante la presencia de la persona amada o con solo oír su nombre. Se vive con mucha intensidad, pero también con muchísima inseguridad. Uno puede llegar a sentir, desde la alegría más absoluta a la tristeza más profunda, cuando ese “mundo sin vos” está en juego.
El martes pasado llegué a mi casa a las dos de la mañana, cansadísimo, con un asqueando olor a cigarrillo, y el hombro torcido por el peso de la notebook. Victoria no dijo nada, pero su cara aventuraba la posibilidad de una lista enorme de reproches.
- Ya se, ya se…- fue lo único que pude llegar a decir.
- Esto no va más, Pablo. Estoy cansada de no ser ni siquiera una segunda opción. - suspiró Victoria.- Tenes un problema serio con el laburo… tenes que aprender a decir “no” porque ya no aguanto más. Vas a tener que elegir, o el laburo o nosotros.
Ese fue “mi” momento, cuando el “mundo sin vos” se estaba rompiendo. Cuando mi mundo sin Victoria se transformaba en nada. No dije ni una palabra, me acerque y apoye mi cabeza en su hombro, hundiendo un suspiro largo. Sentí un beso suyo en la frente, mientras sus manos me quitaban los lentes. Me quede dormido.
Cuando me desperté, ella ya se había ido.
martes, 7 de septiembre de 2010
viernes, 3 de septiembre de 2010
viernes, 30 de julio de 2010
Es una nube, no hay dudas
No lo voy a negar, nadie tenía ganas de ingresar a la usina abandonada de Coghlan por segunda vez. Así que optamos por lo que nos parecía mas sensato... ir a la casa de Alejandro y tocarle el timbre.
- Por ahí, salió, no encontró a nadie y se fue a la casa- pensó Pato, con cierta esperanza.
Eso hicimos.
Ya en el umbral de su casa, Alejandro nos relató un cualquierismo total.
- Me perdí, estuve como dos horas dando vueltas. La lluvia no me dejó escuchar nada, ni ruidos, así que me quería ir a la mierda. En eso, al doblar una pila de vigas de cemento se me apareció un tipo. Me dijo que era el Rey de los Ferroviarios, y que ese era su reino. Después me señaló una puerta que estaba enmarcada entre las rejas que bordean la usina. No la había visto, salí corriendo. ¿Y ustedes, cómo salieron?
- Nos encontramos, Ale. Simplemente nos encontramos- le dijo Martín.
- ¿Que? ¿No me van a creer? Les digo que un tipo que era el...
- ¡El rey de los boleteros!- lo cortó Bruno, riendo.
- De los ferroviarios, Bruno- se ofuscó Alejandro.
- ¡El rey de los maquinistas!- gritó Pato, y todos no reímos.
- Son unos boludos, les digo que un tipo me ayudo a salir... Estaba vestido todo de gris, como con un sobretodo, y tenía una franela saliendo del bolsillo... una franela naranja.
- Por ahí era la bandera que usan para que la gente no cruce las vías...- dedujo Martín.
- Puede ser...- respondió Alejandro.
Dedicamos los últimos minutos de aquella tarde a dos cosas puntuales: intentar quitar crédito a la historia de Alejandro y deducir si lo que el tipo (en caso de existir) tenía en el bolsillo era una bandera de señalización o una franela. Perdimos la esperanza de encontrar alguna respuesta cuando la mamá de Alejandro lo llamó para cenar.
- Bueno, podemos seguir haciendo estas cosas, son divertidas- dijo Martín, recordando lo que fue, nuestra primera escondida hormiguero.
- Claro, además todavía nos quedan tres meses para empezar la secundaria- respondió Bruno abriendo un paquete de galletitas Manon.
- Cierto- dijo Alejandro.- Entonces... ¿me creen?
- Por supuesto...- Bruno respondió, con una pausa dramática.- ... que “no”.
- ¡Pelotudos!- dijo Alejandro dando un portazo y dejando nuestras risas en la vereda.
Lo que no sabíamos era que Alejandro había tenido el privilegio de ser el primero de nosotros en conocer a Franelita, el loco del barrio; y al parecer, por aquella época, rey auto-coronado de la usina abandonada de Coghlan.
- Por ahí, salió, no encontró a nadie y se fue a la casa- pensó Pato, con cierta esperanza.
Eso hicimos.
Ya en el umbral de su casa, Alejandro nos relató un cualquierismo total.
- Me perdí, estuve como dos horas dando vueltas. La lluvia no me dejó escuchar nada, ni ruidos, así que me quería ir a la mierda. En eso, al doblar una pila de vigas de cemento se me apareció un tipo. Me dijo que era el Rey de los Ferroviarios, y que ese era su reino. Después me señaló una puerta que estaba enmarcada entre las rejas que bordean la usina. No la había visto, salí corriendo. ¿Y ustedes, cómo salieron?
- Nos encontramos, Ale. Simplemente nos encontramos- le dijo Martín.
- ¿Que? ¿No me van a creer? Les digo que un tipo que era el...
- ¡El rey de los boleteros!- lo cortó Bruno, riendo.
- De los ferroviarios, Bruno- se ofuscó Alejandro.
- ¡El rey de los maquinistas!- gritó Pato, y todos no reímos.
- Son unos boludos, les digo que un tipo me ayudo a salir... Estaba vestido todo de gris, como con un sobretodo, y tenía una franela saliendo del bolsillo... una franela naranja.
- Por ahí era la bandera que usan para que la gente no cruce las vías...- dedujo Martín.
- Puede ser...- respondió Alejandro.
Dedicamos los últimos minutos de aquella tarde a dos cosas puntuales: intentar quitar crédito a la historia de Alejandro y deducir si lo que el tipo (en caso de existir) tenía en el bolsillo era una bandera de señalización o una franela. Perdimos la esperanza de encontrar alguna respuesta cuando la mamá de Alejandro lo llamó para cenar.
- Bueno, podemos seguir haciendo estas cosas, son divertidas- dijo Martín, recordando lo que fue, nuestra primera escondida hormiguero.
- Claro, además todavía nos quedan tres meses para empezar la secundaria- respondió Bruno abriendo un paquete de galletitas Manon.
- Cierto- dijo Alejandro.- Entonces... ¿me creen?
- Por supuesto...- Bruno respondió, con una pausa dramática.- ... que “no”.
- ¡Pelotudos!- dijo Alejandro dando un portazo y dejando nuestras risas en la vereda.
Lo que no sabíamos era que Alejandro había tenido el privilegio de ser el primero de nosotros en conocer a Franelita, el loco del barrio; y al parecer, por aquella época, rey auto-coronado de la usina abandonada de Coghlan.
martes, 27 de julio de 2010
A nadie le interesa si quedás atrás
Las consecuencias de aquella escondida hormiguero fueron nefastas. Pero como siempre pasa en estos casos, nosotros la hicimos recordable. En mi caso, la notable incertidumbre... -perdón, el notable cagazo- me privó de recordar ese primer juego como único (no así, las siguientes escondidas hormigueros). Dicho esto, recuerdo que me quedé escondido y leyendo aquel comic de Spiderman hasta que la lluvia no dejo mas que un rastro de barro y silencio. La mezcla de olores, el hierro oxidado, la humedad, la tierra mojada propiciaba una pronta retirada, y si era posible, volando. Salí de mi escondite y me di cuenta de la inmensidad del lugar y de la locura que habíamos cometido. A ver, nos habíamos metido en una usina eléctrica abandonada, probablemente la rata mas chica tendría el tamaño de una nutria australiana (son grandes), como poco. Y como mucho, en aquel lugar podría haber cualquier cosa escondida. Sin contar con el óxido, posible infecciones, etc. La sensación de que todos se habían encontrado y que yo había ganado el juego, se convertía en la más horrible de las realidades. Me di cuenta que para un chico de séptimo grado, la usina de Coghlan era un laberinto horrible en donde te podías perder y aparecer al día siguiente, con suerte, vivo. Y cuando tenes esa edad, lo primero que se pierde es la calma.
Abrí la boca y grité.
- Maricon- escuché la voz de Martín, estaba detrás de una reja sosteniéndola y mientras me señalaba el lugar por donde salir.
- ¿Gané?- pregunte, agitado.
- No entendí muy bien quien gana el juego, los chicos ya salieron todos.
- Entonces, gane- sonreí.
Salimos por la cortada de Rivera, es una cortado que da a uno de los lugares mas pintorescos de Coghlan: a una pequeña plaza, con un mástil y unos bancos. Ahí estaban los chicos... Bruno, Diego, Pato...
- ¿Alejandro?- pregunté.
Enseguida supe que no iba a querer oír la respuesta.
Abrí la boca y grité.
- Maricon- escuché la voz de Martín, estaba detrás de una reja sosteniéndola y mientras me señalaba el lugar por donde salir.
- ¿Gané?- pregunte, agitado.
- No entendí muy bien quien gana el juego, los chicos ya salieron todos.
- Entonces, gane- sonreí.
Salimos por la cortada de Rivera, es una cortado que da a uno de los lugares mas pintorescos de Coghlan: a una pequeña plaza, con un mástil y unos bancos. Ahí estaban los chicos... Bruno, Diego, Pato...
- ¿Alejandro?- pregunté.
Enseguida supe que no iba a querer oír la respuesta.
viernes, 23 de julio de 2010
martes, 20 de julio de 2010
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