Hace algunos meses, unos tipos ingleses hicieron una encuesta sobre el trabajo y las personas. Los resultados fueron devastadores: el 55% de las personas admitieron ser infelices en su trabajo. Lo peor no fue eso; lo peor fue que un 90% admitió tenerle miedo a los lunes.
Todavía no me explico como uno puede irse de vacaciones, olvidarse del mundo; volver y encontrarse con la cruel realidad laboral como si nada. Debería existir algún Centro de Ayuda… no sé, algo. Las personas como yo no estamos preparadas para afrontar la realidad del regreso al trabajo sin sufrir un terrible stress. Yo laburo desde los 15 años. Y eso sólo puede significar una cosa: soy un adicto al trabajo. Trabajar hizo posible que me diera todos los gustos: viaje a Bariloche de egresados, salidas todos los fines de semana, cine, ropa, un departamento.
Cuando “las personas como yo” nos vamos de vacaciones sufrimos de abstinencia. No nos permitimos el disfrute. Por suerte, Victoria se encargo de recordarme que nos íbamos a quedar un mes sin volver a casa y que podía dormir hasta la hora que yo quiera. Me costó mucho desprenderme de mi rutina, pero lo hice… Enero será recordado como el mes del caos, las sábanas arremolinadas, los desayunos frutales, el all inclusive, los protectores solares y la arena blanca entre los dedos del pie.
Disfrutamos pero, en silencio, pensamos en todo lo que nos espera al regresar. Sonreímos, nos entregamos el goce de unas vacaciones bien merecidas, pero planeamos secretamente nuestro regreso. No lo voy a negar, debo reconocer que estaba ansioso por volver a mi rutina laboral. Ese fue mi segundo error.
El primero fue no haber leído la nota de los ingleses en su totalidad. Al final, informaban -en letra muy pequeña- que uno de los golpes de stress más grande que sufren las personas en relación a su trabajo es ocasionado por un solo y único factor: volver de unas largas vacaciones. Por eso el 90% de la gente encuestada le tenía miedo a los lunes.
Por mi parte, hasta hace un mes y quince días, pensaba que mi miedo más grande era salir a la calle, tomarme el 114, sentarme en el primer asiento de uno, y que el colectivero me diga: “señor, se olvido de ponerse los pantalones, el boxer rojo con círculos blancos no le queda tan mal, pero le voy a tener que pedir que se baje en la próxima parada… y por favor, utilice la puerta de atrás”. Para sumar desgracias, mi suegra viajaba en ese bondi. Bueno, ese era mi miedo más grande.
Eso fue hasta el 4 de febrero de 2010… el día que regrese de vacaciones, entre a mi departamento de soltero, vi la luz del contestador telefónico titilando furiosamente y apreté “escuchar”. Mientras el zumbido del rebobinado mosquiteaba, suspire. Empezaba el febrero más agitado de mi existencia; pero primero, lo primero.
El primer mensaje era de Elizabeth Veterana.
viernes, 12 de marzo de 2010
martes, 9 de marzo de 2010
Alma bajo la lluvia
El día de la graduación de Nuria Vainilla llovía mucho. Un vendaval de viento y agua azotaba el SUM del country donde mi colegio solía hacer la fiesta de fin de año y entrega de diplomas. Fue el mismo country donde -dos años más tarde- Paula Miano nos dejaría a todos en vela y con un sweater deshilachado en mano. Pero para eso faltaba un tiempo, y además ustedes ya conocen esta historia.
Lo que nos importa es la lluvia. La lluvia y Nuria. La fortuna y el último día que la vi. Realmente unos pocos afortunados de 3er año logramos tener acceso a la fiesta. Algunos consiguieron su la entrada por el simple hecho de ser hermanos o hermanas de alguna de las comisiones de 4to año que organizaban la fiesta. Otros, como Bruno, por ser hermano de una egresada. Y algunos pocos; perdón: yo, por la gracia divina de ser una de las pocas familias con cuatro hermanos en el colegio. El famoso chantaje legalizado. Pilar hizo uso y abuso de ese poder; lo mío era solamente en ocasiones especiales. Ocasiones como las fiestas de egresados en ese country, me encantaban.
El final del ciclo de Nuria fue la única fiesta de egresados en la que llovió. Aún así, mi primer recuerdo fue verla bailar bajo la lluvia, iluminada por las luces y la luna que se escondía entre nubarrones enormes. Estaba sola, y en un giro me vio, su sonrisa fue intensa, sincera y hermosa. Me acerqué, me di cuenta que estaba borracha.
- Te puedo hacer una pregunta, Nuria?- ella dejo de bailar y me miro.- Hace 3 años me dejaste un sobre con una figurita adentro.
- La Antorcha del atleta del Cuerpo Humano- Nuria busco su vaso de cerveza (protegido en un reparito de ventana) y se lo bajo entero.- Que álbum de mierda.
- Si, la verdad que si...- suspire.- ¿Cómo conseguiste la figurita esa?
- La robe- me dijo.- Entre al kiosko justo en el momento en que un chico canjeaba su “Antorcha” por el casete. Le pedí una gaseosa, se fue atrás a buscarla y se olvido la figurita ahí...
- ¿La robaste?
- ¿Qué tiene de malo? Si total el pibe que la cambio ya tenía su casete. El kioskero seguro que la perdía- se rió muy fuerte.
- Nada- no me esperaba esa respuesta.- Nunca te dije... pero: gracias, Nuria.
- De nada, Pablo... Anda a bailar adentro, te vas a mojar acá. Nos vemos cuando vuelva.
- ¿A dónde te vas?
- Me voy a tomar el año que viene para recorrer Latinoamérica. Siempre fue un sueño para mi.
- ¿No vas a entrar al CBC?
- No este año... me siento un toque mariposa.
Nuria me contó sobre las mariposas. Una teoría extraña y significativa; sin embargo, esa noche no le preste atención. Sobre la energía de la vida, la naturaleza que nutre los cuerpos otorgándoles un significado único, un motor. Esa era la energía que Nuria rescataba día a día, la que la impulsó a robar una figurita difícil; y la que ahora la llevaba a llenar una mochila con algo de ropa y viajar.
- Tenes que leer a Nietzche... algún día- me dijo.- Una mariposa ejecuta sus propios deseos, sin atarse a nada.
- ¿Y esta bueno eso?- pregunté.
- Esta buenísimo eso, claro. Es una forma de convertirnos en espíritus libres, de imponer nuestros sentimientos al mundo...
La deje bailando sola, con un vaso de cerveza en una mano y su cara desafiando nubes. Esa fue la última vez que la vi; dos meses después, Nuria Vainilla moría -víctima de un asalto- en la terminal de micros de Rio de Janeiro. Como mueren las mariposas, atrapadas en la red del puto destino.
Lo que nos importa es la lluvia. La lluvia y Nuria. La fortuna y el último día que la vi. Realmente unos pocos afortunados de 3er año logramos tener acceso a la fiesta. Algunos consiguieron su la entrada por el simple hecho de ser hermanos o hermanas de alguna de las comisiones de 4to año que organizaban la fiesta. Otros, como Bruno, por ser hermano de una egresada. Y algunos pocos; perdón: yo, por la gracia divina de ser una de las pocas familias con cuatro hermanos en el colegio. El famoso chantaje legalizado. Pilar hizo uso y abuso de ese poder; lo mío era solamente en ocasiones especiales. Ocasiones como las fiestas de egresados en ese country, me encantaban.
El final del ciclo de Nuria fue la única fiesta de egresados en la que llovió. Aún así, mi primer recuerdo fue verla bailar bajo la lluvia, iluminada por las luces y la luna que se escondía entre nubarrones enormes. Estaba sola, y en un giro me vio, su sonrisa fue intensa, sincera y hermosa. Me acerqué, me di cuenta que estaba borracha.
- Te puedo hacer una pregunta, Nuria?- ella dejo de bailar y me miro.- Hace 3 años me dejaste un sobre con una figurita adentro.
- La Antorcha del atleta del Cuerpo Humano- Nuria busco su vaso de cerveza (protegido en un reparito de ventana) y se lo bajo entero.- Que álbum de mierda.
- Si, la verdad que si...- suspire.- ¿Cómo conseguiste la figurita esa?
- La robe- me dijo.- Entre al kiosko justo en el momento en que un chico canjeaba su “Antorcha” por el casete. Le pedí una gaseosa, se fue atrás a buscarla y se olvido la figurita ahí...
- ¿La robaste?
- ¿Qué tiene de malo? Si total el pibe que la cambio ya tenía su casete. El kioskero seguro que la perdía- se rió muy fuerte.
- Nada- no me esperaba esa respuesta.- Nunca te dije... pero: gracias, Nuria.
- De nada, Pablo... Anda a bailar adentro, te vas a mojar acá. Nos vemos cuando vuelva.
- ¿A dónde te vas?
- Me voy a tomar el año que viene para recorrer Latinoamérica. Siempre fue un sueño para mi.
- ¿No vas a entrar al CBC?
- No este año... me siento un toque mariposa.
Nuria me contó sobre las mariposas. Una teoría extraña y significativa; sin embargo, esa noche no le preste atención. Sobre la energía de la vida, la naturaleza que nutre los cuerpos otorgándoles un significado único, un motor. Esa era la energía que Nuria rescataba día a día, la que la impulsó a robar una figurita difícil; y la que ahora la llevaba a llenar una mochila con algo de ropa y viajar.
- Tenes que leer a Nietzche... algún día- me dijo.- Una mariposa ejecuta sus propios deseos, sin atarse a nada.
- ¿Y esta bueno eso?- pregunté.
- Esta buenísimo eso, claro. Es una forma de convertirnos en espíritus libres, de imponer nuestros sentimientos al mundo...
La deje bailando sola, con un vaso de cerveza en una mano y su cara desafiando nubes. Esa fue la última vez que la vi; dos meses después, Nuria Vainilla moría -víctima de un asalto- en la terminal de micros de Rio de Janeiro. Como mueren las mariposas, atrapadas en la red del puto destino.
viernes, 5 de marzo de 2010
La chica del CUIL
Hubo una noche que todos recordaran como “la peor borrachera en la historia de una persona”. Sucedió hace algunos años, en el Locos por el Fútbol de Recoleta.
Luego de intentar levantarme a Mariana, de escapar del aliento de un dragón del rugby (gracias a la oportuna llegada de Diego), sucedieron muchas cosas... Esa misma noche se comprometieron Martín con Cecilia Miel y yo estuve presente... de hecho, creo que hice un papelón importante (fue algo que dije sobre el compromiso, dicen); entonces, lo mejor fue perderme entre la gente del boliche.
Para mi, estar borracho en un boliche es como ser extranjero en Singapur. Primero, sentís que todo el mundo te mira y después, vos miras a todo el mundo con la mirada perdida. Siempre con esa extraña sensación de querer estar en otro lugar (en el baño de tu casa, en tu cama, quien sabe). Pero no ahí, intentando balbucear “perdón” a cada persona que te chocas. Claro que siempre es cuestión de ver lo bueno en lo malo. Esa es mi filosofía, que resumida a un solo enunciado queda así: podría ser peor. Por suerte, la parte buena del asunto es que siempre existe una raza con la cual vincularse... Dios bendiga a las mujeres borrachas de cualquier boliche.
Ahí estaba ella. Todavía no me puedo acordar como se llamaba.
- A ver... ¿Nombre de que tengo?- dijo la muy incauta.
- ¿Tengo cara de poner apodos a las chicas con las que salgo?- le dije acercándome un poco más a su boca.
- No, no tenes cara de poner apodos.
- ¿Y yo cara de qué tengo?- pregunté.
- No se, pero tenes linda boca...
- Eso lo tendría que haber dicho yo- y la bese.
Bueno, esto resume el apareamiento de un hombre y una mujer borrachos en un boliche. Diálogos sexualmente perturbadores, mucho roce de cuerpos y manos en lugares prohibidos a la vista de todo el mundo.
- Hay un telo acá la vuelta- le hable al oído, muy despacio.
- Vamos- dijo ella.
Y fuimos.
Generalmente soy más apasionado para el garche, pero aquella vez había algo que estaba mal... mucho alcohol. Ella y yo funcionamos bastante bien, pero tanta bebida no dejo tiempo para el disfrute, fue todo muy metódico, muy salvaje, muy... Ahora que lo pienso: no estuvo tan mal.
Eran las 7 de la mañana cuando regresamos a la puerta de Locos por el Fútbol, cada uno buscando a nuestros respectivos grupos. En silencio, ella reviso su cartera, saco una lapicera y una papel.
- ¿Hablamos?- me dio el papel, era un CUIL.- No tengo otra cosa para anotarte mi celu.
- ¿No lo vas a necesitar?- pregunte.
- Voy a un locutorio y pido otro- me dio un beso con gusto a chicle de menta y desapareció.
Me uní a los sobrevivientes de aquella noche -Diego y Mariana- en un importante desayuno en la estación de servicio de Balbín y Monroe. Diego me llevo a casa, donde me encontraría con el punto culminante de mi borrachera en un vomito en el ascensor y el regreso de Jorgelina Pecas.
El año pasado, mientras ultimaba los detalles de mi mudanza, encontré el comprobante de CUIL -arrugado y gastado- en el cajón de mi mesa de luz, muerto en un rincón. Mire el teléfono, intenté buscar mentalmente el “barrio” guiándome por los 4 primeros números. Imposible. Todavía se llegaba a leer el nombre del otro lado del comprobante. No lo leí, hice una pelota con el papel y lo tire en una bolsa de basura.
Ciertamente, preferí que siga siendo la chica del CUIL.
Luego de intentar levantarme a Mariana, de escapar del aliento de un dragón del rugby (gracias a la oportuna llegada de Diego), sucedieron muchas cosas... Esa misma noche se comprometieron Martín con Cecilia Miel y yo estuve presente... de hecho, creo que hice un papelón importante (fue algo que dije sobre el compromiso, dicen); entonces, lo mejor fue perderme entre la gente del boliche.
Para mi, estar borracho en un boliche es como ser extranjero en Singapur. Primero, sentís que todo el mundo te mira y después, vos miras a todo el mundo con la mirada perdida. Siempre con esa extraña sensación de querer estar en otro lugar (en el baño de tu casa, en tu cama, quien sabe). Pero no ahí, intentando balbucear “perdón” a cada persona que te chocas. Claro que siempre es cuestión de ver lo bueno en lo malo. Esa es mi filosofía, que resumida a un solo enunciado queda así: podría ser peor. Por suerte, la parte buena del asunto es que siempre existe una raza con la cual vincularse... Dios bendiga a las mujeres borrachas de cualquier boliche.
Ahí estaba ella. Todavía no me puedo acordar como se llamaba.
- A ver... ¿Nombre de que tengo?- dijo la muy incauta.
- ¿Tengo cara de poner apodos a las chicas con las que salgo?- le dije acercándome un poco más a su boca.
- No, no tenes cara de poner apodos.
- ¿Y yo cara de qué tengo?- pregunté.
- No se, pero tenes linda boca...
- Eso lo tendría que haber dicho yo- y la bese.
Bueno, esto resume el apareamiento de un hombre y una mujer borrachos en un boliche. Diálogos sexualmente perturbadores, mucho roce de cuerpos y manos en lugares prohibidos a la vista de todo el mundo.
- Hay un telo acá la vuelta- le hable al oído, muy despacio.
- Vamos- dijo ella.
Y fuimos.
Generalmente soy más apasionado para el garche, pero aquella vez había algo que estaba mal... mucho alcohol. Ella y yo funcionamos bastante bien, pero tanta bebida no dejo tiempo para el disfrute, fue todo muy metódico, muy salvaje, muy... Ahora que lo pienso: no estuvo tan mal.
Eran las 7 de la mañana cuando regresamos a la puerta de Locos por el Fútbol, cada uno buscando a nuestros respectivos grupos. En silencio, ella reviso su cartera, saco una lapicera y una papel.
- ¿Hablamos?- me dio el papel, era un CUIL.- No tengo otra cosa para anotarte mi celu.
- ¿No lo vas a necesitar?- pregunte.
- Voy a un locutorio y pido otro- me dio un beso con gusto a chicle de menta y desapareció.
Me uní a los sobrevivientes de aquella noche -Diego y Mariana- en un importante desayuno en la estación de servicio de Balbín y Monroe. Diego me llevo a casa, donde me encontraría con el punto culminante de mi borrachera en un vomito en el ascensor y el regreso de Jorgelina Pecas.
El año pasado, mientras ultimaba los detalles de mi mudanza, encontré el comprobante de CUIL -arrugado y gastado- en el cajón de mi mesa de luz, muerto en un rincón. Mire el teléfono, intenté buscar mentalmente el “barrio” guiándome por los 4 primeros números. Imposible. Todavía se llegaba a leer el nombre del otro lado del comprobante. No lo leí, hice una pelota con el papel y lo tire en una bolsa de basura.
Ciertamente, preferí que siga siendo la chica del CUIL.
martes, 2 de marzo de 2010
Parte de la religión
“La loca de enfrente” y “la vieja de la ventana” eran la misma persona. La diferencia estaba en las distintas generaciones que le habían regalado ese apodo. Por ejemplo, la generación de Patricia y Paz fue la encargada de bautizarla como “la loca de enfrente”. A mi vieja eso nunca le gustó. Años más tarde, Maqui y Mica -y su grupo de adolescentes caóticos y descontrolados- la empezaron a llamar “la vieja de la ventana”. Para entonces, mi vieja dejo de darle importancia, y simplemente intentaba cambiar de conversación. En cierta forma, yo la entendía. A mí tampoco me gusto ver como “la mamá de Bruno” iba transformándose en un fantasma.
Durante el último año, la vi muy pocas veces, generalmente cuando me bajaba del tren en Drago y caminaba por Acha. Ahí estaba ella, barriendo hojas secas de su vereda, saludándome con un ligero movimiento de cabeza. Siempre tuve la sensación de que no me recordaba.
Mariana Pizza nos contó que un día la escuchó murmuran “hija de puta, hija de puta, hija de puta” en un susurro casi inaudible de mirada perdida, apretando muy fuerte el palo de la escoba. Mariana nunca más volvió a caminar por aquella vereda, ni pasar por enfrente de lo que hace algunos años fue la casa estilo chalet de Bruno. Aquel “hija de puta, hija de puta, hija de puta” le erizó la piel.
No creo que el papá de Bruno haya sido el destinatario de aquella maldición. El hombre dejo la casa estilo chalet cuando se cumplió el segundo aniversario de la muerte de su hija, Nuria.
Es de esperar que las maldiciones no se dirijan al encuentro de Nuria (dónde quiera que se encuentre su alma). Ella no tenía la culpa de su destino. Nadie decide recorrer América Latina pensando que va a morir en la rodoviária de Rio intentado resistir un robo. Ese fue el revés del destino, esa jugada siniestra que uno jamás espera…
"Hija de puta, hija de puta, hija de puta"; obviamente, se refiere a la vida. Aunque podría también referirse a la sorpresa inesperada, a la policía golpeando la puerta para avisar del triste final de su hija de 19 años, a la espera, a la lluvia de verano que no pudo hacer invisibles las lágrimas de una familia que empezaba a desmoronarse.
Nuria Vainilla tenía 19 años cuando murió; sin embargo, 3 meses antes -el día de su graduación- me contó la historia de la “antorcha”, la figurita más difícil de un álbum aburrido. También me habló de su viaje y de las almas libres. Recuerdo esa noche como si fuera hoy. Fue el suceso extraordinario de aquella madrugada.
Con respecto a esta historia, hubo varios sucesos más.
Una vez, luego de regresar de unas vacaciones en Brasil, la mamá de Alejandro mencionó que le pareció ver al papá de Bruno mendigando algunas monedas en una playa de Recife. La noticia no dejo de producirme cierta angustia.
La mamá de Bruno empezó a aislarse cada vez más. La hermosa casa estilo chalet, se convirtió en un caserón horrible, lleno de plantas que intentaban devorarlo. Desde una ventana, en el primer piso, “la vieja de la ventana” abraza fotos y recuerdos antes de dormir.
Cuando Bruno terminó la secundaria, lo primero que hizo fue mudarse a Paris. Ahora, puedo definir un par de cosas. Creo que la mamá de Bruno pudo ver su futuro, y entonces intentó el último manotazo para pelearle al destino. Sacó todo el dinero de la caja de ahorros y se los envió a su hermana, dispuesta a recibir a su sobrino en su casa de Montparnasse.
Bruno se fue dejándome el casete de Tango 4, como recuerdo inalterable de un verano con muchas historias. Bruno se fue, al principio, hubo un intercambio de cartas. Yo no se, no recuerdo bien, si llegamos a la “era mails”. En algún punto de nuestras historias (la mía, la de mis amigos) Bruno desapareció -como su padre- y nadie lo juzgo por eso.
Todos pensamos lo mismo.
La vida -a veces- es una hija de puta.
Durante el último año, la vi muy pocas veces, generalmente cuando me bajaba del tren en Drago y caminaba por Acha. Ahí estaba ella, barriendo hojas secas de su vereda, saludándome con un ligero movimiento de cabeza. Siempre tuve la sensación de que no me recordaba.
Mariana Pizza nos contó que un día la escuchó murmuran “hija de puta, hija de puta, hija de puta” en un susurro casi inaudible de mirada perdida, apretando muy fuerte el palo de la escoba. Mariana nunca más volvió a caminar por aquella vereda, ni pasar por enfrente de lo que hace algunos años fue la casa estilo chalet de Bruno. Aquel “hija de puta, hija de puta, hija de puta” le erizó la piel.
No creo que el papá de Bruno haya sido el destinatario de aquella maldición. El hombre dejo la casa estilo chalet cuando se cumplió el segundo aniversario de la muerte de su hija, Nuria.
Es de esperar que las maldiciones no se dirijan al encuentro de Nuria (dónde quiera que se encuentre su alma). Ella no tenía la culpa de su destino. Nadie decide recorrer América Latina pensando que va a morir en la rodoviária de Rio intentado resistir un robo. Ese fue el revés del destino, esa jugada siniestra que uno jamás espera…
"Hija de puta, hija de puta, hija de puta"; obviamente, se refiere a la vida. Aunque podría también referirse a la sorpresa inesperada, a la policía golpeando la puerta para avisar del triste final de su hija de 19 años, a la espera, a la lluvia de verano que no pudo hacer invisibles las lágrimas de una familia que empezaba a desmoronarse.
Nuria Vainilla tenía 19 años cuando murió; sin embargo, 3 meses antes -el día de su graduación- me contó la historia de la “antorcha”, la figurita más difícil de un álbum aburrido. También me habló de su viaje y de las almas libres. Recuerdo esa noche como si fuera hoy. Fue el suceso extraordinario de aquella madrugada.
Con respecto a esta historia, hubo varios sucesos más.
Una vez, luego de regresar de unas vacaciones en Brasil, la mamá de Alejandro mencionó que le pareció ver al papá de Bruno mendigando algunas monedas en una playa de Recife. La noticia no dejo de producirme cierta angustia.
La mamá de Bruno empezó a aislarse cada vez más. La hermosa casa estilo chalet, se convirtió en un caserón horrible, lleno de plantas que intentaban devorarlo. Desde una ventana, en el primer piso, “la vieja de la ventana” abraza fotos y recuerdos antes de dormir.
Cuando Bruno terminó la secundaria, lo primero que hizo fue mudarse a Paris. Ahora, puedo definir un par de cosas. Creo que la mamá de Bruno pudo ver su futuro, y entonces intentó el último manotazo para pelearle al destino. Sacó todo el dinero de la caja de ahorros y se los envió a su hermana, dispuesta a recibir a su sobrino en su casa de Montparnasse.
Bruno se fue dejándome el casete de Tango 4, como recuerdo inalterable de un verano con muchas historias. Bruno se fue, al principio, hubo un intercambio de cartas. Yo no se, no recuerdo bien, si llegamos a la “era mails”. En algún punto de nuestras historias (la mía, la de mis amigos) Bruno desapareció -como su padre- y nadie lo juzgo por eso.
Todos pensamos lo mismo.
La vida -a veces- es una hija de puta.
domingo, 14 de febrero de 2010
El jamón crudo, la constante y San Valentín
El viernes pasado, mientras terminábamos de ver “Valentine’s day massacre” (el último episodio de Grey’s Anatomy), Victoria trajo una bandeja y la apoyo sobre la cama. Odio comer en la cama, pero hay cosas que son irresistibles. Jamón crudo y queso -con una fina rodaja de tomate- es una de esas cosas a las que no puedo resistirme, sobre todo cuando vienen en el medio de unas rodajas de pan árabe algo tostado.
- El domingo es San Valentin…- dijo Victoria.- ¿Tenes algo especial preparado para mí?
- Vicko… es el día de “los” enamorados, no de “la” novia, esposa o enamorada. ¿Vos que tenes preparado para mí?
- No te voy a decir- Victoria sonrió.
- Te digo sinceramente, yo prefiero festejar San Patricio… Bares por Reconquista, mucho verde, mucha cerveza- sentí que la combinación “queso, crudo y tomate” era perfecta para mi paladar. Fue el golpe de sabor perfecto. Entonces, mientras me debatía entre hacerme el resentido social de conductas impuestas por el hemisferio norte, saborear ese excelente sanguche o pensar un regalo para el domingo, me acordé de algo.
Tildé, cuando la mezcla de sabores ya era magnifica, recordando un episodio de Lost. Un amor limpio, puro, infinito y eterno. Una realidad experimentada por muy pocos. Sin embargo, en la 4ta temporada de Lost, hay un capítulo que se llama La constante (Lost 4x05, The constant) que te tira más o menos un churrascazo en la cara cuando llegan los últimos minutos. Eso es el amor. Lo que nos interesa puntualmente (a los efectos de mi recuerdo, claro) es Desmond Hume y su historia de amor con Penelope Widmore.
Acá, Desmond tiene uno de sus viajes en el tiempo astrales; es decir, su conciencia presente se traslada a su cuerpo en el pasado. Por motivos puntuales que no voy a profundizar ahora, digamos que Desmond, utilizando su cuerpo en el pasado, tiene que convencer a la Penelope de esa época que atienda el teléfono 8 años después en la víspera de navidad. Mientras esto ocurre, 8 años después (en el presente), Sayid intenta arreglar el sistema de comunicación para que Desmond haga esa llamada. Si Desmond (en el barco) no logra hablar con Penelope, en el próximo viaje al pasado que haga su conciencia es muy probable que no regrese, y quede atrapada para siempre en su cuerpo del pasado. Desmond necesita hablar con Penelope porque ella es “su constante”, su punto de inflexión en el pasado, en el presente y su futuro. Penelope es su amor.
Entonces, “la llamada” es (probablemente) el punto emocional más alto de este episodio. La escena puntal se desarrolla en los últimos 6 minutos en un ida y vuelta de secuencias pasadas y presentes que la convierten en uno de los momentos más intensos de la serie –y de la historia de las series- coronando así, 40 minutos de televisión brillantemente ejecutados.
Con perdón de Six Feet Under –que está lejos y solita en el salón de las series recordables y supremas-, estos últimos minutos de Lost pelean el podio de la magistralidad televisiva.
Si bien la historia de los “amantes separados por intervención externa” es bastante recurrente siempre en todos lados, el eterno amor entre Desmond y Penny fue manejado durante toda la trama con bastante cuidado y nunca se vió ni incómodo ni forzado… como una constante.
Y generalmente es así, uno no sabe lo que es el amor hasta que no lo vive, lo siente, lo sufre. La “constante” es así, es querer estar con la otra persona por el resto de tus días. Esa es la verdadera “constante”, lo que nos ata día a día a una persona, el amor que sentimos, sin condiciones ni culpas, aprendiendo a confiar en el otro. Por eso, Penny atiende el teléfono, porque esta dispuesta a todo por su amor, porque creyó en Desmond cuando este le pidio. Por eso, cuando se agota la batería del sistema, Desmond dice “estoy bien, estoy perfecto”.
Todo el mundo, todo el mundo, pero todo (todo) el mundo, dice (sabe) que puede recitar cualquier parte de cualquier película de Disney.
Ahora van a pasar los años y yo voy a poder recitar esta escena de memoria, porque todavía hoy la sigo viendo. Entonces… cuando venga alguien y pregunte “¿qué es el amor?”.
El amor es cuando, por fin, Desmond y Penny se escuchan por segundos después de ocho años de estar buscándose. El amor es, ese “te amo” dicho a las apuradas y pisándose.
El amor es eso… es “estar”, el abrazo contenedor, dormir abrazados, unos ojos verdes hermosos y -sobre todo- que se acuerde que me encantan los sanguches de jamón crudo, tomate y queso.
Los últimos minutos del Lost 4x05, The constant.
- El domingo es San Valentin…- dijo Victoria.- ¿Tenes algo especial preparado para mí?
- Vicko… es el día de “los” enamorados, no de “la” novia, esposa o enamorada. ¿Vos que tenes preparado para mí?
- No te voy a decir- Victoria sonrió.
- Te digo sinceramente, yo prefiero festejar San Patricio… Bares por Reconquista, mucho verde, mucha cerveza- sentí que la combinación “queso, crudo y tomate” era perfecta para mi paladar. Fue el golpe de sabor perfecto. Entonces, mientras me debatía entre hacerme el resentido social de conductas impuestas por el hemisferio norte, saborear ese excelente sanguche o pensar un regalo para el domingo, me acordé de algo.
Tildé, cuando la mezcla de sabores ya era magnifica, recordando un episodio de Lost. Un amor limpio, puro, infinito y eterno. Una realidad experimentada por muy pocos. Sin embargo, en la 4ta temporada de Lost, hay un capítulo que se llama La constante (Lost 4x05, The constant) que te tira más o menos un churrascazo en la cara cuando llegan los últimos minutos. Eso es el amor. Lo que nos interesa puntualmente (a los efectos de mi recuerdo, claro) es Desmond Hume y su historia de amor con Penelope Widmore.
Acá, Desmond tiene uno de sus viajes en el tiempo astrales; es decir, su conciencia presente se traslada a su cuerpo en el pasado. Por motivos puntuales que no voy a profundizar ahora, digamos que Desmond, utilizando su cuerpo en el pasado, tiene que convencer a la Penelope de esa época que atienda el teléfono 8 años después en la víspera de navidad. Mientras esto ocurre, 8 años después (en el presente), Sayid intenta arreglar el sistema de comunicación para que Desmond haga esa llamada. Si Desmond (en el barco) no logra hablar con Penelope, en el próximo viaje al pasado que haga su conciencia es muy probable que no regrese, y quede atrapada para siempre en su cuerpo del pasado. Desmond necesita hablar con Penelope porque ella es “su constante”, su punto de inflexión en el pasado, en el presente y su futuro. Penelope es su amor.
Entonces, “la llamada” es (probablemente) el punto emocional más alto de este episodio. La escena puntal se desarrolla en los últimos 6 minutos en un ida y vuelta de secuencias pasadas y presentes que la convierten en uno de los momentos más intensos de la serie –y de la historia de las series- coronando así, 40 minutos de televisión brillantemente ejecutados.
Con perdón de Six Feet Under –que está lejos y solita en el salón de las series recordables y supremas-, estos últimos minutos de Lost pelean el podio de la magistralidad televisiva.
Si bien la historia de los “amantes separados por intervención externa” es bastante recurrente siempre en todos lados, el eterno amor entre Desmond y Penny fue manejado durante toda la trama con bastante cuidado y nunca se vió ni incómodo ni forzado… como una constante.
Y generalmente es así, uno no sabe lo que es el amor hasta que no lo vive, lo siente, lo sufre. La “constante” es así, es querer estar con la otra persona por el resto de tus días. Esa es la verdadera “constante”, lo que nos ata día a día a una persona, el amor que sentimos, sin condiciones ni culpas, aprendiendo a confiar en el otro. Por eso, Penny atiende el teléfono, porque esta dispuesta a todo por su amor, porque creyó en Desmond cuando este le pidio. Por eso, cuando se agota la batería del sistema, Desmond dice “estoy bien, estoy perfecto”.
Todo el mundo, todo el mundo, pero todo (todo) el mundo, dice (sabe) que puede recitar cualquier parte de cualquier película de Disney.
Ahora van a pasar los años y yo voy a poder recitar esta escena de memoria, porque todavía hoy la sigo viendo. Entonces… cuando venga alguien y pregunte “¿qué es el amor?”.
El amor es cuando, por fin, Desmond y Penny se escuchan por segundos después de ocho años de estar buscándose. El amor es, ese “te amo” dicho a las apuradas y pisándose.
El amor es eso… es “estar”, el abrazo contenedor, dormir abrazados, unos ojos verdes hermosos y -sobre todo- que se acuerde que me encantan los sanguches de jamón crudo, tomate y queso.
Los últimos minutos del Lost 4x05, The constant.
viernes, 5 de febrero de 2010
Comunicado # 4
Termino la Luna de miel y solamente puedo decir dos cosas: primero, me había olvidado lo que es estar de vacaciones; y segundo... quiero tener un hijo ya. Dos nenas, si es posible. Bueno, todo genial.
Llegue a mi departamento de soltero para levantar los mensajes del contestador.
Había algunos... unos cuantos, lo que deja en claro una sola cosa: de vuelta al caos.
En estos días de mimos y abrazos, pense en cosas... en este espacio, la verdad: me hago cargo, me resulta valioso e imprescindible. No quiero perder nada, quiero saber que están ahí, eso me llena el alma y nunca voy a dejar de agradecerlo.
Volví más maricón que nunca.
Pongase el cinturón de seguridad, vamos a barajar y dar de nuevo.
Llegue a mi departamento de soltero para levantar los mensajes del contestador.
Había algunos... unos cuantos, lo que deja en claro una sola cosa: de vuelta al caos.
En estos días de mimos y abrazos, pense en cosas... en este espacio, la verdad: me hago cargo, me resulta valioso e imprescindible. No quiero perder nada, quiero saber que están ahí, eso me llena el alma y nunca voy a dejar de agradecerlo.
Volví más maricón que nunca.
Pongase el cinturón de seguridad, vamos a barajar y dar de nuevo.
viernes, 29 de enero de 2010
Cruel summer
Por aquella época -la época de nuestro último verano barrial- Martín intentaba forjar esa alianza inalterable que todavía nos une, intentaba vincularnos. Y crear vínculos no es fácil, pero cuando uno es chico, uno encuentra causas comunes a montones. Martín fue el primero en darse cuenta que me gustaba Nuria Vainilla, la hermana mayor de Bruno. Aquel verano, teníamos todo tan controlado que casi controlábamos el viento. Martín –además de ser el más lindo del grupo- tenía ese particular don de darse cuenta de “cosas”.
- Te gusta Nuria, Pablo- me dijo un día mientras acabamos nuestro aburrimiento en los juegos muertos de la Estación Coghlan.
- Vos tendrías que haberla visto entrar a lugar de muertos del Pirovano- confieso que podría haber dicho simplemente “morgue”, pero me sonaba mejor “lugar de muertos”, sumaba a la imaginación de Martín.
- Es linda.
- Si, es linda- suspire, y cambie de tema.- ¿Juntas figuritas del Cuerpo Humano?- El álbum de figuritas del Cuerpo Humano era el tema de conversación, cuando nuestras charlas morían. Sobre todo la figurita más difícil, de eso se trataba.
- Dicen que al Colorado Mattiuzi le tocó la antorcha- murmuro Martín.
- No te creo- dije, mirando el piso, mientras llegaba el tren de Belgrano R.
La antorcha, la figurita más difícil de ese álbum. En las páginas centrales había cuatro siluetas humanas: un esqueleto, un diagrama de músculos, uno de órganos (aparato digestivo y respiratorio) y la del atleta olímpico sosteniendo una antorcha. La antorcha venía troquelada de forma tal que una vez pegada al álbum completo, se podía cortar el brazo del atleta, ir al kiosko más cercano y cambiar esa figurita por un casete con una clase de biología grabada. Divertisimo. Bueno, no nos juzguen, ya estamos cansados de intentar de llenar el de los Dukes de Hazard. Nunca nos tocaba el General Lee metalizado y autoadhesivo. El álbum del Cuerpo Humano, como dije, fue una opción para matar el aburrimiento.
- ¿Que hacen acá?
- ¡Nuria!- saludo Martín.
- Hola- Nuria nos saludo con beso sopapa a los dos.- Vengo de Churba, me fui a comprar una remera... Che, ¿alguien junta de estas figuritas? Me las dieron cuando compre cigarrillos- lo que más nos sorprendió no era que fumase sino el sobre con figuritas del Cuerpo Humano que sostenía frente a nosotros.
- Pablo...- me señalo Martín, y Nuria me dio el sobre.
- ¿Y, no lo vas a abrir?- sonrió, con sus labios color frutilla. Como si lo hubiera ordenado, rompí el papel cuidadosamente y fui pasando las figuritas una a una, hasta completar mi desazón. No estaba “la antorcha”.
- Me tengo que ir- dijo Martín.- Tengo que acompañar a mi vieja al super. Después vuelvo... ¿Van a estar acá?
- Si...- guarde las figuritas repetidas en un bolsillo de mi pantalón.
- Voy para casa... ¿me acompañas? De paso, buscas a Bruno- me propuso Nuria.
No hable ni una palabra durante las primeras tres cuadras. Me ponía nervioso caminar con una chica tan linda. A Nuria parecía no importarle, me hacia sentir muy cómodo. Le agradecí silenciosamente, el intento de generar conversación.
- ¿Así que te vinieron todas repetidas?- preguntó.
- Si.
- ¿Cuál es la más difícil?
- La “antorcha”. Es la única que me falta, pero ya no se si quiero seguir gastando plata en sobres, no sale más- intente parecer lo más maduro posible, por supuesto.
Llegamos a la puerta de su casa, cuando Bruno sacaba su bicicleta. Nurio me dio un beso y nos despedimos.
Dos días después, Bruno se apareció en Coghlan con un sobre de correo.
- De parte de mi hermana- me dijo.- Una amiga la invitó a Mar del Plata y se fue hoy a la mañana, me dejo esto para vos.
- ¡No te puedo creer!- grite cuando abrí el sobre.- ¡La antorcha!- ahí estaba, la figurita más difícil, metalizada y autoadhesiva.
Ese verano, el último verano antes de empezar la secundaria, todavía nos prometía un montón de historias. Algunas chiquitas, otras enormes, algunas sin sentido; pero sin dudarlo, aquel regalo fue lo mejor que paso. Me sentí importante, y sobre todo, sentí que alguien me escuchaba. Una chica, una mujer.
Nuria no regreso hasta que termino el verano.
Eso si que fue realmente una tristeza.
- Te gusta Nuria, Pablo- me dijo un día mientras acabamos nuestro aburrimiento en los juegos muertos de la Estación Coghlan.
- Vos tendrías que haberla visto entrar a lugar de muertos del Pirovano- confieso que podría haber dicho simplemente “morgue”, pero me sonaba mejor “lugar de muertos”, sumaba a la imaginación de Martín.
- Es linda.
- Si, es linda- suspire, y cambie de tema.- ¿Juntas figuritas del Cuerpo Humano?- El álbum de figuritas del Cuerpo Humano era el tema de conversación, cuando nuestras charlas morían. Sobre todo la figurita más difícil, de eso se trataba.
- Dicen que al Colorado Mattiuzi le tocó la antorcha- murmuro Martín.
- No te creo- dije, mirando el piso, mientras llegaba el tren de Belgrano R.
La antorcha, la figurita más difícil de ese álbum. En las páginas centrales había cuatro siluetas humanas: un esqueleto, un diagrama de músculos, uno de órganos (aparato digestivo y respiratorio) y la del atleta olímpico sosteniendo una antorcha. La antorcha venía troquelada de forma tal que una vez pegada al álbum completo, se podía cortar el brazo del atleta, ir al kiosko más cercano y cambiar esa figurita por un casete con una clase de biología grabada. Divertisimo. Bueno, no nos juzguen, ya estamos cansados de intentar de llenar el de los Dukes de Hazard. Nunca nos tocaba el General Lee metalizado y autoadhesivo. El álbum del Cuerpo Humano, como dije, fue una opción para matar el aburrimiento.
- ¿Que hacen acá?
- ¡Nuria!- saludo Martín.
- Hola- Nuria nos saludo con beso sopapa a los dos.- Vengo de Churba, me fui a comprar una remera... Che, ¿alguien junta de estas figuritas? Me las dieron cuando compre cigarrillos- lo que más nos sorprendió no era que fumase sino el sobre con figuritas del Cuerpo Humano que sostenía frente a nosotros.
- Pablo...- me señalo Martín, y Nuria me dio el sobre.
- ¿Y, no lo vas a abrir?- sonrió, con sus labios color frutilla. Como si lo hubiera ordenado, rompí el papel cuidadosamente y fui pasando las figuritas una a una, hasta completar mi desazón. No estaba “la antorcha”.
- Me tengo que ir- dijo Martín.- Tengo que acompañar a mi vieja al super. Después vuelvo... ¿Van a estar acá?
- Si...- guarde las figuritas repetidas en un bolsillo de mi pantalón.
- Voy para casa... ¿me acompañas? De paso, buscas a Bruno- me propuso Nuria.
No hable ni una palabra durante las primeras tres cuadras. Me ponía nervioso caminar con una chica tan linda. A Nuria parecía no importarle, me hacia sentir muy cómodo. Le agradecí silenciosamente, el intento de generar conversación.
- ¿Así que te vinieron todas repetidas?- preguntó.
- Si.
- ¿Cuál es la más difícil?
- La “antorcha”. Es la única que me falta, pero ya no se si quiero seguir gastando plata en sobres, no sale más- intente parecer lo más maduro posible, por supuesto.
Llegamos a la puerta de su casa, cuando Bruno sacaba su bicicleta. Nurio me dio un beso y nos despedimos.
Dos días después, Bruno se apareció en Coghlan con un sobre de correo.
- De parte de mi hermana- me dijo.- Una amiga la invitó a Mar del Plata y se fue hoy a la mañana, me dejo esto para vos.
- ¡No te puedo creer!- grite cuando abrí el sobre.- ¡La antorcha!- ahí estaba, la figurita más difícil, metalizada y autoadhesiva.
Ese verano, el último verano antes de empezar la secundaria, todavía nos prometía un montón de historias. Algunas chiquitas, otras enormes, algunas sin sentido; pero sin dudarlo, aquel regalo fue lo mejor que paso. Me sentí importante, y sobre todo, sentí que alguien me escuchaba. Una chica, una mujer.
Nuria no regreso hasta que termino el verano.
Eso si que fue realmente una tristeza.
viernes, 22 de enero de 2010
Summer lady
La hermana de Bruno se llamaba Nuria -Nuria Vainilla- y tenía 15 años. Era hermosa; y además, víctima de las tristes vacaciones de nuestro último verano. Ella también padecía el aburrimiento de la siesta como nosotros.
- Listo- dijo Bruno sacando el Nesquik helado del congelador.- Bien frío. Ahora pensemos… ¿Dónde vamos?
- El otro día estaban velando a un viejito del asilo donde labura mi mamá.- la mamá de Diego trabajaba en un asilo de ancianos, cosa que a Diego siempre le había parecido un poco tétrica.- Fui a llevarle a mi mamá las llaves de casa, y no me dejaron pasar… “Sos muy chico”, me dijeron.
- Y claro...- me acordé.- A mi me paso lo mismo con mi abuelo, me mandaron a la quinta con mis primos, y cuando volví ya lo habian enterrado.
- Igual debe ser medio asqueroso ver un muerto… me da cosa, el “fertro”- murmuró Diego.
- ¿El qué? ¿No será el “feretro”?- lo corregí.
- El cajón donde ponen a las muertos- Diego terminó su vaso y estuvo unos segundos en silencio.- ¡Bien! Entonces ya sabemos lo que tenemos que hacer… ¿Nos metemos en la morgue del Pirovano?
- ¡Ni loco!- dijo Patricio.
- ¿Por qué, no?- Bruno sonrió.- Prefiero que nos saquen a las patadas del Pirovano a quedarme sentado toda la tarde en las vías muertas de Coghlan.
- Los acompaño- nos sorprendió una voz detrás nuestro. Parada en la puerta de la cocina estaba Nuria, con sus labios color frutilla, sus mejillas rompiendo en un suave rojo y sus ojos celeste cielo.
Hacía mucho calor, y las ganas de discutir eran pocas. Bruno y Nuria disscutieron durante unos minutos, clásica pelea de hermanos que termino ganando Nuria. “Yo voy con ustedes o le digo a mamá lo que van a hacer. Además, le digo que fue idea tuya”, imposible decir que “no” a semejante argumento.
Salimos de la casa de Bruno rumbo al Pirovano. La idea era un poco horrible. Pero lo mejor de todo es que -no lo voy a negar- si ibamos a ir todos, era una idea terriblemente seductora.
Recuerdos ahumados, el olor a hospital, los pasillos fríos, puertas grandes y –sobre todo- la sensación de ser completamente invisibles. Nadie nos preguntó qué hacíamos ahí dentro. Tal vez, porque nadie se esperaba que hicieramos algo así. Encontramos el lugar luego de recorrer todo el primer subsuelo. Ahí estamos, todos frente a la puerta, en silencio.
- Bueno, ¿Y, entramos?- dijo Nuria. Ahí estamos, todos frente a la puerta, en silencio.- Ufffssss...
Nuria entró sola. Y salió un minuto o dos después, nosotros seguíamos en a misma posición: parados frente a la puerta en silencio.
- ¡Que cagones! Bueno, yo me voy a Coghlan. Entren, y no me mientan después; porque yo sí entré... y me voy a dar cuenta si me estan mintiendo. ¡Chau!- Nuria se fue.
Ahi estabamos todos -mientras ella se iba- todos frente a la puerta, en silencio. Así estuvimos durante un largo rato, hasta que un enfermero llamo a dos tipos de seguridad y -efectivamente como predestinó Bruno- nos sacaron a patadas de ahí. Amenazaron con llamar a nuestros padres, pero nosotros sabíamos que si corríamos lo suficiente eso nunca pasaría.
Encontramos a Nuria comiendo un helado de vainilla, cerca de las vías muertas de Coghlan. Nadie dijo nada. Todos sabíamos que si hablabamos, ella descubriría que estabamos mintiendo.
Esa tarde, cuando Nuría Vainilla entro a ese cuarto del Hospital Pirovano, me enamoré de ella.
- Listo- dijo Bruno sacando el Nesquik helado del congelador.- Bien frío. Ahora pensemos… ¿Dónde vamos?
- El otro día estaban velando a un viejito del asilo donde labura mi mamá.- la mamá de Diego trabajaba en un asilo de ancianos, cosa que a Diego siempre le había parecido un poco tétrica.- Fui a llevarle a mi mamá las llaves de casa, y no me dejaron pasar… “Sos muy chico”, me dijeron.
- Y claro...- me acordé.- A mi me paso lo mismo con mi abuelo, me mandaron a la quinta con mis primos, y cuando volví ya lo habian enterrado.
- Igual debe ser medio asqueroso ver un muerto… me da cosa, el “fertro”- murmuró Diego.
- ¿El qué? ¿No será el “feretro”?- lo corregí.
- El cajón donde ponen a las muertos- Diego terminó su vaso y estuvo unos segundos en silencio.- ¡Bien! Entonces ya sabemos lo que tenemos que hacer… ¿Nos metemos en la morgue del Pirovano?
- ¡Ni loco!- dijo Patricio.
- ¿Por qué, no?- Bruno sonrió.- Prefiero que nos saquen a las patadas del Pirovano a quedarme sentado toda la tarde en las vías muertas de Coghlan.
- Los acompaño- nos sorprendió una voz detrás nuestro. Parada en la puerta de la cocina estaba Nuria, con sus labios color frutilla, sus mejillas rompiendo en un suave rojo y sus ojos celeste cielo.
Hacía mucho calor, y las ganas de discutir eran pocas. Bruno y Nuria disscutieron durante unos minutos, clásica pelea de hermanos que termino ganando Nuria. “Yo voy con ustedes o le digo a mamá lo que van a hacer. Además, le digo que fue idea tuya”, imposible decir que “no” a semejante argumento.
Salimos de la casa de Bruno rumbo al Pirovano. La idea era un poco horrible. Pero lo mejor de todo es que -no lo voy a negar- si ibamos a ir todos, era una idea terriblemente seductora.
Recuerdos ahumados, el olor a hospital, los pasillos fríos, puertas grandes y –sobre todo- la sensación de ser completamente invisibles. Nadie nos preguntó qué hacíamos ahí dentro. Tal vez, porque nadie se esperaba que hicieramos algo así. Encontramos el lugar luego de recorrer todo el primer subsuelo. Ahí estamos, todos frente a la puerta, en silencio.
- Bueno, ¿Y, entramos?- dijo Nuria. Ahí estamos, todos frente a la puerta, en silencio.- Ufffssss...
Nuria entró sola. Y salió un minuto o dos después, nosotros seguíamos en a misma posición: parados frente a la puerta en silencio.
- ¡Que cagones! Bueno, yo me voy a Coghlan. Entren, y no me mientan después; porque yo sí entré... y me voy a dar cuenta si me estan mintiendo. ¡Chau!- Nuria se fue.
Ahi estabamos todos -mientras ella se iba- todos frente a la puerta, en silencio. Así estuvimos durante un largo rato, hasta que un enfermero llamo a dos tipos de seguridad y -efectivamente como predestinó Bruno- nos sacaron a patadas de ahí. Amenazaron con llamar a nuestros padres, pero nosotros sabíamos que si corríamos lo suficiente eso nunca pasaría.
Encontramos a Nuria comiendo un helado de vainilla, cerca de las vías muertas de Coghlan. Nadie dijo nada. Todos sabíamos que si hablabamos, ella descubriría que estabamos mintiendo.
Esa tarde, cuando Nuría Vainilla entro a ese cuarto del Hospital Pirovano, me enamoré de ella.
viernes, 15 de enero de 2010
Those lazy hazy crazy days of summer
"Estoy aburrido". Esa frase es lo primero que escuchó en mi cabeza cuando me acuerdo de Bruno. Ese es el primer recuerdo que viene demoliendo todo como un péndulo de cemento. Agitando el horizonte, el primer recuerdo fuerte de Bruno.
Contrariamente a lo que diga la mayoría de mis amigos, Bruno existió. Sé que muchos van a negar su existencia, sobre todo Diego, y también Alejandro. Yo también fui (soy, a veces) un Bruno-negador, no les voy a mentir. Cuando “pasó lo que pasó” con Bruno, nos dividimos en 2 (o 3) grupos, los que defendían su existencia (Patricio y Martín), los que la negaban y a los que realmente les importaba muy poco la veracidad de los hechos. En el último grupo estaban Gabriel (le daba lo mismo la existencia de Bruno o no) y Agustín (directamente lo borró de nuestra historia grupal).
Mucho antes que nuestro grupo de amigos este formado -el vínculo, vino después, con Martín- éramos un conglomerado de desastres unidos con un solo fin común: matar el aburrimiento después de las 5 de la tarde. No les voy a negar, siempre tuve cierta envidia por esa gente que supo lo que era “la hora de la siesta”.
Durante el año de clases, la “hora de la siesta” era un espacio indeterminado entre las clases de inglés, Drama Club y música. Con la llegada del verano, cada uno se iba de vacaciones por un mes, dos meses. Con suerte llegaba alguna carta de Punta del Este, Córdoba o Mar del Plata. Para la gente como nosotros -chicos de colegio doble escolaridad- la “hora de la siesta” era un mito.
Sin embargo, todos recordamos el “último verano”. Aquel verano en Capital, nadie se fue de vacaciones. Habíamos terminado 7mo grado y nos quedaban 2 o 3 meses antes de empezar la Secundaria. Ese fue el “último verano”. Fue ese verano cuando descubrimos la “hora de la siesta”.
- Estoy aburrido- dijo Bruno y le tiro a Patricio un venenito de esos que caían de los árboles. Estábamos sentados en los alrededores de la Estación Coghlan.
Fue el “último verano”, el descubrimiento de la “hora de la siesta”. La creación de las verdaderas leyendas... Esas que forjaron personalidades y amistades, que crearon los códigos. El comienzo de todo, creo. No teníamos muchas opciones, éramos chicos “doble-escolaridad”.
- Estoy aburrido- repitió Bruno. Estábamos sentados en las vías muertas de la Estación Coghlan.
No me acuerdo que fue lo que sucedió primero. Eso es lo más raro, me acuerdo de todo, pero no de lo primero. ¿Qué fue lo que hicimos primero?
Pato propuso entra a la casa abandonada de Donado y la vía de Drago. Alejandro quería entrar a la usina eléctrica de Coghlan. Diego quería meterse en la morgue del Pirovano y ver un muerto.
- Estoy aburrido- dijo Bruno, incorporándose mientras esquivaba las vías muertas para salir de ahí.
Lo seguimos, de eso si me acuerdo muy bien.
Hay veranos que nunca se olvidan. Ese fue mi primer verano inolvidable.
Contrariamente a lo que diga la mayoría de mis amigos, Bruno existió. Sé que muchos van a negar su existencia, sobre todo Diego, y también Alejandro. Yo también fui (soy, a veces) un Bruno-negador, no les voy a mentir. Cuando “pasó lo que pasó” con Bruno, nos dividimos en 2 (o 3) grupos, los que defendían su existencia (Patricio y Martín), los que la negaban y a los que realmente les importaba muy poco la veracidad de los hechos. En el último grupo estaban Gabriel (le daba lo mismo la existencia de Bruno o no) y Agustín (directamente lo borró de nuestra historia grupal).
Mucho antes que nuestro grupo de amigos este formado -el vínculo, vino después, con Martín- éramos un conglomerado de desastres unidos con un solo fin común: matar el aburrimiento después de las 5 de la tarde. No les voy a negar, siempre tuve cierta envidia por esa gente que supo lo que era “la hora de la siesta”.
Durante el año de clases, la “hora de la siesta” era un espacio indeterminado entre las clases de inglés, Drama Club y música. Con la llegada del verano, cada uno se iba de vacaciones por un mes, dos meses. Con suerte llegaba alguna carta de Punta del Este, Córdoba o Mar del Plata. Para la gente como nosotros -chicos de colegio doble escolaridad- la “hora de la siesta” era un mito.
Sin embargo, todos recordamos el “último verano”. Aquel verano en Capital, nadie se fue de vacaciones. Habíamos terminado 7mo grado y nos quedaban 2 o 3 meses antes de empezar la Secundaria. Ese fue el “último verano”. Fue ese verano cuando descubrimos la “hora de la siesta”.
- Estoy aburrido- dijo Bruno y le tiro a Patricio un venenito de esos que caían de los árboles. Estábamos sentados en los alrededores de la Estación Coghlan.
Fue el “último verano”, el descubrimiento de la “hora de la siesta”. La creación de las verdaderas leyendas... Esas que forjaron personalidades y amistades, que crearon los códigos. El comienzo de todo, creo. No teníamos muchas opciones, éramos chicos “doble-escolaridad”.
- Estoy aburrido- repitió Bruno. Estábamos sentados en las vías muertas de la Estación Coghlan.
No me acuerdo que fue lo que sucedió primero. Eso es lo más raro, me acuerdo de todo, pero no de lo primero. ¿Qué fue lo que hicimos primero?
Pato propuso entra a la casa abandonada de Donado y la vía de Drago. Alejandro quería entrar a la usina eléctrica de Coghlan. Diego quería meterse en la morgue del Pirovano y ver un muerto.
- Estoy aburrido- dijo Bruno, incorporándose mientras esquivaba las vías muertas para salir de ahí.
Lo seguimos, de eso si me acuerdo muy bien.
Hay veranos que nunca se olvidan. Ese fue mi primer verano inolvidable.
jueves, 7 de enero de 2010
Rompan todo
A finales de 1991, cuando Bruno se fue a vivir a París me regaló el casete de Tango 4. Un discazo que -además de tener una estupenda versión en castellano de God only knows- fue el encargado de que nuestra amistad viviera un poco más. Cada vez que escuchaba alguna de las canciones de Tango 4, los recuerdos de Bruno me asaltaban. Esto fue hasta que los compact-discs se hicieron famosos, y escondí los casetes en un muchas cajas dentro del armario intocable. El nuevo soporte tecnologico mató los últimos recuerdos de Bruno… hasta ayer en el aeropuerto de Córdoba.
Tengo muy buena memoria, y esa no es ninguna novedad. Me acuerdo todo, por motivación externa o provocada por la necesidad de recordar algo. El problema no es recordar, son buenos los recuerdos. El verdadero problema es cuando los recuerdos nos asaltan, cuando la máquina de la memoria toma el control y me deja sin control. Este es el problema, y es algo que nunca mencioné en este lugar: el proceso previo a la generación del recuerdo. Ese es el problema.
La gente cree que estoy loco, no es la primera vez que me pasa. Me resulta imposible describir con exactitud lo que me sucede en el instante en que mi cerebro deja de funcionar y deja lugar para que mi memoria juegue. Una vez, Victoria le preguntó a mi vieja si eso era “normal”; por supuesto que mi vieja jamás se dio cuenta lo que me pasaba. Según mi señora madre, yo no tengo ningún problema solamente que “es un poco distraído a veces”. Bueno, “ese” es el problema. Pilar, en cambio, si sabía de lo que hablaba Victoria. Aquella tarde (hace un par de años), mi esposa le paso el detalle perfecto de mi situación a mi hermana. Pilar sonreía. Fue algo más o menos así.
- Baje a comprar una gaseosa al super de al lado, mientras Pablo ponía la mesa. Cuando subí lo encontré parado en la cocina con la mirada pérdida en la ventana, con los cubiertos en sus manos. Me llamo la atención que la canilla estaba abierta, y él no se movía. Me acerque despacio y lo mire, Pablo seguía sin moverse. Fue casi un segundo, pero me asusté… Entonces, parpadeó miró al piso y dijo “Fratelli”- Victoria y Pilar se rieron un buen rato de aquel cuelgue. Además, intentar acordarse cuál era el apellido de los hermanos malos de Los Goonies no es un problema.
El verdadero problema es cuando estos cuelgues me agarran con desconocidos; como por ejemplo, ayer en el aeropuerto de Córdoba, también conocido como Pajas Blancas. Cuando el recuerdo me aslata y me mata.
- ¿Pablo?- escuché la voz de Victoria a lo lejos.
- Son 40 pesos, señor- la voz del mozo venía detrás de una cortina de agua, como si me estuviera ahogando en una pileta.
- ¿Pablo?- Victoria, de nuevo… y a la lejos, la televisión, el murmullo de la gente y la noticia de la muerte de Sandro y…
- “Rompan todo”- murmuré, la noticia de la muerte de Sandro y… el cachetazo de la memoria. Le sonreía a Victoria, entregué 45 pesos al mozo.- Esta bien así…
- Gracias, señor- el mozo se perdió entre la gente, esquivando milagrosamente dos cabezas, con su mirada perdida en la noticia del día.
- No hagas más eso- dijo Victoria, la mira sin saber que decir.- No te hagas el tonto, me da miedo…
- Perdón, perdón… Siempre me pasa lo mismo, disculpame.
- Tarado- sonrió.
El día que Bruno se fue a vivir a París me regalo el casete de Tango 4. El cuarto tema del lado A era un cover de Los Shakers, se llamaba “Rompan todo”... lo cantaba Sandro con algunos gritos rockeros de Pedro Aznar y Charly García. Por algún lado de la canción, Sandro cantaba “no me dejes morir”…
Hace casi 20 años Bruno se fue a Paris, dejando un regalo especial para cada uno de nosotros. Y nosotros, nada. Nosotros dejamos morir el recuerdo de Bruno, lo dejamos morir, lo dejamos ir.
Así es como golpea la memoria, a veces. Así es como murió Bruno, cuando nosotros dejamos de recordarlo.
Tengo muy buena memoria, y esa no es ninguna novedad. Me acuerdo todo, por motivación externa o provocada por la necesidad de recordar algo. El problema no es recordar, son buenos los recuerdos. El verdadero problema es cuando los recuerdos nos asaltan, cuando la máquina de la memoria toma el control y me deja sin control. Este es el problema, y es algo que nunca mencioné en este lugar: el proceso previo a la generación del recuerdo. Ese es el problema.
La gente cree que estoy loco, no es la primera vez que me pasa. Me resulta imposible describir con exactitud lo que me sucede en el instante en que mi cerebro deja de funcionar y deja lugar para que mi memoria juegue. Una vez, Victoria le preguntó a mi vieja si eso era “normal”; por supuesto que mi vieja jamás se dio cuenta lo que me pasaba. Según mi señora madre, yo no tengo ningún problema solamente que “es un poco distraído a veces”. Bueno, “ese” es el problema. Pilar, en cambio, si sabía de lo que hablaba Victoria. Aquella tarde (hace un par de años), mi esposa le paso el detalle perfecto de mi situación a mi hermana. Pilar sonreía. Fue algo más o menos así.
- Baje a comprar una gaseosa al super de al lado, mientras Pablo ponía la mesa. Cuando subí lo encontré parado en la cocina con la mirada pérdida en la ventana, con los cubiertos en sus manos. Me llamo la atención que la canilla estaba abierta, y él no se movía. Me acerque despacio y lo mire, Pablo seguía sin moverse. Fue casi un segundo, pero me asusté… Entonces, parpadeó miró al piso y dijo “Fratelli”- Victoria y Pilar se rieron un buen rato de aquel cuelgue. Además, intentar acordarse cuál era el apellido de los hermanos malos de Los Goonies no es un problema.
El verdadero problema es cuando estos cuelgues me agarran con desconocidos; como por ejemplo, ayer en el aeropuerto de Córdoba, también conocido como Pajas Blancas. Cuando el recuerdo me aslata y me mata.
- ¿Pablo?- escuché la voz de Victoria a lo lejos.
- Son 40 pesos, señor- la voz del mozo venía detrás de una cortina de agua, como si me estuviera ahogando en una pileta.
- ¿Pablo?- Victoria, de nuevo… y a la lejos, la televisión, el murmullo de la gente y la noticia de la muerte de Sandro y…
- “Rompan todo”- murmuré, la noticia de la muerte de Sandro y… el cachetazo de la memoria. Le sonreía a Victoria, entregué 45 pesos al mozo.- Esta bien así…
- Gracias, señor- el mozo se perdió entre la gente, esquivando milagrosamente dos cabezas, con su mirada perdida en la noticia del día.
- No hagas más eso- dijo Victoria, la mira sin saber que decir.- No te hagas el tonto, me da miedo…
- Perdón, perdón… Siempre me pasa lo mismo, disculpame.
- Tarado- sonrió.
El día que Bruno se fue a vivir a París me regalo el casete de Tango 4. El cuarto tema del lado A era un cover de Los Shakers, se llamaba “Rompan todo”... lo cantaba Sandro con algunos gritos rockeros de Pedro Aznar y Charly García. Por algún lado de la canción, Sandro cantaba “no me dejes morir”…
Hace casi 20 años Bruno se fue a Paris, dejando un regalo especial para cada uno de nosotros. Y nosotros, nada. Nosotros dejamos morir el recuerdo de Bruno, lo dejamos morir, lo dejamos ir.
Así es como golpea la memoria, a veces. Así es como murió Bruno, cuando nosotros dejamos de recordarlo.
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