Para nuestra fiesta de egresados, el colegio alquiló un salón de usos múltiples en un country de Pilar. Festejamos, recibimos nuestras medallas y diplomas, y cuando el alcohol (y algún que otro yuyo) hizo su trabajo... el amanecer nos encontró tirados en una pileta llena de globos de colores. En las reposeras, algunos dormían su borrachera y otro miraban salir el sol entre los árboles. Fue en ese silencio, metódico y resacoso, cuando Martín nos obligó a hacer una promesa. La “promesa”.
- Yo se que probablemente ahora vamos a seguir un camino distinto en la vida, que ya no nos vamos a ver como antes- empezó Martín.
- ¿Pintó un pedo melancólico?- preguntó Diego a todos, pero nadie le respondió.
- ¿Qué les parece encontrarnos de acá a 5 años? El día del amigo, el 20 de junio, dentro de 5 años en...- Martín meditó unos segundos.- Triunvirato y Monroe.
- Es una idea genial. ¡En la esquina de Panchovica!- dijo Gabriel.
- ¿Qué decís, Martín? Pablo, Patricio y Diego se conocen de Salita Azul... ¿No te parece un poco pesimista pensar que no se van a ver mas?- discutió Mariana.
En realidad, nosotros sabíamos que esa promesa no nos involucraba. Nosotros -los del fondo- teníamos un vínculo que iba más allá de eso. Nos esperaba un mundo de posibilidades, de salidas, de una amistad a prueba de todo. ¿Pero que pasaba con los demás? ¿Con Silvina Veneno? ¿El Colorado Mattiuzi? ¿Paula Miano? A esas personas se las iba a tragar un huracán de momentos y vivencias imposibles de descifrar, quedarían en la nebulosa de los recuerdos. Nosotros sabíamos que eso no iba a ocurrir con nosotros, nosotros estaríamos juntos para siempre. La promesa era para todos... para todos los que no éramos nosotros.
Y todos juraron cumplirla. Bueno, todos no.
- ¿Y Paula?- preguntó Mariana buscándola en el torbellino de cuerpos alrededor de la pileta. Paula no estaba.
La buscamos por todo el country y no la encontramos. A Silvina Veneno se le ocurrió buscar en el cuarto que habían usado las chicas para vestirse y arreglarse para la fiesta. Lo único que encontramos sobre la cama fue un sweater agujerado con su nombre escrito con hilo de coser en la etiqueta del cuello. El viejo sweater de colegio, agigantado de tanto estirarlo con los puños.
- ¿Dónde carajo esta Paula?- preguntó Mariana.
lunes, 14 de septiembre de 2009
viernes, 11 de septiembre de 2009
No bombardeen Buenos Aires
Jorgelina Pecas se fue a Italia... y también se dedicó a recorrer Europa -en sus ratos libres- cuando la beca lo permitía. A diferencia de la mayoría de los casos donde los amantes se separan tristemente, nosotros intentamos que lo nuestro sea más fuerte que la distancia. Desgraciadamente, después del segundo mes, me di cuenta que Jorgelina parecía hacer caso omiso de mis intentos para contactar con ella telefónicamente. Luego de tres semanas sin saber de ella, volvió a escribir.
La alegría de saber de ella fue bastante grande, casi un recuerdo de mis momentos con ella. Le envié un mail diciéndole que yo también la extrañaba y que disfrute el viaje sobre todas las cosas. Punto.
Dos semanas más tarde recibí otro mail.
Así pasaron los mails, con ausencias cada vez mas prolongadas hasta que el día de su cumpleaños, compre una tarjeta y la llame por teléfono. Hablamos mucho tiempo, la tarjeta duraba lo necesario para tomarnos un momento para disfrutar de nuestras voces.
- Jorgelina... ¿estas saliendo con alguien?- el detector de onda lo instale algunos meses después de lo sucedido con Sandra MuchoTiempo. No les voy a mentir, aprendí a detectar otra presencia en el amor. Es algo interno, y no funciona solamente conmigo. También funciona con los demás, generalmente cuanto más cercana sea esa persona, mejor. Nunca le busque una explicación, pero lo que si amerita contar algún día -hoy no- es cómo me doy cuenta. El caso de Jorgelina Pecas fue distinto, lo supe. Y, por supuesto, los segundos de silencio que adelantaron un suspiro desganado y triste, me dieron la razón.
- Si- dijo ella.- Perdón, no me anime a decírtelo por mail. Pero quiero que sepas algo, Pablo. Vos...
La llamada se cortó, no había mas crédito en la tarjeta. Nunca supe lo que iba a decir.
Pol:
Te pido disculpas por la demora en responder. Estoy fuera de la ciudad, con acceso limitado a compus para mandarte mails. Te extraño, quiero volver, pero esto es tan lindo, siento que es la única oportunidad que voy a tener para recorrer todo. No me alcanzan los ojos, quiero todo. Un beso, te quiero mucho.
Jorgelina
La alegría de saber de ella fue bastante grande, casi un recuerdo de mis momentos con ella. Le envié un mail diciéndole que yo también la extrañaba y que disfrute el viaje sobre todas las cosas. Punto.
Dos semanas más tarde recibí otro mail.
Pablito:
Estoy a las corridas, este fin de semana me voy a Grecia; tal vez me quede un par de semanas, porque el profesor quiero que hagamos un trabajo práctico sobre los viñedos tradicionales de la isla. Te cuento todo cuando vuelva.
JGL
Así pasaron los mails, con ausencias cada vez mas prolongadas hasta que el día de su cumpleaños, compre una tarjeta y la llame por teléfono. Hablamos mucho tiempo, la tarjeta duraba lo necesario para tomarnos un momento para disfrutar de nuestras voces.
- Jorgelina... ¿estas saliendo con alguien?- el detector de onda lo instale algunos meses después de lo sucedido con Sandra MuchoTiempo. No les voy a mentir, aprendí a detectar otra presencia en el amor. Es algo interno, y no funciona solamente conmigo. También funciona con los demás, generalmente cuanto más cercana sea esa persona, mejor. Nunca le busque una explicación, pero lo que si amerita contar algún día -hoy no- es cómo me doy cuenta. El caso de Jorgelina Pecas fue distinto, lo supe. Y, por supuesto, los segundos de silencio que adelantaron un suspiro desganado y triste, me dieron la razón.
- Si- dijo ella.- Perdón, no me anime a decírtelo por mail. Pero quiero que sepas algo, Pablo. Vos...
La llamada se cortó, no había mas crédito en la tarjeta. Nunca supe lo que iba a decir.
miércoles, 9 de septiembre de 2009
El arte del buen comer
Según algunos estudios realizados por ahí, se dice que el hombre alcanza su pico de sexualidad entre los 33 y los 40. Por otro lado, el rango del “despertar” sexual femenino -propiamente dicho- es entre los 40 y los 50. Y esto no lo digo yo, lo dicen los tipos que saben de estas cosas. Así pues, cuando miro las excelentes condiciones físicas en las que se encuentran determinadas mujeres que pasan (tranquilamente) los 40, entiendo un poco en que se basan estos estudios.
Por otro lado, quisiera dar un poco de crédito a estas investigaciónes, basado en parte en mi experiencia personal. Hubo un antes y después de Elizabeth Veterana.
Fueron unos meses espectaculares, no voy a negarlo. No fue una historia de amor, fue una historia de placer. Y a partir de ahí, nos permitimos conocernos más, y -sobre todo- disfrutarnos más. Teníamos una atracción inmediata, tanto física como mental, movimos nuestras propias estructuras, nos comunicamos sin trabas, sin vergüenza. Convertimos esa relación en una experiencia de vida emocionante, agradable y memorable para los dos.
¿Cuánto tiempo? Algunos meses, tan pocos que no llegan a 6, pero geniales.
Si, todavía seguimos en contacto. Elizabeth tiene algunos años más, pueden sacar algunas cuentas más tarde. Tiene algo así como unos casi (o más) 60, sigue teniendo un culo perfecto y todavía parece una mujer de 45 años.
Por mi parte, cuando alguna preguntó -tiempo más tarde- “¿dónde aprendiste a hacer eso?”, le agradezco a Elizabeth en silencio. Una gran mujer, en más de un sentido.
Por otro lado, quisiera dar un poco de crédito a estas investigaciónes, basado en parte en mi experiencia personal. Hubo un antes y después de Elizabeth Veterana.
Fueron unos meses espectaculares, no voy a negarlo. No fue una historia de amor, fue una historia de placer. Y a partir de ahí, nos permitimos conocernos más, y -sobre todo- disfrutarnos más. Teníamos una atracción inmediata, tanto física como mental, movimos nuestras propias estructuras, nos comunicamos sin trabas, sin vergüenza. Convertimos esa relación en una experiencia de vida emocionante, agradable y memorable para los dos.
¿Cuánto tiempo? Algunos meses, tan pocos que no llegan a 6, pero geniales.
Si, todavía seguimos en contacto. Elizabeth tiene algunos años más, pueden sacar algunas cuentas más tarde. Tiene algo así como unos casi (o más) 60, sigue teniendo un culo perfecto y todavía parece una mujer de 45 años.
Por mi parte, cuando alguna preguntó -tiempo más tarde- “¿dónde aprendiste a hacer eso?”, le agradezco a Elizabeth en silencio. Una gran mujer, en más de un sentido.
lunes, 7 de septiembre de 2009
¡¿Lobo estás?!
- Pablo… te agradezco la invitación pero… ¿vos sabés cuantos años tengo?- la voz de Elizabeth por teléfono irradiaba alegría y sensualidad.
- No se… ¿45?- arriesgué.
- Tengo 53, Pablo.
- ¡No me jodas! ¿Con esa cola?- digamos que ya estaba totalmente jugado, no podía disculparme y nada más. Estaba tirando todas las frases a la parrilla. Alguna tenía que entrar.
- Te agradezco- Elizabeth se rio, y eso era bueno.
- No te estoy proponiendo casamiento, Elizabeth. Simplemente te estoy invitando un café, me encantó hablar con vos el otro día… tenes una charla encantadora, muy inteligente, muy… no se, me encantó- se hizo un silencio del otro lado de la línea.- ¿Callao y Corrientes? ¿En La Opera hoy a las 19?
- Esa no es una hora para tomar un café.
- Tenes razón, te invito a cenar- ya estaba con el facón entre los dientes, no me importaba nada.
Durante la cena, accidentalmente tocó su pierna con la mía. Su piel era como la seda y sus manos delicadas y suaves. Y su mirada… su mirada era de otro mundo. Me animé a darle un beso cuando su mano acarició la mía durante alguna risas perdida.
Cuando terminó la cena se ofreció gentilmente a acercarme a mi casa; y yo a devolver ese detalle con un café en mi departamento. Sin apurarnos, disfrutamos el café y fuímos al dormitorio. Mientras hacíamos el amor, observé una y otra vez el rostro de Elizabeth buscando algún detalle que gritara su edad. Había muy pocos, pero realmente no me importaba.
Lo malo, es que -efectivamente- con 53 años, podía ser mi vieja.
Lo bueno, es que no lo era.
- No se… ¿45?- arriesgué.
- Tengo 53, Pablo.
- ¡No me jodas! ¿Con esa cola?- digamos que ya estaba totalmente jugado, no podía disculparme y nada más. Estaba tirando todas las frases a la parrilla. Alguna tenía que entrar.
- Te agradezco- Elizabeth se rio, y eso era bueno.
- No te estoy proponiendo casamiento, Elizabeth. Simplemente te estoy invitando un café, me encantó hablar con vos el otro día… tenes una charla encantadora, muy inteligente, muy… no se, me encantó- se hizo un silencio del otro lado de la línea.- ¿Callao y Corrientes? ¿En La Opera hoy a las 19?
- Esa no es una hora para tomar un café.
- Tenes razón, te invito a cenar- ya estaba con el facón entre los dientes, no me importaba nada.
Durante la cena, accidentalmente tocó su pierna con la mía. Su piel era como la seda y sus manos delicadas y suaves. Y su mirada… su mirada era de otro mundo. Me animé a darle un beso cuando su mano acarició la mía durante alguna risas perdida.
Cuando terminó la cena se ofreció gentilmente a acercarme a mi casa; y yo a devolver ese detalle con un café en mi departamento. Sin apurarnos, disfrutamos el café y fuímos al dormitorio. Mientras hacíamos el amor, observé una y otra vez el rostro de Elizabeth buscando algún detalle que gritara su edad. Había muy pocos, pero realmente no me importaba.
Lo malo, es que -efectivamente- con 53 años, podía ser mi vieja.
Lo bueno, es que no lo era.
viernes, 4 de septiembre de 2009
Ella debe estar tan linda
Elizabeth Veterana coqueteó descaradamente conmigo durante el café en la sala de reuniones mientras esperabamos a su jefe. Un par de pisos más abajo, en el móvil, me esperaban el notero y el chofer. Por supuesto, que yo disfrutaba mi café sin ningun remordimiento. Elizabeth era absolutamente perfecta en todos los aspectos. Tenía ese toque de mujer con alma de nena que me encanta. Luego de compartir el café conmigo se disculpo y fue al baño, regreso 10 minutos después con el pelo suelto y bien peinado, y –el gran cambio- sin los lentes de aumento.
- Lentes de contacto- me sonrió.- No puedo usarlos cuando me despierto, me irritan mucho la vista…
- Se nota un cambio de look importante- dije, y al segundo me arrepentí. ¿Qué clase de idiota puede decir algo así?
- Si, ya se, ya casi no hay gente que use estos anteojos- dijo apoyando los anteojos con aumento sobre la mesa de reuniones.
- No quise decir eso… Quise decir que…- cuidado.- Que estas mucho mejor así…- ¡la puta madre!
- Gracias, Pablo, sos muy cortés- dijo Elizabeth mirandome fijamente y generando un silencio incomodo que solamente podía cortar el provisorio llamado telefonico de su jefe. Elizabeth respondió el llamado y hablo unos segundos, cortó enseguida.- El doctor esta a dos cuadras.
- Ah, genial… ¿te comento las preguntas así voy llamando al notero y al sonidista del movil?- dije buscando en mi carpeta.
- No hace falta… si son las que me enviaste por mail ayer, estan perfectas- miro mi vasito de café.- ¿No tomaste tu café?
- No, disfrute mucho la charla, debe ser por eso.
- Entonces habrá que repetirla…- su mirada tenía una mezcla de burla y almuerzo, y cuando me tenía servido, me bajo de un piedrazo.- Quiero decir, espero verte muy seguido por acá cuando sea época de campaña…
- Que pena… pense que me estabas invitando un café despues del trabajo- le dije, inmolandome.
Elizabeth volvió a repetir esa mirada de leona.
Y yo, para no ser menos, practique una mirada de cachorro perdido y tímido.
“Patético”, pensé, mientras ella me debaja solo en la oficina de su jefe para tener mi entrevista.
Maravillosamente patético.
- Lentes de contacto- me sonrió.- No puedo usarlos cuando me despierto, me irritan mucho la vista…
- Se nota un cambio de look importante- dije, y al segundo me arrepentí. ¿Qué clase de idiota puede decir algo así?
- Si, ya se, ya casi no hay gente que use estos anteojos- dijo apoyando los anteojos con aumento sobre la mesa de reuniones.
- No quise decir eso… Quise decir que…- cuidado.- Que estas mucho mejor así…- ¡la puta madre!
- Gracias, Pablo, sos muy cortés- dijo Elizabeth mirandome fijamente y generando un silencio incomodo que solamente podía cortar el provisorio llamado telefonico de su jefe. Elizabeth respondió el llamado y hablo unos segundos, cortó enseguida.- El doctor esta a dos cuadras.
- Ah, genial… ¿te comento las preguntas así voy llamando al notero y al sonidista del movil?- dije buscando en mi carpeta.
- No hace falta… si son las que me enviaste por mail ayer, estan perfectas- miro mi vasito de café.- ¿No tomaste tu café?
- No, disfrute mucho la charla, debe ser por eso.
- Entonces habrá que repetirla…- su mirada tenía una mezcla de burla y almuerzo, y cuando me tenía servido, me bajo de un piedrazo.- Quiero decir, espero verte muy seguido por acá cuando sea época de campaña…
- Que pena… pense que me estabas invitando un café despues del trabajo- le dije, inmolandome.
Elizabeth volvió a repetir esa mirada de leona.
Y yo, para no ser menos, practique una mirada de cachorro perdido y tímido.
“Patético”, pensé, mientras ella me debaja solo en la oficina de su jefe para tener mi entrevista.
Maravillosamente patético.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Unos pocos peligrosos sensatos
Hace algunos años, cuando la FM cerró (“cambiando de nombre”) y nos enviaron a laburar a la frecuencia de AM de la misma radio, todo cambio. Ya no era tan divertido. Gabriel, Mariana Pizza y yo empezamos a organizar la producción periodística de los noticieros y los móviles de toda la emisora. La diferencia es que ya no trabajamos los tres juntos, sino en distintos horarios. La tarea no era tan difícil, escribir algunas noticias bajadas de agencias de noticias, acompañar a los movileros a las notas y abrirles el camino desde nuestra área; asegurarnos que el móvil y el notero lleguen a tal lugar, hagan su entrevista y regresen sin ningún problema.
Por suerte (o desgracia) me había tocado el turno de 6 a 14. Lo bueno es que me quedaba todo el día libre y que desayunabamos con Gabriel cuando yo llegaba a la radio, y el se iba pisandose las ojeras. La que puteaba fuerte por su horario (de 14 a 22) era Mariana, pero en cierta forma -la vimos venir- ella estaba sembrando porque tenía el mejor horario para hacer “contactos”. Y eso, no estaba tan mal.
- Hay que ir hasta Escobar- me dijo Gabriel, bostezando.- Esta es la ruta, hay que entevistar un par de políticos. Son tres notas grabadas y editadas, y un “directo” para el flash de las 10.30. Acá esta la lista de “ganchos”.
Los “ganchos” son personas que hay que llamar para entrevistar a cierta gente; son secretarias, relaciones publicas, gente de confianza. Un gancho te abre la puerta, o te la cierra de un portazo. Llegamos a Escobar a las 9 de la mañana, entré a las oficinas y hable en recepción.
- Buen día, estoy buscando a la señorita…- mire la lista de “ganchos” para verificar el nombre.- Elizabeth. De la radio, venimos a entrevistar al doctor.
Cinco minutos más tarde, la ví llegar por las escaleras. Una mujer madura, de unos 40 y algo, delgada, con un traje tan sencillo como encantador, el pelo recogido cerca del cuello y unos lentes con un aumento bastante importante.
- Mi nombre es Elizabeth. El doctor esta atrasado, va a llegar en media hora- dijo, mirandome fijamente a los ojos con una sonrisa felina.- ¿Te puedo ofrecer un café?
No me podía negar.
Con ustedes… Elizabeth Veterana, una leona de alegría salvaje.
Por suerte (o desgracia) me había tocado el turno de 6 a 14. Lo bueno es que me quedaba todo el día libre y que desayunabamos con Gabriel cuando yo llegaba a la radio, y el se iba pisandose las ojeras. La que puteaba fuerte por su horario (de 14 a 22) era Mariana, pero en cierta forma -la vimos venir- ella estaba sembrando porque tenía el mejor horario para hacer “contactos”. Y eso, no estaba tan mal.
- Hay que ir hasta Escobar- me dijo Gabriel, bostezando.- Esta es la ruta, hay que entevistar un par de políticos. Son tres notas grabadas y editadas, y un “directo” para el flash de las 10.30. Acá esta la lista de “ganchos”.
Los “ganchos” son personas que hay que llamar para entrevistar a cierta gente; son secretarias, relaciones publicas, gente de confianza. Un gancho te abre la puerta, o te la cierra de un portazo. Llegamos a Escobar a las 9 de la mañana, entré a las oficinas y hable en recepción.
- Buen día, estoy buscando a la señorita…- mire la lista de “ganchos” para verificar el nombre.- Elizabeth. De la radio, venimos a entrevistar al doctor.
Cinco minutos más tarde, la ví llegar por las escaleras. Una mujer madura, de unos 40 y algo, delgada, con un traje tan sencillo como encantador, el pelo recogido cerca del cuello y unos lentes con un aumento bastante importante.
- Mi nombre es Elizabeth. El doctor esta atrasado, va a llegar en media hora- dijo, mirandome fijamente a los ojos con una sonrisa felina.- ¿Te puedo ofrecer un café?
No me podía negar.
Con ustedes… Elizabeth Veterana, una leona de alegría salvaje.
lunes, 31 de agosto de 2009
Los de arriba, los de abajo y Paula Miano
Durante nuestro 5to año, nadie le dio demasiada importancia a Paula Miano. Los chistes con su apellido seguían sucediendo en cualquier oportunidad; aunque dejaron de ser graciosos en un punto. Todavía no puede ver con claridad el momento exacto en que me deje de reír. Paula Miano no la tuvo fácil en al secundario, y había llegado a 5to año. Calladita se aguanto desde el primero hasta el último chiste con su apellido; el secundario es una época siniestra.
Siempre me pregunte por qué los pendejos en el secundario sienten esa fascinación por involucrarse en las cruzadas mas aterradores con tal de asesinar socialmente a otros. En mi clase éramos entre 18 y 25 alumnos. Había grupos, siempre hay grupos, y uno tiene que elegir o ser elegido (en realidad) para pertenecer. Uno podía definir el “jefe” de cada grupo en un abrir y cerrar de ojos. Es genial, ahora lo veo todo con tanta claridad. Los grupos... Dios, éramos tan patéticos. Pendejos chetos de Villa Urquiza, Belgrano, Coghlan y quien sabe que más, tratando de vivir nuestras vidas como en una película de John Hughes.
La persona que nos “definió” como grupo fue Martín. Hasta ese entonces, éramos simplemente Patricio, Alejandro y yo. Conocimos a Martín en 5to grado, pero fue realmente a partir de 1er año cuando demostró todo su potencial. Cuando asignaron el aula de 1er año, todos corrimos a sentarnos al fondo. Martín había acomodado las sillas estratégicamente, haciendo imposible el acceso por uno de los pasillos del aula. Por el pasillo libre, fuimos pasando de a uno, y después se sumaron Diego, Richard y Gabriel. Así -los siete- dejamos la individualidad para convertimos en un ser grupal. Aquel día, el primero de 1er año, nacieron “los del fondo”.
El Colorado Mattiuzi tenía su grupo de 3 o 4, la mayoría salidos de rugby o fútbol. Eran “los de gimnasia”.
Y después, estaban las chicas. El sector femenino estaba divido en 3 grupos: las lindas, las inteligentes y las no tan lindas. Silvina Veneno y Cecilia Miel eran las dueñas del grupo de las lindas, con dos o tres chicas más. Mariana Pizza era la voz de las chicas inteligentes. Y... Valeria Alfajor era la titiritera del grupo de las feas... Perdón, de las “no tan lindas”.
Paula Miano no perteneció a ninguno de estos grupos. Siempre estuvo sola.
Siempre me pregunte por qué los pendejos en el secundario sienten esa fascinación por involucrarse en las cruzadas mas aterradores con tal de asesinar socialmente a otros. En mi clase éramos entre 18 y 25 alumnos. Había grupos, siempre hay grupos, y uno tiene que elegir o ser elegido (en realidad) para pertenecer. Uno podía definir el “jefe” de cada grupo en un abrir y cerrar de ojos. Es genial, ahora lo veo todo con tanta claridad. Los grupos... Dios, éramos tan patéticos. Pendejos chetos de Villa Urquiza, Belgrano, Coghlan y quien sabe que más, tratando de vivir nuestras vidas como en una película de John Hughes.
La persona que nos “definió” como grupo fue Martín. Hasta ese entonces, éramos simplemente Patricio, Alejandro y yo. Conocimos a Martín en 5to grado, pero fue realmente a partir de 1er año cuando demostró todo su potencial. Cuando asignaron el aula de 1er año, todos corrimos a sentarnos al fondo. Martín había acomodado las sillas estratégicamente, haciendo imposible el acceso por uno de los pasillos del aula. Por el pasillo libre, fuimos pasando de a uno, y después se sumaron Diego, Richard y Gabriel. Así -los siete- dejamos la individualidad para convertimos en un ser grupal. Aquel día, el primero de 1er año, nacieron “los del fondo”.
El Colorado Mattiuzi tenía su grupo de 3 o 4, la mayoría salidos de rugby o fútbol. Eran “los de gimnasia”.
Y después, estaban las chicas. El sector femenino estaba divido en 3 grupos: las lindas, las inteligentes y las no tan lindas. Silvina Veneno y Cecilia Miel eran las dueñas del grupo de las lindas, con dos o tres chicas más. Mariana Pizza era la voz de las chicas inteligentes. Y... Valeria Alfajor era la titiritera del grupo de las feas... Perdón, de las “no tan lindas”.
Paula Miano no perteneció a ninguno de estos grupos. Siempre estuvo sola.
viernes, 28 de agosto de 2009
Por probar el vino y el agua salada
- No debería haber probado esos brownies- dijo Richard, abrazando una muñeca.- Me dejaron pelotudo... ¿viste que linda?
- No pienso tocar esa muñeca- le dije.- Me dan miedo.
- Mi vieja tenía una igual a esta en su pieza... y...
- Ricardo... creeme, me encantaría escuchar la historia de tu vieja y la muñeca, pero tenemos que encontrar a Diego.
- Yo no puedo salir así como estoy... Tengo el brownie “en sangre”. Estoy pasara flashear de lo lindo- Richard abrazó la muñeca y se durmió en un sillón viejo.
El héroe de la noche fue Patricio que -en su locura browniesca y todo- pudo meternos a todos en la casa de la vieja, antes que llegara la policía y el furioso dueño de la casa de muñecas antiguas. La sacamos barata... en cierta forma.
- Tenemos que encontrar a Diego- dijo Gabriel.
- ¿Probaron llamarlo al celular?- Jorgelina, siempre tan astuta.
- ¿Vos lo llamaste?- me preguntó Gabril.
- No... ¿Vos?
- Tampoco...
- Che... ¿¡Alguien llamó a Diego!?- grité, y todos nos miramos en silencio. Martín fue el primero en buscar su celu para llamarlo. Nos sorprendió que el sonido llego del otro lado de la puerta de entrada.
Jorgelina abrió la puerta. Ahí estaba Diego, con un ojo negro, y la camisa rota.
- Por que no me avisaron que ese no era mi coche?- gritó Diego, sirviéndose una vaso de cerveza.
- Era obvio que no era... Si un tipo te va a robar un coche, lo último que se le puede ocurrir es pasar por la puerta de donde lo robo y tocar bocina, Diego- Gabriel, comiendo las sobras de una picada.
- Bueno... por si alguno pregunta: el coche estaba a la vuelta. También me podrían haber avisado que no lo estacioné en la puerta de la casa cuando llegamos... ¿no?- tragó la cerveza en un fondo blanco impecable.
- Por probar los brownies...- murmuré.
- Pero estaban ricos- dijo Pecas acurrucándose sobre mi pecho.
- Muy ricos- le di un beso y sorpresivamente me di cuenta que esa noche era nuestra última noche juntos.
- Vamos a intentarlo, Pablo- fue lo último que dijo Pecas, antes de quedarse dormida.- Te quiero demasiado como para perderte así...
Jorgelina viajó al día siguiente a esa extraña y -sobre todo- divertida noche. El avión se la llevo, después de un abrazo interminable. Supe que iba a volver; de hecho, volvió... pero para eso faltaba mucho tiempo. Ahora -y todavía, y en ese entonces- nos quedaba el “intento”. Algo tan difícil como inexplicable, perdurar una relación en la distancia...
Cuando salí de Ezeiza, me subí al auto de Diego, donde me esperaba Patricio en el asiento del acompañante. Me senté atrás, dejándome caer en el tapizado, tenía ganas de desaparecer en un terrible silencio. No tuve suerte, se escuchó un ruido seco, algo se rompió cuando me senté. Agarre lo que -sin darme cuenta- rompí y se lo mostré a Diego y Pato por el espejo retrovisor.
- Richard... y la puta que te pario- dijo Diego.
Era una muñeca antigua... ahora, rota.
- No pienso tocar esa muñeca- le dije.- Me dan miedo.
- Mi vieja tenía una igual a esta en su pieza... y...
- Ricardo... creeme, me encantaría escuchar la historia de tu vieja y la muñeca, pero tenemos que encontrar a Diego.
- Yo no puedo salir así como estoy... Tengo el brownie “en sangre”. Estoy pasara flashear de lo lindo- Richard abrazó la muñeca y se durmió en un sillón viejo.
El héroe de la noche fue Patricio que -en su locura browniesca y todo- pudo meternos a todos en la casa de la vieja, antes que llegara la policía y el furioso dueño de la casa de muñecas antiguas. La sacamos barata... en cierta forma.
- Tenemos que encontrar a Diego- dijo Gabriel.
- ¿Probaron llamarlo al celular?- Jorgelina, siempre tan astuta.
- ¿Vos lo llamaste?- me preguntó Gabril.
- No... ¿Vos?
- Tampoco...
- Che... ¿¡Alguien llamó a Diego!?- grité, y todos nos miramos en silencio. Martín fue el primero en buscar su celu para llamarlo. Nos sorprendió que el sonido llego del otro lado de la puerta de entrada.
Jorgelina abrió la puerta. Ahí estaba Diego, con un ojo negro, y la camisa rota.
- Por que no me avisaron que ese no era mi coche?- gritó Diego, sirviéndose una vaso de cerveza.
- Era obvio que no era... Si un tipo te va a robar un coche, lo último que se le puede ocurrir es pasar por la puerta de donde lo robo y tocar bocina, Diego- Gabriel, comiendo las sobras de una picada.
- Bueno... por si alguno pregunta: el coche estaba a la vuelta. También me podrían haber avisado que no lo estacioné en la puerta de la casa cuando llegamos... ¿no?- tragó la cerveza en un fondo blanco impecable.
- Por probar los brownies...- murmuré.
- Pero estaban ricos- dijo Pecas acurrucándose sobre mi pecho.
- Muy ricos- le di un beso y sorpresivamente me di cuenta que esa noche era nuestra última noche juntos.
- Vamos a intentarlo, Pablo- fue lo último que dijo Pecas, antes de quedarse dormida.- Te quiero demasiado como para perderte así...
Jorgelina viajó al día siguiente a esa extraña y -sobre todo- divertida noche. El avión se la llevo, después de un abrazo interminable. Supe que iba a volver; de hecho, volvió... pero para eso faltaba mucho tiempo. Ahora -y todavía, y en ese entonces- nos quedaba el “intento”. Algo tan difícil como inexplicable, perdurar una relación en la distancia...
Cuando salí de Ezeiza, me subí al auto de Diego, donde me esperaba Patricio en el asiento del acompañante. Me senté atrás, dejándome caer en el tapizado, tenía ganas de desaparecer en un terrible silencio. No tuve suerte, se escuchó un ruido seco, algo se rompió cuando me senté. Agarre lo que -sin darme cuenta- rompí y se lo mostré a Diego y Pato por el espejo retrovisor.
- Richard... y la puta que te pario- dijo Diego.
Era una muñeca antigua... ahora, rota.
miércoles, 26 de agosto de 2009
No te dejes desanimar
No hay muchos consejos para fumarse un porro, pero digamos que hay algo que aprendí en toda mi poco experiencia con las drogas. Anoten: “que nadie de corte el mambo”. Traducido al castellano más simple esto vendría a ser como: te drogas, flashea, escucha música, reite de las cosas mas tontas, tirate en el pasto a mirar las estrellas, o mira durante horas una vidriera de muñecas viejas en San Telmo. Y esto es, precisamente estaba haciendo Richard cuando salí a la calle y empece a reirme.
- Sos hermosas... las muñecas, como te miran- murmuro Richard.- Son hermosas.
Larga una carcajada que retumbo en toda la noche, cuando la mano de Diego se cerró sobre mi cuello. Nota al editor: esto es precisamente lo que se llama “cortar el mambo”. Y es, claro, lo que Diego estaba haciendo conmigo.
- ¡Me robaron el auto!- gritaba Diego en la puerta de la casa, mientras me agarraba del cuello del sweater.- ¿De qué carajo te estas riendo?
- No se, estoy re loco- le respondí, mientras la sonrisa se me iba borrando lentamente de la cara.
- ¡Me robaron el auto! ¡Me robaron el auto!- Diego no paraba de repetir y caminar en círculos por la calle.- ¡Me robaron el auto! ¡Me robaron el auto!
- ¿Y por que no vas a la comisaria?- pregunto Gabriel, y solamente con verlo uno podía adivinar que no había comido un solo brownie. De hecho, toda la experiencia de Gabriel con las drogas se puede resumir en “no, gracias”.
- ¿Sos tarado Gabriel?- gritó Diego.- ¿Con la locura que tengo encima? Seguro me dejan adentro... ¡Me cago en esos brownies!
- Estaban riquísimos- murmure.- Que vaya el “conductor designado”.
- ¿Que?- Diego, con los ojos cansadísimos de sueño.
- Que vaya Gabriel... es el único de nosotros que no comió- chasquee los dedos y sonreí.
- Ni loco voy a la comisaria a hacer la denuncia de un auto que no es mío- Gabriel, excusándose.
- Pero Diego es tu amigo... tenes que hacerlo, no podes dejarlo en ese estado-
- ¿Qué estado?- pregunto Gabriel.
- Drogado y llorando como una nena porque le robaron el auto- señale a Diego, que estaba tirado en el umbral de la casa mientras Jorgelina intentaba tranquilizarlo.
- La puta madre... Hago al denuncia, digo que un amigo me prestó el coche y que...- Gabriel, pensando.
- Deci lo que se te ocurra y...- mientras intentaba pelear contra toda la locura de los brownies e hilar dos o tres palabras sensatas, un bocinazo interrumpió mi discurso. Todos miramos en dirección al sonido, que venía de la esquina.
- ¡Mi auto!- grito Diego, mientras corría hacia la esquina.
- ¡Diego! ¡Vení acá!- grite, pero no me hizo caso.
El auto acelero y se fue por una calle de San Telmo. Diego giro en la esquina y desapareció de nuestro campo visual. Nos miramos con Gabriel durante tres segundos. Los rigurosos tres segundos de silencio para evaluar la situación.
- Diego acaba de irse corriendo detrás de su auto...- dije.
- Que probablemente no era su auto... ¿No te diste cuenta que no tenía la antena cruzada sobre el techo?- murmuró Gabriel.
- Diego acaba de irse corriendo detrás de una auto que no es suyo... pensando que era el de él- más problemas, obvio.- La puta madre.
- Y eso no es todo...- Gabriel señalo hacia la vidriera que tenía hipnotizado a Richard.- Mira.
- Son hermosas...- murmur{o Richard. Acto seguido, levantó una piedra y la tiro contra la vidriera llena de muñecas antiguas.
- ¡No, Richard! ¿Qué hacés?- gritamos los dos.
Demasiado tarde.
- Sos hermosas... las muñecas, como te miran- murmuro Richard.- Son hermosas.
Larga una carcajada que retumbo en toda la noche, cuando la mano de Diego se cerró sobre mi cuello. Nota al editor: esto es precisamente lo que se llama “cortar el mambo”. Y es, claro, lo que Diego estaba haciendo conmigo.
- ¡Me robaron el auto!- gritaba Diego en la puerta de la casa, mientras me agarraba del cuello del sweater.- ¿De qué carajo te estas riendo?
- No se, estoy re loco- le respondí, mientras la sonrisa se me iba borrando lentamente de la cara.
- ¡Me robaron el auto! ¡Me robaron el auto!- Diego no paraba de repetir y caminar en círculos por la calle.- ¡Me robaron el auto! ¡Me robaron el auto!
- ¿Y por que no vas a la comisaria?- pregunto Gabriel, y solamente con verlo uno podía adivinar que no había comido un solo brownie. De hecho, toda la experiencia de Gabriel con las drogas se puede resumir en “no, gracias”.
- ¿Sos tarado Gabriel?- gritó Diego.- ¿Con la locura que tengo encima? Seguro me dejan adentro... ¡Me cago en esos brownies!
- Estaban riquísimos- murmure.- Que vaya el “conductor designado”.
- ¿Que?- Diego, con los ojos cansadísimos de sueño.
- Que vaya Gabriel... es el único de nosotros que no comió- chasquee los dedos y sonreí.
- Ni loco voy a la comisaria a hacer la denuncia de un auto que no es mío- Gabriel, excusándose.
- Pero Diego es tu amigo... tenes que hacerlo, no podes dejarlo en ese estado-
- ¿Qué estado?- pregunto Gabriel.
- Drogado y llorando como una nena porque le robaron el auto- señale a Diego, que estaba tirado en el umbral de la casa mientras Jorgelina intentaba tranquilizarlo.
- La puta madre... Hago al denuncia, digo que un amigo me prestó el coche y que...- Gabriel, pensando.
- Deci lo que se te ocurra y...- mientras intentaba pelear contra toda la locura de los brownies e hilar dos o tres palabras sensatas, un bocinazo interrumpió mi discurso. Todos miramos en dirección al sonido, que venía de la esquina.
- ¡Mi auto!- grito Diego, mientras corría hacia la esquina.
- ¡Diego! ¡Vení acá!- grite, pero no me hizo caso.
El auto acelero y se fue por una calle de San Telmo. Diego giro en la esquina y desapareció de nuestro campo visual. Nos miramos con Gabriel durante tres segundos. Los rigurosos tres segundos de silencio para evaluar la situación.
- Diego acaba de irse corriendo detrás de su auto...- dije.
- Que probablemente no era su auto... ¿No te diste cuenta que no tenía la antena cruzada sobre el techo?- murmuró Gabriel.
- Diego acaba de irse corriendo detrás de una auto que no es suyo... pensando que era el de él- más problemas, obvio.- La puta madre.
- Y eso no es todo...- Gabriel señalo hacia la vidriera que tenía hipnotizado a Richard.- Mira.
- Son hermosas...- murmur{o Richard. Acto seguido, levantó una piedra y la tiro contra la vidriera llena de muñecas antiguas.
- ¡No, Richard! ¿Qué hacés?- gritamos los dos.
Demasiado tarde.
lunes, 24 de agosto de 2009
Ah, te vi entre las luces
Todos comieron esos brownies “locos”. Gracias a los sabios consejos de Jorgelina, estaban riquisimos. Por supuesto, todo el mundo pensaba “esto no va a pegar”. Salieron casi 3 bandejas de brownies, cada una con 12 bizcochuelitos. Haciendo oídos sordos a los consejos de Alejandro que repetía una y otra vez “no comas tantos, Pablo, con uno esta bien”, le entre a esos brownies como si fueran la última cena. Y así fue, se multiplicaron los brownies hasta las dos de la mañana. Después de horas de pensar que habíamos hecho algo mal, me quede dormido.
Cuando desperté estaba entrando a la casa de mi vieja pensando “¿qué carajo estoy haciendo acá? Seguro no encontré las llaves de mi departamento”. Entre por la cocina, en un acto reflejo de años anteriores, abrí¬ el microondas para ver si me habían dejado algo de comer. El reloj del micro tiraba la una de la mañana. Camine hasta el living, y pude ver una figura sentada en el sillón que estaba de espaldas al ventanal que da la calle. La luz que entraba por el vidrio tejido, recortaba la sombra, como en las películas. Encendí la luz del living.
- ¿Viejo? ¿Qué carajo estás haciendo acá?- me sorprendió ver a mi viejo a esa hora, sobre todo porque hacía más de 10 años que no vivía ahí.
- No, no soy tu papá- mi viejo se puso de pie y bordeo la mesita ratona. Entonces, entre la luz de la calle y la luz de la pasillo, me dí cuenta que estaba vestido de rojo. Un smoking rojo, oscuro.- Soy el Diablo.
- ¿Qué?
- ¿Qué? No me mires así, no había otro cuerpo disponible.
- ¡Pero mi viejo esta vivo!
- ¿Y qué tiene que ver? Estaba durmiendo, y si esta durmiendo, ¿para que quiere su cuerpo?- abrió los brazos como excusandose.
- Bueno, a ver… sos el Diablo. Sos el Diablo en el cuerpo de mi viejo, que esta durmiento… ¿Qué cagada me mande?
- Nada, vine a decirte que lo estas haciendo muy bien.
- ¿Haciendo bien “qué”? ¿Qué?- pregunté.
- Nada.
- ¿Nada?
- El que “nada”, no se ahoga- respondió el Diablo, que con esta respuesta me terminaba de confirmar dos cosas. Que el Diablo era muy boludo para elegir un cuerpo. O que mi viejo estaba borracho y venía de una fiesta de disfraces.
- ¡Pablo!- gritó Martín.
- ¡Martín!- agarre a Martín de la camisa, despertandome, mientras sacudía las migas de brownies que tenía en mi pantalón.
- ¡Pablo! Vení a la calle… se pudrió todo- dijo Martín, desapareciendo hacia la puerta de calle, desde donde se escuchaba gritar a Diego.
Intente incorporarme dos veces, y volví a caer en el sillón. Diego seguía gritando en la calle, mientras yo hacia mi tercer (y exitoso) intento. Encendí un cigarrillo, el humo me hizo bolsa la garganta.
Cuando estaba llegando a la vereda, la tos -no se cómo- se transformó en risa.
Cuando desperté estaba entrando a la casa de mi vieja pensando “¿qué carajo estoy haciendo acá? Seguro no encontré las llaves de mi departamento”. Entre por la cocina, en un acto reflejo de años anteriores, abrí¬ el microondas para ver si me habían dejado algo de comer. El reloj del micro tiraba la una de la mañana. Camine hasta el living, y pude ver una figura sentada en el sillón que estaba de espaldas al ventanal que da la calle. La luz que entraba por el vidrio tejido, recortaba la sombra, como en las películas. Encendí la luz del living.
- ¿Viejo? ¿Qué carajo estás haciendo acá?- me sorprendió ver a mi viejo a esa hora, sobre todo porque hacía más de 10 años que no vivía ahí.
- No, no soy tu papá- mi viejo se puso de pie y bordeo la mesita ratona. Entonces, entre la luz de la calle y la luz de la pasillo, me dí cuenta que estaba vestido de rojo. Un smoking rojo, oscuro.- Soy el Diablo.
- ¿Qué?
- ¿Qué? No me mires así, no había otro cuerpo disponible.
- ¡Pero mi viejo esta vivo!
- ¿Y qué tiene que ver? Estaba durmiendo, y si esta durmiendo, ¿para que quiere su cuerpo?- abrió los brazos como excusandose.
- Bueno, a ver… sos el Diablo. Sos el Diablo en el cuerpo de mi viejo, que esta durmiento… ¿Qué cagada me mande?
- Nada, vine a decirte que lo estas haciendo muy bien.
- ¿Haciendo bien “qué”? ¿Qué?- pregunté.
- Nada.
- ¿Nada?
- El que “nada”, no se ahoga- respondió el Diablo, que con esta respuesta me terminaba de confirmar dos cosas. Que el Diablo era muy boludo para elegir un cuerpo. O que mi viejo estaba borracho y venía de una fiesta de disfraces.
- ¡Pablo!- gritó Martín.
- ¡Martín!- agarre a Martín de la camisa, despertandome, mientras sacudía las migas de brownies que tenía en mi pantalón.
- ¡Pablo! Vení a la calle… se pudrió todo- dijo Martín, desapareciendo hacia la puerta de calle, desde donde se escuchaba gritar a Diego.
Intente incorporarme dos veces, y volví a caer en el sillón. Diego seguía gritando en la calle, mientras yo hacia mi tercer (y exitoso) intento. Encendí un cigarrillo, el humo me hizo bolsa la garganta.
Cuando estaba llegando a la vereda, la tos -no se cómo- se transformó en risa.
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