La relación con Sandra funcionó durante -valga la redundancia- muchísimo tiempo. Seis años, ya les conté. El típico noviazgo de barrio, muchos años, muy transparente, bien intencionado, con mucho cariño. Detallar cada uno de estos años me obligaría a encarar un proyecto más grande del que tenía pensando cuando publique la primera entrada de este blog. Entonces, vamos con pequeñas postales de nuestro amor por aquella época.
Durante muchos años fuimos casi niñeras de nuestras propias hermanas menores. Yo de Paz y Patricia; Sandra de Noelia, un sol de 5 años cuando empezamos a salir, un terremoto de 11 cuando estalló el apocalipsis. Noelia era una pendeja super simpática, clásica nena de publicidad, linda sonrisa, hermosos ojos y muy dulce. Verla crecer fue un placer. Disfrutábamos mucho ir a la plaza con nuestras hermanas.
Nuestros mundos nunca chocaron. Ella tenía sus amigas, yo tenía mi
grupo de amigos. Disfrutamos las salidas adolescentes siempre que
pudimos. Halley, Bassinger, Altro Mondo, Starlight, La Embajada… recorrimos todos los boliches de moda y los que no estaban de moda también. Juntos, separados o en grupos de amigos.
A partir del tercer año de noviazgo, empezamos a elegir los bares, los recitales o el sillón de su casa un sábado a la noche. Despertábamos como pulpos.
Nuestras madres se hicieron muy amigas. Mi vieja adoraba a Sandra. Era muy común llegar alguna tarde a casa y encontrarlas tomando mate, charlando de nada con mi abuela.
Sandra era muy compañera. Cuando me tocaba trabajar los domingos en el video club, ella siempre se quedaba conmigo toda la tarde. Me ayudaba a acomodar películas, y ordenar un poco todo antes de irme.
A los 21 me fuí a vivir sólo. Como saben, a tres cuadras de casa. Sandra se quedaba a dormir algunos días de la semana y los fines de semana. Cocinabamos, mirabamos alguna película, y dormíamos muy abrazados.
Cuando tuvimos el programa de radio con Gabriel y Mariana Pizza, Sandra dejaba mensajes con distintos nombres, pidiendo temas. Esto fue a los 21, también.
Era casi todo perfecto, soñado, armado y cuidado hasta el mínimo detalle. El amor creció con libertades individuales, sin presiones hasta transformarse en una libertad de dos, con proyectos y metas.
A los 22 años, hablamos de casamiento por primera vez. Lo recuerdo como si fuera ayer. Era un domingo muy gris, hacía frío y venía una tormeta que -según el servicio meteorológico- iba a hacer historia. Empezó a llover.
Mirando la lluvía por la ventana de mi departamento, mientras Sandra dormía sobre mi pecho, tuve el peor de los presentimientos.
Y no me equivoqué.
miércoles, 15 de julio de 2009
lunes, 13 de julio de 2009
La no-historia de un video club y la meta final
A los 18 años deje de trabajar en el puesto de diarios. La decisión llegó motivada por dos factores: empezaba la facultad y mi noviazgo con Sandra venía muy bien.
Los 3 años repartiendo diarios fueron geniales. Mi vieja lo terminó de aceptar cuando llegué destruido luego de aquel partido de billar con mi viejo. En silencio, como si fuera artífice de mi dulce venganza, depositó en mi la ventura de mi éxito. Ahorre bastante plata en esos tres años.
A los 18, pensaba tomarme un año sabático no laboral y dedicarme de lleno a la facultad. No pudo ser. Un sábado a la tarde, Patricio llegó a mi casa agitadísimo.
- Buscan un empleado en el video club de Monroe- dijo.
- ¿Encontraste laburo?
- Tarado, ese trabajo es para vos... anda a ver que onda. Seguro que te toman enseguida- desde chicos, éramos habitúes de ese video club: ahí alquilamos nuestra primera porno, las películas de los Bañeros, y todas las Martes 13. Patricio insistió tanto que fuimos. Y tuvo razón: conseguí ese trabajo.
Mi horario en el video club era de 17 a 22 (lunes a viernes). Sábados de 10 a 13 y de 17 a 22. Mejor imposible.
Trabaje muchos años en el video. De los 18 a los 25, tengo millones de historias en ese negocios, historias de vida, personales, de gente que iba a devolver una película y te contaba su vida fumándose un cigarrillo o tomando un café. Millones e increíbles, fueron muchos años. Tantas que jamás serán contadas en este lugar, porque entonces esto no tendría fin. Suficiente con saber que tuve los dos mejores jefes que pude haber tenido jamás y que por suerte, todavía los sigo viendo a menudo.
El año de mis 18 años fue genial. Tuve mi primera vez con Sandra MuchoTiempo, mi primera vez con Lili Partuza y mi segundo trabajo.
Era mucho trabajo de nuevo, pero algo me decía que los melones se acomodarían solos. Así que trabaje, estudie, disfrute mi relación Sandra y la amistad con mis amigos. Me di todos los gustos y también pude ahorrar.
Por supuesto que en aquella época -si bien era fácil ahorrar, el famoso “uno a uno”- era casi imposible ahorrar en 6 años para comprarse un departamento. Cuando uno es joven no piensa en esas cosas, simplemente se deja llevar. Pero si mi mente volaba, la de mi vieja ya iba por las galaxias más lejanas. Cuando tuve 21 años, la plata que tenia ahorrada (y que había depositado en un plazo fijo a nombre de mi vieja, siguiendo su consejo) me permitió pedir un crédito. Mi mamá fue la titular de un préstamo infinito.
A los 21 años, efectivamente, me fui a vivir solo. Eso sí, a 3 cuadras de mi casa familiar. Todo esto fue también premeditado, y con el sólo hecho de poder ir a mi vieja casa y saquear la heladera de cualquier producto comestible a cualquier hora.
Al final, como decía mi abuela, los melones se acomodaron solos.
Los 3 años repartiendo diarios fueron geniales. Mi vieja lo terminó de aceptar cuando llegué destruido luego de aquel partido de billar con mi viejo. En silencio, como si fuera artífice de mi dulce venganza, depositó en mi la ventura de mi éxito. Ahorre bastante plata en esos tres años.
A los 18, pensaba tomarme un año sabático no laboral y dedicarme de lleno a la facultad. No pudo ser. Un sábado a la tarde, Patricio llegó a mi casa agitadísimo.
- Buscan un empleado en el video club de Monroe- dijo.
- ¿Encontraste laburo?
- Tarado, ese trabajo es para vos... anda a ver que onda. Seguro que te toman enseguida- desde chicos, éramos habitúes de ese video club: ahí alquilamos nuestra primera porno, las películas de los Bañeros, y todas las Martes 13. Patricio insistió tanto que fuimos. Y tuvo razón: conseguí ese trabajo.
Mi horario en el video club era de 17 a 22 (lunes a viernes). Sábados de 10 a 13 y de 17 a 22. Mejor imposible.
Trabaje muchos años en el video. De los 18 a los 25, tengo millones de historias en ese negocios, historias de vida, personales, de gente que iba a devolver una película y te contaba su vida fumándose un cigarrillo o tomando un café. Millones e increíbles, fueron muchos años. Tantas que jamás serán contadas en este lugar, porque entonces esto no tendría fin. Suficiente con saber que tuve los dos mejores jefes que pude haber tenido jamás y que por suerte, todavía los sigo viendo a menudo.
El año de mis 18 años fue genial. Tuve mi primera vez con Sandra MuchoTiempo, mi primera vez con Lili Partuza y mi segundo trabajo.
Era mucho trabajo de nuevo, pero algo me decía que los melones se acomodarían solos. Así que trabaje, estudie, disfrute mi relación Sandra y la amistad con mis amigos. Me di todos los gustos y también pude ahorrar.
Por supuesto que en aquella época -si bien era fácil ahorrar, el famoso “uno a uno”- era casi imposible ahorrar en 6 años para comprarse un departamento. Cuando uno es joven no piensa en esas cosas, simplemente se deja llevar. Pero si mi mente volaba, la de mi vieja ya iba por las galaxias más lejanas. Cuando tuve 21 años, la plata que tenia ahorrada (y que había depositado en un plazo fijo a nombre de mi vieja, siguiendo su consejo) me permitió pedir un crédito. Mi mamá fue la titular de un préstamo infinito.
A los 21 años, efectivamente, me fui a vivir solo. Eso sí, a 3 cuadras de mi casa familiar. Todo esto fue también premeditado, y con el sólo hecho de poder ir a mi vieja casa y saquear la heladera de cualquier producto comestible a cualquier hora.
Al final, como decía mi abuela, los melones se acomodaron solos.
viernes, 10 de julio de 2009
Nada que perder
Aquella tarde, Billarmonía fue testigo de mi derrota.
Muchas personas que conocí a lo largo de mi vida se pensaban expertas jugadoras de pool (o billar o como sea que se llame ese nefasto juego). Esas personas no conocían a mi viejo. Años de práctica le habían otorgado nervios de acero, mirada de lince y movimientos perfectos a la hora de -como se dice en la jerga- “caminar la mesa”.
Mi viejo tenía dos cosas en claro. Primero, nunca se haría millonario jugando al billar. Y la segunda, no se necesitaba ser un jugador profesional para ganar unos cuantos pesos sobre el paño. Con unos sencillos trucos -que escondía en el doble fondo de mangas imaginarias-, mi viejo podía ganar una cantidad importante de dinero en una tarde. Por eso Billarmonía se había transformado en su segundo hogar cuando se separado de mi mamá. A la siesta, cuando cerraba la sastrería, dedicaba dos horas de su tiempo a vaciar bolsillos de los incautos que entraban a Billarmonía sin saber cómo habían llegado. Ganaba dinero con facilidad; y con la misma facilidad lo gastaba en asados para sus amigos y en salidas con su novia de turno.
Pero yo también sabía que la mejor forma de ganarle una partida de billar a mi viejo era -aunque parezca increíble- no jugar una partida de billar con mi viejo. Realmente fue una pena no hacerle caso a mi conciencia -que gritaba a varias voces- que uno de mis principales problemas a los 15 años (además de tantos otros) era mi incapacidad de disparar una bola blanca en una línea recta. Capacidad (si las hay) primordial a la hora de jugar al billar. Sin embargo, tenía que correr el riesgo. Fue entonces cuando mi viejo desplegó todos sus trucos.
La mayoría de estos ases bien guardados (supe más tarde) con formas tan viejas como aberrantes de condicionar el juego de un rival. Esa tarde, mi viejo las utilizó a todas. Me hablaba en el preciso momento que yo disparaba, cuando mi codo iniciaba el impulso. Dicen los expertos que el cuerpo humano se condiciona a partir de actos reflejo y que una sirena de policía a metros de distancia puede acelerar nuestro corazón en segundos.
- ¿Y Pablito? ¿Estas novio ya? Mira que tenes 15 años... ya es hora- preguntó mi viejo. Si el billar tuviera reglas similares a las del fútbol, mi papá estaba cometiendo la primera falta: hablarle al rival cuando esta por ejecutar un tiro. Tarjeta amarilla.
La tarjeta roja llegaría más tarde cuando caminaba alrededor de la mesa provocando una serie de movimientos de distracción perfectos que asesinaban mi sistema simpático. Pero como el billar no es el fútbol y no hay ningún árbitro que cobre semejantes faltas sin ningún castigo; desde toser en el momento del disparo hasta dejar caer la tiza en el paño. Todos, y cada uno de ellos, ases perfectamente ejecutados para ganar. Y así fue.
- ¿Le estas enseñando a tu hijo a jugar al billar, Luis?- preguntó Francisco desde la barra.
- No, le estoy enseñando a perder- dijo. Mi viejo metió la última bola y sonrió, mirándome como aquella tarde de la bicicleta sin rueditas.
Entonces me di cuenta que mi viejo jamás me iba a ayudar a cumplir el sueño del departamento. Y lo odie con toda mi alma. Esa fue la tercera vez que odie a mi viejo.
Me fui de Billarmonía tragando lágrimas. Lo increíble de todo fue que cuando doblé la primera esquina, sentí como si nunca hubiese ido a ese bar. Olvide la forma de llegar durante años. Y eso no estuvo mal.
No tenía nada que hacer ahí.
Muchas personas que conocí a lo largo de mi vida se pensaban expertas jugadoras de pool (o billar o como sea que se llame ese nefasto juego). Esas personas no conocían a mi viejo. Años de práctica le habían otorgado nervios de acero, mirada de lince y movimientos perfectos a la hora de -como se dice en la jerga- “caminar la mesa”.
Mi viejo tenía dos cosas en claro. Primero, nunca se haría millonario jugando al billar. Y la segunda, no se necesitaba ser un jugador profesional para ganar unos cuantos pesos sobre el paño. Con unos sencillos trucos -que escondía en el doble fondo de mangas imaginarias-, mi viejo podía ganar una cantidad importante de dinero en una tarde. Por eso Billarmonía se había transformado en su segundo hogar cuando se separado de mi mamá. A la siesta, cuando cerraba la sastrería, dedicaba dos horas de su tiempo a vaciar bolsillos de los incautos que entraban a Billarmonía sin saber cómo habían llegado. Ganaba dinero con facilidad; y con la misma facilidad lo gastaba en asados para sus amigos y en salidas con su novia de turno.
Pero yo también sabía que la mejor forma de ganarle una partida de billar a mi viejo era -aunque parezca increíble- no jugar una partida de billar con mi viejo. Realmente fue una pena no hacerle caso a mi conciencia -que gritaba a varias voces- que uno de mis principales problemas a los 15 años (además de tantos otros) era mi incapacidad de disparar una bola blanca en una línea recta. Capacidad (si las hay) primordial a la hora de jugar al billar. Sin embargo, tenía que correr el riesgo. Fue entonces cuando mi viejo desplegó todos sus trucos.
La mayoría de estos ases bien guardados (supe más tarde) con formas tan viejas como aberrantes de condicionar el juego de un rival. Esa tarde, mi viejo las utilizó a todas. Me hablaba en el preciso momento que yo disparaba, cuando mi codo iniciaba el impulso. Dicen los expertos que el cuerpo humano se condiciona a partir de actos reflejo y que una sirena de policía a metros de distancia puede acelerar nuestro corazón en segundos.
- ¿Y Pablito? ¿Estas novio ya? Mira que tenes 15 años... ya es hora- preguntó mi viejo. Si el billar tuviera reglas similares a las del fútbol, mi papá estaba cometiendo la primera falta: hablarle al rival cuando esta por ejecutar un tiro. Tarjeta amarilla.
La tarjeta roja llegaría más tarde cuando caminaba alrededor de la mesa provocando una serie de movimientos de distracción perfectos que asesinaban mi sistema simpático. Pero como el billar no es el fútbol y no hay ningún árbitro que cobre semejantes faltas sin ningún castigo; desde toser en el momento del disparo hasta dejar caer la tiza en el paño. Todos, y cada uno de ellos, ases perfectamente ejecutados para ganar. Y así fue.
- ¿Le estas enseñando a tu hijo a jugar al billar, Luis?- preguntó Francisco desde la barra.
- No, le estoy enseñando a perder- dijo. Mi viejo metió la última bola y sonrió, mirándome como aquella tarde de la bicicleta sin rueditas.
Entonces me di cuenta que mi viejo jamás me iba a ayudar a cumplir el sueño del departamento. Y lo odie con toda mi alma. Esa fue la tercera vez que odie a mi viejo.
Me fui de Billarmonía tragando lágrimas. Lo increíble de todo fue que cuando doblé la primera esquina, sentí como si nunca hubiese ido a ese bar. Olvide la forma de llegar durante años. Y eso no estuvo mal.
No tenía nada que hacer ahí.
miércoles, 8 de julio de 2009
Tela, tango, taco y tiza
Mientras caminaba por el costado de la estación Villa Urquiza tenía dos cosas en mente. La primera, encontrar Billarmonía. La segunda, encontrar a mi viejo. Probablemente hubiera sido mucho más fácil ir a su casa. Claro, si él hubiera atendido el teléfono alguna de las veces que intente ubicarlo.
Según supe años más tarde, encontrar Billarmonía era una tarea irrealizable. Un bar escondido, cerca de la estación, lleno de billares, cigarrillos y picadas infinitas. Lo encontré. A la hora de escribir estas líneas, es imposible relatar cómo lo encontré, simplemente llegué a la puerta del lugar. Billarmonía es un lugar que tiene su propia historia, su propia gente y resumirla en dos o tres renglones no estaría bueno. Además, le quitaría la magia de lo inubicable. Tengo muchas historias sobre el bar, pero no ahora, no este momento.
Y ahí estaba mi viejo, sentado en una mesa cerca de la barra. Me compró una Pepsi, hablamos un buen rato mientras yo le explicaba mi plan: ahorrar la mayor cantidad de dinero posible para irme a vivir solo a los 21. Mi viejo soltó una carcajada muy fuerte.
- Sos muy chico para tener tantas pretensiones.
- ¿Qué tiene de malo?
- No se si esta bueno. Podes caerte y golpearte muy duro. Me parece una boludez que pienses en eso ahora. Disfruta tu vida, no labures, estudia y hacele caso a tu vieja y a tu abuela, cuida a tus hermanas.
- La abuela dice que esta bien tener sueños y metas.
- La abuela es muy inteligente. Es una buena mujer, como tu mamá- ese era el truco de mi viejo, desviar la conversación cuando uno menos lo espera, esa tarde no iba a tener suerte.
- Necesito que me des plata, que pongamos una suma por semana para que yo pueda ahorrar- lo mire a los ojos, seriamente.
En el fondo de Billarmonía, un mozo -Francisco, según supe- limpiaba un escenario pequeño mientras el ruido seco de los tacos de billar golpeando las bolas persistía, a pesar de la música y del murmullo.
- No tengo plata, Pablito- dijo mi viejo.
- Pero vos trabajas... tenes que tener plata. La gente que trabaja tiene plata.
- Yo no. Los zurcidos invisibles ya no son tan codiciados- mi viejo era sastre, de los buenos.
Francisco se acercó a nuestra mesa.
- Tenes suerte, pibe. Hoy canta tu viejo- dijo, palmeandome la espalda.- Entras ahora, Luis- si, mi viejo cantaba tangos.
- Canto mas tarde, Francisco. Mi hijo no quiere escucharme cantar, no vino para eso- dijo mi viejo sonriendo.- Te voy a decir lo que vamos a hacer... Vamos a jugar al billar. Si me ganas, te doy mi palabra que todos los viernes yo te voy a dar algo de plata para que vayas juntando. ¿Qué te parece?
Mi viejo tenía un sentido del humor muy raro. Pongamos un poco la perspectiva. En navidad, es el tipo que hace la pirámide con las copas de cristal de la abuela. El que rompe toda la cristalería en un segundo, el que le ata petardos a los gatos en la cola. Mi viejo sabía muy bien lo que hacia aquella tarde.
- Esta bien, papá. Juguemos- dije agarrando la tiza de billar que mi viejo me arrojaba por encima de la mesa.
Según supe años más tarde, encontrar Billarmonía era una tarea irrealizable. Un bar escondido, cerca de la estación, lleno de billares, cigarrillos y picadas infinitas. Lo encontré. A la hora de escribir estas líneas, es imposible relatar cómo lo encontré, simplemente llegué a la puerta del lugar. Billarmonía es un lugar que tiene su propia historia, su propia gente y resumirla en dos o tres renglones no estaría bueno. Además, le quitaría la magia de lo inubicable. Tengo muchas historias sobre el bar, pero no ahora, no este momento.
Y ahí estaba mi viejo, sentado en una mesa cerca de la barra. Me compró una Pepsi, hablamos un buen rato mientras yo le explicaba mi plan: ahorrar la mayor cantidad de dinero posible para irme a vivir solo a los 21. Mi viejo soltó una carcajada muy fuerte.
- Sos muy chico para tener tantas pretensiones.
- ¿Qué tiene de malo?
- No se si esta bueno. Podes caerte y golpearte muy duro. Me parece una boludez que pienses en eso ahora. Disfruta tu vida, no labures, estudia y hacele caso a tu vieja y a tu abuela, cuida a tus hermanas.
- La abuela dice que esta bien tener sueños y metas.
- La abuela es muy inteligente. Es una buena mujer, como tu mamá- ese era el truco de mi viejo, desviar la conversación cuando uno menos lo espera, esa tarde no iba a tener suerte.
- Necesito que me des plata, que pongamos una suma por semana para que yo pueda ahorrar- lo mire a los ojos, seriamente.
En el fondo de Billarmonía, un mozo -Francisco, según supe- limpiaba un escenario pequeño mientras el ruido seco de los tacos de billar golpeando las bolas persistía, a pesar de la música y del murmullo.
- No tengo plata, Pablito- dijo mi viejo.
- Pero vos trabajas... tenes que tener plata. La gente que trabaja tiene plata.
- Yo no. Los zurcidos invisibles ya no son tan codiciados- mi viejo era sastre, de los buenos.
Francisco se acercó a nuestra mesa.
- Tenes suerte, pibe. Hoy canta tu viejo- dijo, palmeandome la espalda.- Entras ahora, Luis- si, mi viejo cantaba tangos.
- Canto mas tarde, Francisco. Mi hijo no quiere escucharme cantar, no vino para eso- dijo mi viejo sonriendo.- Te voy a decir lo que vamos a hacer... Vamos a jugar al billar. Si me ganas, te doy mi palabra que todos los viernes yo te voy a dar algo de plata para que vayas juntando. ¿Qué te parece?
Mi viejo tenía un sentido del humor muy raro. Pongamos un poco la perspectiva. En navidad, es el tipo que hace la pirámide con las copas de cristal de la abuela. El que rompe toda la cristalería en un segundo, el que le ata petardos a los gatos en la cola. Mi viejo sabía muy bien lo que hacia aquella tarde.
- Esta bien, papá. Juguemos- dije agarrando la tiza de billar que mi viejo me arrojaba por encima de la mesa.
lunes, 6 de julio de 2009
Leyendas barriales (Made in Villa Urquiza)
- El día que me necesites voy a estar en Billarmonía- fue lo último que dijo mi viejo cuando se fue de casa. Solamente eso.
En Villa Urquiza tenemos dos o tres leyendas barriales. A saber, la siniestra historia de la niñera de la calla Bucarelli, el simpático caso de Franelita y -la leyenda mística- el bar escondido llamado Billarmonía. Cada una de estas historias tiene distintas funcionalidad. El caso de la niñera sirve para asustar a los chicos, no hay más vueltas. La historia de Franelita provoca ternura y alguna que otra lágrima. Ahora, lo de Billarmonía es otra cosa. Esta leyenda solamente tenía por función sembrar la incógnita indescifrable de algo que jamás podía probarse. La única forma de hacerlo era intentar buscarlo -casi siempre- con poco éxito.
Según cuenta el boca en boca, Billarmonía se encuentra sobre alguna calle lindante a la estación Villa Urquiza. El cómo, por dónde y cuándo, corre por cuenta de incauto que intenta encontrarlo.
- ¿Vas a ir a hablar con papá? Vos estas loco- dijo Pilar demasiado tarde, porque ya había cerrado la puerta de casa dirigiéndome a la estación Villa Urquiza.
En Villa Urquiza tenemos dos o tres leyendas barriales.
Por gracia y obra del destino pude dar fe de todas ellas.
Si, de las tres.
En Villa Urquiza tenemos dos o tres leyendas barriales. A saber, la siniestra historia de la niñera de la calla Bucarelli, el simpático caso de Franelita y -la leyenda mística- el bar escondido llamado Billarmonía. Cada una de estas historias tiene distintas funcionalidad. El caso de la niñera sirve para asustar a los chicos, no hay más vueltas. La historia de Franelita provoca ternura y alguna que otra lágrima. Ahora, lo de Billarmonía es otra cosa. Esta leyenda solamente tenía por función sembrar la incógnita indescifrable de algo que jamás podía probarse. La única forma de hacerlo era intentar buscarlo -casi siempre- con poco éxito.
Según cuenta el boca en boca, Billarmonía se encuentra sobre alguna calle lindante a la estación Villa Urquiza. El cómo, por dónde y cuándo, corre por cuenta de incauto que intenta encontrarlo.
- ¿Vas a ir a hablar con papá? Vos estas loco- dijo Pilar demasiado tarde, porque ya había cerrado la puerta de casa dirigiéndome a la estación Villa Urquiza.
En Villa Urquiza tenemos dos o tres leyendas barriales.
Por gracia y obra del destino pude dar fe de todas ellas.
Si, de las tres.
viernes, 3 de julio de 2009
El episodio de la bicicleta y los cuatro odios
Odie a mi viejo cuatro veces en toda mi existencia.
La segunda fue cuando se separó de mi vieja y no tuvo el valor de decirnos que se iba a ir de casa para no volver nunca más. Pilar y yo nos merecíamos una explicación, algo mejor que llevarse una valija con algo de ropa durante la madrugada. Yo tenía 9, Pilar 8 y las mellizas tenían 4 años. No hay mucho mas que decir.
La tercera vez fue cuando fui a hablarle del departamento. Nunca me sentí tan humillado en la vida.
Bueno, en realidad, sí... fue en el episodio de la bicicleta.
Tenía 7 años cuando mi viejo decidió que había llegado la hora. Me llevó de la mano a la plaza Marcos Sastre (en Miller y Monroe), mientras con su mano libre, intentaba maniobrar mi última regalo de navidad. Una bicicleta Aurorita de color azul, con timbre, espejito y... sin rueditas. En menos de media hora, mi viejo me regaló todos sus conocimientos ciclísticos. El arte de andar en bicicletas sin rueditas comprendía elementos tan fundamentales como: el equilibrio, la mirada hacia delante, el truco del espejo y -sobre todo- las rodillas bien derechas.
Luego de varias caídas -cuando el sol de la tarde ya se estaba yendo- y al borde del llanto, supliqué una digna retirada. Y “digno” era casi un elogio, teniendo en cuenta mis continuos fracasos.
- Ultima vez... yo te sostengo todo el recorrido, es solamente para que practiques el equilibrio- dijo mi papá, sosteniendo el asiento de la bici desde abajo.
- Quiero volver a casa, pa.
- Ultima vez...- insistió.
- No me quiero caer mas- tragué saliva y algunas lágrimas.
- Ultima vez, no te voy a soltar... lo prometo- y yo le creí.
Durante algunos metros pude sentir su voz muy cerca de mi espalda, sujetando firmemente la bicicleta. Su voz que me decía que busque un punto fijo, que no mire hacia abajo y que... cada vez estaba mas lejos y era casi inaudible. Giré mi cabeza, y miré hacia atrás. Mi viejo estaba a mitad de cuadra -sonriendo- buscando algún cigarrillo en su campera. Lo siguiente fue mi cabeza golpeando en un banco de cemento y un chichón del tamaño de una pelota de tenis. Mi bicicleta cayendo del lado del espejo, que termino rompiéndose en pequeños pedacitos que se incrustaron en mi rodilla. El cosquilleo en mi pierna -mezcla de ardor, sangre y raspadura- hizo que en segundos ejecute un llanto en do menor que escuchó toda la plaza.
- Dijiste que ibas a sostener la bicicleta- le dije mientras volvíamos a casa.
- Mentí- mi viejo me sacudió la cabeza y contempló un segundo la bicicleta.- Se rompió el espejo... ¿Sabías que son siete años de mala suerte?
La primera vez que odie a mi viejo fue en el episodio de la bicicleta.
La cuarta vez que lo odie fue cuando se murió sin que le pudiera decir cuanto lo quise.
Todavía sigo esperando los siete años de mala suerte.
La segunda fue cuando se separó de mi vieja y no tuvo el valor de decirnos que se iba a ir de casa para no volver nunca más. Pilar y yo nos merecíamos una explicación, algo mejor que llevarse una valija con algo de ropa durante la madrugada. Yo tenía 9, Pilar 8 y las mellizas tenían 4 años. No hay mucho mas que decir.
La tercera vez fue cuando fui a hablarle del departamento. Nunca me sentí tan humillado en la vida.
Bueno, en realidad, sí... fue en el episodio de la bicicleta.
Tenía 7 años cuando mi viejo decidió que había llegado la hora. Me llevó de la mano a la plaza Marcos Sastre (en Miller y Monroe), mientras con su mano libre, intentaba maniobrar mi última regalo de navidad. Una bicicleta Aurorita de color azul, con timbre, espejito y... sin rueditas. En menos de media hora, mi viejo me regaló todos sus conocimientos ciclísticos. El arte de andar en bicicletas sin rueditas comprendía elementos tan fundamentales como: el equilibrio, la mirada hacia delante, el truco del espejo y -sobre todo- las rodillas bien derechas.
Luego de varias caídas -cuando el sol de la tarde ya se estaba yendo- y al borde del llanto, supliqué una digna retirada. Y “digno” era casi un elogio, teniendo en cuenta mis continuos fracasos.
- Ultima vez... yo te sostengo todo el recorrido, es solamente para que practiques el equilibrio- dijo mi papá, sosteniendo el asiento de la bici desde abajo.
- Quiero volver a casa, pa.
- Ultima vez...- insistió.
- No me quiero caer mas- tragué saliva y algunas lágrimas.
- Ultima vez, no te voy a soltar... lo prometo- y yo le creí.
Durante algunos metros pude sentir su voz muy cerca de mi espalda, sujetando firmemente la bicicleta. Su voz que me decía que busque un punto fijo, que no mire hacia abajo y que... cada vez estaba mas lejos y era casi inaudible. Giré mi cabeza, y miré hacia atrás. Mi viejo estaba a mitad de cuadra -sonriendo- buscando algún cigarrillo en su campera. Lo siguiente fue mi cabeza golpeando en un banco de cemento y un chichón del tamaño de una pelota de tenis. Mi bicicleta cayendo del lado del espejo, que termino rompiéndose en pequeños pedacitos que se incrustaron en mi rodilla. El cosquilleo en mi pierna -mezcla de ardor, sangre y raspadura- hizo que en segundos ejecute un llanto en do menor que escuchó toda la plaza.
- Dijiste que ibas a sostener la bicicleta- le dije mientras volvíamos a casa.
- Mentí- mi viejo me sacudió la cabeza y contempló un segundo la bicicleta.- Se rompió el espejo... ¿Sabías que son siete años de mala suerte?
La primera vez que odie a mi viejo fue en el episodio de la bicicleta.
La cuarta vez que lo odie fue cuando se murió sin que le pudiera decir cuanto lo quise.
Todavía sigo esperando los siete años de mala suerte.
martes, 30 de junio de 2009
Que no se entere mamá
Siempre fui una persona bastante metódica. Para todo tengo que tener un “plan”, una forma de progresión que me permita acceder a mi meta. En aquel caso: irme a vivir solo. Luego de varias noches sin dormir, decidí que tenía una buena estrategia. Tenía 6 años para lograrla. Las tres líneas de acción que iba a desarrollar tenían el mismo denominador común: conseguir la mayor cantidad de guita posible.
Las tres bases de mi futura fortuna eran: mi abuela, el dueño del puesto de diarios de la estación y mi viejo.
Con mi abuela era todo pan comido. La vieja mas noble no podía ser, se desvivía por su nieto, estaba clarísimo que yo era el preferido, seguido por Pilar, y luego por las mellizas. Era increíble mi abuela. Cuando mis viejos se separaron y mi mamá tuvo que elegir entre criar a sus hijos y salir a laburar para darles lo mejor, eligió lo segundo. Mi abuela también hizo su elección, se mudó con nosotros. La vieja estaba reloca y fue la alegría de la casa durante años, el cable a tierra de mi mamá. Mi abuela se encargaba de todo, las compras, la casa, las sociales con los vecinos, con los negocios del barrio, con el dueño del puesto de diarios de la estación Drago.
- ¿Vos queres que yo le pida laburo a Ramón para vos?- pregunto mi abuela.
- Si, a mi no me va a dar bola.
- Pero te vas a tener que despertar a las 5 de la mañana... ¿estas seguro? No te va a dejar tu madre. El colegio es mañana y tarde, vas a terminar re cansado.
- Quiero empezar a juntar plata para el viaje a Bariloche- mentira.
- Si se entera tu vieja nos mata a los dos.
- No se va a enterar, abue. Tengo todos los horarios sincronizados. Es imposible que mamá se entere, por lo menos... durante un año.
Dos horas después de esta charla, ya tenía trabajo: repartía diarios de 5.30 a 7 de la mañana. La mayoría de las veces lo tuve que hacer con el uniforme del colegio: pantalón de franela gris, bleizer verde, camisa blanca, corbata verde. La última tanda de diarios era la de mi casa; por lo tanto, terminaba y entraba a desayunar y me iba al colegio, y mi vieja todavía seguía durmiendo.
Contra todos los pronosticos, un día mi vieja tuvo que entrar antes a su trabajo, fue a tomar el tren de la estación y se le ocurrió comprar el diario. Ahí esta yo, con el morral de los diarios a un costado, los dedos llenos de tinta y los ojos de mi vieja como platos. Luego de varias charlas angustiosas en donde mi vieja lloraba y ponía las mil excusas para que deje de hacer eso; mi abuela intercedió y tuvimos una convivencia laboral bastante feliz. Trabaje repartiendo diarios desde los 15 a los 18. Ramón me dejaba traerme revistas a casa, me leí todas las revistas de la Editorial Columba y las mejicanas de superhéroes de la Editorial Novaro. Casi hubiera trabajo gratis.
Habiendo logrado carambolear a mi abuela con Ramón, la última pieza que faltaba para incrementar mis ingresos mensuales era mi viejo.
Y este era el verdadero problema.
Las tres bases de mi futura fortuna eran: mi abuela, el dueño del puesto de diarios de la estación y mi viejo.
Con mi abuela era todo pan comido. La vieja mas noble no podía ser, se desvivía por su nieto, estaba clarísimo que yo era el preferido, seguido por Pilar, y luego por las mellizas. Era increíble mi abuela. Cuando mis viejos se separaron y mi mamá tuvo que elegir entre criar a sus hijos y salir a laburar para darles lo mejor, eligió lo segundo. Mi abuela también hizo su elección, se mudó con nosotros. La vieja estaba reloca y fue la alegría de la casa durante años, el cable a tierra de mi mamá. Mi abuela se encargaba de todo, las compras, la casa, las sociales con los vecinos, con los negocios del barrio, con el dueño del puesto de diarios de la estación Drago.
- ¿Vos queres que yo le pida laburo a Ramón para vos?- pregunto mi abuela.
- Si, a mi no me va a dar bola.
- Pero te vas a tener que despertar a las 5 de la mañana... ¿estas seguro? No te va a dejar tu madre. El colegio es mañana y tarde, vas a terminar re cansado.
- Quiero empezar a juntar plata para el viaje a Bariloche- mentira.
- Si se entera tu vieja nos mata a los dos.
- No se va a enterar, abue. Tengo todos los horarios sincronizados. Es imposible que mamá se entere, por lo menos... durante un año.
Dos horas después de esta charla, ya tenía trabajo: repartía diarios de 5.30 a 7 de la mañana. La mayoría de las veces lo tuve que hacer con el uniforme del colegio: pantalón de franela gris, bleizer verde, camisa blanca, corbata verde. La última tanda de diarios era la de mi casa; por lo tanto, terminaba y entraba a desayunar y me iba al colegio, y mi vieja todavía seguía durmiendo.
Contra todos los pronosticos, un día mi vieja tuvo que entrar antes a su trabajo, fue a tomar el tren de la estación y se le ocurrió comprar el diario. Ahí esta yo, con el morral de los diarios a un costado, los dedos llenos de tinta y los ojos de mi vieja como platos. Luego de varias charlas angustiosas en donde mi vieja lloraba y ponía las mil excusas para que deje de hacer eso; mi abuela intercedió y tuvimos una convivencia laboral bastante feliz. Trabaje repartiendo diarios desde los 15 a los 18. Ramón me dejaba traerme revistas a casa, me leí todas las revistas de la Editorial Columba y las mejicanas de superhéroes de la Editorial Novaro. Casi hubiera trabajo gratis.
Habiendo logrado carambolear a mi abuela con Ramón, la última pieza que faltaba para incrementar mis ingresos mensuales era mi viejo.
Y este era el verdadero problema.
lunes, 29 de junio de 2009
La teoría del Big Bangay
Casi casi al inicio de los tiempos, ocurrió el Big Bang de todas las acciones que marcaron mi vida. La culpa la tuvo Pilar cuando -una vez mas- entró a mi cuarto sin golpear. Esto nos ubicaría antes de conocer a Sandra; y más o menos cuando el Colorado Mattiuzi le toco el culo a Paula Miano y cuando Martín empezó el juego de “la lista”. Pero lo mas relevante de todo fue otra cosa.
- ¡Te dije que golpees antes de entrar!- le grité.
- La puerta estaba abierta. ¿Para qué tenes llave si no la usas?
- Pilar, la puerta estaba cerrada. “Sin llave” pero cerrada.
- No importa, escucha, escucha, escucha…- Pilar se tiró en mi cama, apoyandose en la pared.- Mamá acaba de rajar a las tías de casa…
- ¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Criticaban su forma de criarnos como siempre?
- No… las rajo porque la tía Marta le preguntó a mamá si…- hizo la famosa pausa pilaresca, entrecerró sus ojos, y me miro con una sonrisa de maldad.- La tía Marta le pregunto a mamá si vos no te gustaban las chicas…
- ¿Qué?
- Si eras maricón, Pablo. Porque con la tía Marta y la tía Alba apostaron que vos eras maricón.
- ¿Qué? ¿Por qué?
- “Porque esta creciendo en una casa con cuatro mujeres” según la tía- Pilar empezó a reir.
- ¿¿¿¡¡¡Por qué!!!???- volví a gritar
- Bueno, algo tenés que hacer porque las tías ya encencieron el radar. De ahora en más cada vez que esten las tías habla de fútbol, coches…
Y eso fue lo que hice, pero no sirvió de nada, porque me di cuenta que cualquier cosa que yo haga encendía el ”gaydar” de mis tías. El “gaydar” es el radar que tenían mis tías para detectar mi nivel de putez en cada reunión familiar. Radar que yo mismo me encargué de romper el día que me encontraron en el living de casa con Pilar, Patricia y Paz cantando y haciendo una coreografía super graciosa de “La extraña dama” de Valeria Lynch. Ese día no hubo medida capaz de contener tanta putez junta y se rompió. Lo supe cuando ví sus caras de “pobre, que maricón salió”.
Pero también aquella tarde, ocurrió otro hecho histórico: me di cuenta que, de seguir por ese camino, mis tías iban a tener razón. No era normal eso. Por supuesto que, años mas tarde, entendí que en aquella coreografía había mucho mas que un chico marcado por sus tías como futuro incierto, había un hermano que se divertía sanamente con sus hermanas. Pero el problema era entonces. Y entonces, tenía que hacer algo.
A los 15 años, decidí que a los 21 me iba a vivir solo. Como sea.
- ¡Te dije que golpees antes de entrar!- le grité.
- La puerta estaba abierta. ¿Para qué tenes llave si no la usas?
- Pilar, la puerta estaba cerrada. “Sin llave” pero cerrada.
- No importa, escucha, escucha, escucha…- Pilar se tiró en mi cama, apoyandose en la pared.- Mamá acaba de rajar a las tías de casa…
- ¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Criticaban su forma de criarnos como siempre?
- No… las rajo porque la tía Marta le preguntó a mamá si…- hizo la famosa pausa pilaresca, entrecerró sus ojos, y me miro con una sonrisa de maldad.- La tía Marta le pregunto a mamá si vos no te gustaban las chicas…
- ¿Qué?
- Si eras maricón, Pablo. Porque con la tía Marta y la tía Alba apostaron que vos eras maricón.
- ¿Qué? ¿Por qué?
- “Porque esta creciendo en una casa con cuatro mujeres” según la tía- Pilar empezó a reir.
- ¿¿¿¡¡¡Por qué!!!???- volví a gritar
- Bueno, algo tenés que hacer porque las tías ya encencieron el radar. De ahora en más cada vez que esten las tías habla de fútbol, coches…
Y eso fue lo que hice, pero no sirvió de nada, porque me di cuenta que cualquier cosa que yo haga encendía el ”gaydar” de mis tías. El “gaydar” es el radar que tenían mis tías para detectar mi nivel de putez en cada reunión familiar. Radar que yo mismo me encargué de romper el día que me encontraron en el living de casa con Pilar, Patricia y Paz cantando y haciendo una coreografía super graciosa de “La extraña dama” de Valeria Lynch. Ese día no hubo medida capaz de contener tanta putez junta y se rompió. Lo supe cuando ví sus caras de “pobre, que maricón salió”.
Pero también aquella tarde, ocurrió otro hecho histórico: me di cuenta que, de seguir por ese camino, mis tías iban a tener razón. No era normal eso. Por supuesto que, años mas tarde, entendí que en aquella coreografía había mucho mas que un chico marcado por sus tías como futuro incierto, había un hermano que se divertía sanamente con sus hermanas. Pero el problema era entonces. Y entonces, tenía que hacer algo.
A los 15 años, decidí que a los 21 me iba a vivir solo. Como sea.
viernes, 26 de junio de 2009
Victoria, este blog y mínimas consideraciones
No es que me moría de ganas de tener este blog. Simplemente me parecía una buena idea a la hora de calmar las aguas, un cable a tierra. Es medio raro, a veces pienso que si hubiera elegido ser bombero, mi cable a tierra sería apagar el fuego de los asados. Raro que alguien que se dedica a escribir durante una buena cantidad de horas al día, elija escribir para relajarse. Así que lo asumí como una forma de tranquilizarme y bajar unos cambios a la noche, a la mañana o cuando sea. Me gustaba la idea de contarlo todo, de darle forma. Lo que no me imaginaba era que la sola mención, hubiera generado semejantes inseguridades en Victoria. Pero de algo estaba seguro, yo nunca la oculte nada y no estaba buena la idea de empezar con esto. Así que le hice una propuesta que no iba a poder rechazar, lo de que esto tuviera un fin.
- ¿Civil o iglesia?- sonrió Victoria.
- No sabia que nos íbamos a casar por iglesia.
- Ahora, si. Quiero.
- Bueno... iglesia, entonces. Un día después de casarnos por iglesia termina el blog.
- ¿Un año? No te va a alcanzar un año para contar toda tu vida.
- No voy a contar toda mi vida, voy a contar momentos. Momentos que me marcaron cosas que pasaron con mis amigos, de mi gente, de vos, de cosas...
- Y con “todas tus ex”, claro- dijo Victoria, tomando mate y... ¡Bingo!
- ¡Buenísimo! Que buen nombre... Si... con “todas mis ex”. Genial.
- Tenes que contar como nos conocimos.
- Lo voy a contar.
- Y lo del disfraz de monito.
- También...
- Lo del disfraz de monito no puede faltar- puntualizó.- Creo que es lo más gracioso que escuche en mi vida. Y... ¿Vas a contar de tu viejo?
- Uhmmm...- culebrazo al corazón, trague saliva.- Si... también.
- Que bueno...- miro al río, y cambió de tema rápidamente.- Lo de la brasilera, conta. Esa también fue buenísima.
- ¡Y lo del Pettoruti!- las anécdotas venían una y otra vez golpeando la puerta de mi memoria.
- Lo del Pettoruti tampoco puede faltar... ¡Y lo de AnaSesina!- Victoria empezó a reir.
- Que miedo, boluda... Si, eso también- le dije, abrazándola.- ¿No es para tanto, viste? Digo, lo del blog.
- No, no es para tanto- dijo seriamente.- No vas a poder contar todo en un año. No te va alcanzar... y menos con todo el laburo que tenes, no vas a llegar.
- Me gustan los desafíos con deadline...
- No vas a llegar...
- Ya te estas poniendo re editora. Me gusta.
- Mas te vale que me entregues buen material, Parker...- Peter Parker, Spiderman... Victoria me guió un ojo.- Ah... una cosa mas... me reservo el derecho de criticarte todo lo que escribís como lo hice siempre. Y si no me gusta lo que estas haciendo, lo cambias... No voy a perder tiempo leyendo boludeces.
- ¿Eh?
- Eh... “nada”- le dio un último sobro al mate y miro la yerba.- El agua esta fría. ¿Vamos?
- Si, querida- le dije, ya no podía decir nada más.
No esta tan mal después de todo. Victoria lee el blog; claro. Y tampoco es que esto cambio mucha nuestra relación. ¿Tendría que haberlo hecho? Por suerte, ella y yo nos parecemos bastante en algunas cosas. Ser parte de la solución, siempre; y nunca parte del problema. Y el blog, este blog, nunca lo fue. Claro, Victoria lee este blog, si esa era la pregunta. ¿Qué opina? Se reserva el derecho de opinar algunas veces; y otras tantas, opina y critica. Fue la primera en decirme que abría muchas puertas y era un kilombo leer el blog. Corregí eso, dando a cada historia el disfrute del momento, su espacio en el blog. También fue la primera en decirme que nunca jamás termine de contar qué sucedió con María Cabezazo, cómo conocí a Laurita Mística y por qué Paula Miano es tan importante en toda esta historia de "mis" momentos.
Pero Victoria es mucho más importante que esto. Así como -sin saberlo- nombró este blog, también fue la persona que corrigió mis dos novelas, mis tres obras de teatro (si, también le puso nombre a dos de tres), la que lee mis notas sobre educación en la editorial, la que me pagaba el cine cuando un productor teatral nos chupó una obra dejandome -literalmente- sin un mango durante seis meses, la que siempre me dice que trabaje menos, pero a la vez me rompe las bolas para que acepte el nombramiento del Taller Literario en otra editorial. Es la editora perfecta, la sonrisa perfecta, la mano alrededor de mi cintura cuando me duermo,la persona que poco a poco rompió el bunker de amigos. Ah... tantas cosas es Victoria, es la mujer que elegí, la que quiero que este ahí -esperando- cuando termine este viaje.
Aunque no me alcance un año.
- ¿Civil o iglesia?- sonrió Victoria.
- No sabia que nos íbamos a casar por iglesia.
- Ahora, si. Quiero.
- Bueno... iglesia, entonces. Un día después de casarnos por iglesia termina el blog.
- ¿Un año? No te va a alcanzar un año para contar toda tu vida.
- No voy a contar toda mi vida, voy a contar momentos. Momentos que me marcaron cosas que pasaron con mis amigos, de mi gente, de vos, de cosas...
- Y con “todas tus ex”, claro- dijo Victoria, tomando mate y... ¡Bingo!
- ¡Buenísimo! Que buen nombre... Si... con “todas mis ex”. Genial.
- Tenes que contar como nos conocimos.
- Lo voy a contar.
- Y lo del disfraz de monito.
- También...
- Lo del disfraz de monito no puede faltar- puntualizó.- Creo que es lo más gracioso que escuche en mi vida. Y... ¿Vas a contar de tu viejo?
- Uhmmm...- culebrazo al corazón, trague saliva.- Si... también.
- Que bueno...- miro al río, y cambió de tema rápidamente.- Lo de la brasilera, conta. Esa también fue buenísima.
- ¡Y lo del Pettoruti!- las anécdotas venían una y otra vez golpeando la puerta de mi memoria.
- Lo del Pettoruti tampoco puede faltar... ¡Y lo de AnaSesina!- Victoria empezó a reir.
- Que miedo, boluda... Si, eso también- le dije, abrazándola.- ¿No es para tanto, viste? Digo, lo del blog.
- No, no es para tanto- dijo seriamente.- No vas a poder contar todo en un año. No te va alcanzar... y menos con todo el laburo que tenes, no vas a llegar.
- Me gustan los desafíos con deadline...
- No vas a llegar...
- Ya te estas poniendo re editora. Me gusta.
- Mas te vale que me entregues buen material, Parker...- Peter Parker, Spiderman... Victoria me guió un ojo.- Ah... una cosa mas... me reservo el derecho de criticarte todo lo que escribís como lo hice siempre. Y si no me gusta lo que estas haciendo, lo cambias... No voy a perder tiempo leyendo boludeces.
- ¿Eh?
- Eh... “nada”- le dio un último sobro al mate y miro la yerba.- El agua esta fría. ¿Vamos?
- Si, querida- le dije, ya no podía decir nada más.
No esta tan mal después de todo. Victoria lee el blog; claro. Y tampoco es que esto cambio mucha nuestra relación. ¿Tendría que haberlo hecho? Por suerte, ella y yo nos parecemos bastante en algunas cosas. Ser parte de la solución, siempre; y nunca parte del problema. Y el blog, este blog, nunca lo fue. Claro, Victoria lee este blog, si esa era la pregunta. ¿Qué opina? Se reserva el derecho de opinar algunas veces; y otras tantas, opina y critica. Fue la primera en decirme que abría muchas puertas y era un kilombo leer el blog. Corregí eso, dando a cada historia el disfrute del momento, su espacio en el blog. También fue la primera en decirme que nunca jamás termine de contar qué sucedió con María Cabezazo, cómo conocí a Laurita Mística y por qué Paula Miano es tan importante en toda esta historia de "mis" momentos.
Pero Victoria es mucho más importante que esto. Así como -sin saberlo- nombró este blog, también fue la persona que corrigió mis dos novelas, mis tres obras de teatro (si, también le puso nombre a dos de tres), la que lee mis notas sobre educación en la editorial, la que me pagaba el cine cuando un productor teatral nos chupó una obra dejandome -literalmente- sin un mango durante seis meses, la que siempre me dice que trabaje menos, pero a la vez me rompe las bolas para que acepte el nombramiento del Taller Literario en otra editorial. Es la editora perfecta, la sonrisa perfecta, la mano alrededor de mi cintura cuando me duermo,la persona que poco a poco rompió el bunker de amigos. Ah... tantas cosas es Victoria, es la mujer que elegí, la que quiero que este ahí -esperando- cuando termine este viaje.
Aunque no me alcance un año.
miércoles, 24 de junio de 2009
Victoria, este blog y un viaje de ida
Hace 7 meses, tomando mate en un playita de Vicente López.
Realmente no me molestaría que Victoria tenga un blog donde cuente sus experiencias con otros hombres. ¿Por qué? Porque salgo ganando en la comparación. Si, además de tener una abuela, tengo tres hermanas, una madre y dos sobrinas que me adoran. Mi autoestima siempre esta dos metros por encima de la media normal. Pero, como se que Victoria no esperaba esa respuesta, dije exactamente lo contrario.
- La verdad, si. Me molestaría.
- ¿Ves?- Victoria cebando.- A mi también me molestaría. No se por qué tengo que explicarte las cosas con ejemplos, pareces un nene… cuando se te pone algo en la cabeza.
- ¿No entendes?- preparando el contraataque.- Es un viaje, un recorrido... para llegar al final feliz, que sería vos... Victoria nunca voy a encontrar una mujer que me quiera tanto como vos, y nunca voy a querer tanto a alguien como a vos. Conocerte me cambió la vida. Tenía un laburo que me gustaba, proyectos que se iban concretando, muchos amigos, y apareciste vos. Le diste forma a todo... le diste sentido a todo eso. En estos 5 años fui (y soy) inmensamente felíz...
- ¿Te emocionaste?
- Para nada...- desatando el nudo en mi garganta.
- Tenes la misma mirada que pusiste cuando mataron a Boromir- dijo Victoria.- Y te recuerdo que esa fue la primera vez que te vi llorar.
- ¿¡Y como no voy a llorar en esa parte!? ¡Insensible!- al borde de la indignación.
- Pablo... Me parece demasiada exposición lo del blog; sobre todo porque los chicos lo van a leer... y en las reuniones lo van a comentar.
- Pero yo ahora estoy con vos y nos vamos a casar. ¿Qué tiene que ver?- volviendo a buscar mi registro manipulador.- ¿No entendes? Es un viaje, un recorrido... un... un...
- Basta. De nuevo, no... si llegas a llorar te pegó.
- ¿Tanto lío por un blog?
- Déjame ser mujer cuando tengo que serlo. Estoy en mi derecho, todo bien... pero no.
- ¿Desde cuando esa inseguridad? Si vos siempre te llevaste el mundo por delante... A ver...-pensando.- Te voy a prometer algo.
- ¿Qué?
- El blog termina un día después de nuestro casamiento- le dije.
Inmolarse, le dicen.
Realmente no me molestaría que Victoria tenga un blog donde cuente sus experiencias con otros hombres. ¿Por qué? Porque salgo ganando en la comparación. Si, además de tener una abuela, tengo tres hermanas, una madre y dos sobrinas que me adoran. Mi autoestima siempre esta dos metros por encima de la media normal. Pero, como se que Victoria no esperaba esa respuesta, dije exactamente lo contrario.
- La verdad, si. Me molestaría.
- ¿Ves?- Victoria cebando.- A mi también me molestaría. No se por qué tengo que explicarte las cosas con ejemplos, pareces un nene… cuando se te pone algo en la cabeza.
- ¿No entendes?- preparando el contraataque.- Es un viaje, un recorrido... para llegar al final feliz, que sería vos... Victoria nunca voy a encontrar una mujer que me quiera tanto como vos, y nunca voy a querer tanto a alguien como a vos. Conocerte me cambió la vida. Tenía un laburo que me gustaba, proyectos que se iban concretando, muchos amigos, y apareciste vos. Le diste forma a todo... le diste sentido a todo eso. En estos 5 años fui (y soy) inmensamente felíz...
- ¿Te emocionaste?
- Para nada...- desatando el nudo en mi garganta.
- Tenes la misma mirada que pusiste cuando mataron a Boromir- dijo Victoria.- Y te recuerdo que esa fue la primera vez que te vi llorar.
- ¿¡Y como no voy a llorar en esa parte!? ¡Insensible!- al borde de la indignación.
- Pablo... Me parece demasiada exposición lo del blog; sobre todo porque los chicos lo van a leer... y en las reuniones lo van a comentar.
- Pero yo ahora estoy con vos y nos vamos a casar. ¿Qué tiene que ver?- volviendo a buscar mi registro manipulador.- ¿No entendes? Es un viaje, un recorrido... un... un...
- Basta. De nuevo, no... si llegas a llorar te pegó.
- ¿Tanto lío por un blog?
- Déjame ser mujer cuando tengo que serlo. Estoy en mi derecho, todo bien... pero no.
- ¿Desde cuando esa inseguridad? Si vos siempre te llevaste el mundo por delante... A ver...-pensando.- Te voy a prometer algo.
- ¿Qué?
- El blog termina un día después de nuestro casamiento- le dije.
Inmolarse, le dicen.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)